Una Gran Alegría Verdadera (Lucas 2.1-20)

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Esta porción contiene una de mis historias favoritas, que me trae gratos recuerdos desde mi infancia de las celebraciones navideñas, de las reuniones familiares y de todo eso que muchos, pero no todos, vivimos de pequeños. Nuestra alegría de vivir y nuestra capacidad de sorprendernos parece que se van deteriorando a medida que crecemos al darnos cuenta que la vida real y el mundo no es tan ideal y bello como lo vemos de niños. En este pasaje de una manera magistral, Lucas refleja por un lado el carácter oscuro de la vida humana amenazada por la tragedia y víctima de la injusticia, pero por otro lado esta oscuridad es el escenario de la acción de Dios, que irrumpe con sorpresa, con un acontecimiento rodeado de luz y de una alegría grande y verdadera, que confronta los poderes que afrentan la dignidad de su pueblo. Veamos con más detenimiento cómo está incluido todo esto en el texto.

Dios, ¿el gran ausente?
¿Dónde esta Dios cuándo más se le necesita? Del versículo 1al 7 y hasta el 8 no se menciona a Dios. El gran poder que aparece al principio es el del Estado romano: “Salió un edicto de parte de Augusto César…”, y ¿quién podría ser capaz de contradecirlo o desobedecerlo? Esta esfera de poder que debía ser benefactora y protectora de su gente, transgrede su papel por sus mismas y arbitrarias decisiones. Así, por este edicto ocurre que 1) Se ponen en riesgo vidas frágiles: la mujer con un avanzado embarazo, 2) se agravan situaciones de pobreza: el viaje para esta familia además de riesgoso es sin duda costoso, 3) se lleva a lo infrahumano el origen de la vida: el nacimiento en un frío e insalubre pesebre. Ante todas estas situaciones, ¿dónde está Dios? Esta parece ser la oscuridad de la vida real. Esta es la noche donde se encuentran los pastores en el campo, otro grupo de gente pobre y marginada por la sociedad y por la religión. Se dedican a un oficio de gran responsabilidad, pero con frecuencia mal pagado como son personas del vulgo son mal hablados, ásperos e incultos. Por todo esto y por su oficio están apartados de la vida social y son menospreciados por los “piadosos”. Con frecuencia ellos mismos tenían que matar al ganado, curtir las pieles y comercializar los productos, haciéndose así ceremonialmente impuros.

El anuncio de la “Gran Alegría”
Es en este escenario donde Dios va apareciendo paulatina y sorprendentemente, un mensajero del Señor hace resplandecer el reflejo de la gloria de Dios destruyendo simbólicamente la oscuridad anterior. “No temáis”, lo dice en oposición al “temor grande” que los pastores sienten y viven (v. 9). “Os doy nuevas de gran gozo”, más correctamente debería traducirse: “os anuncio una Gran Alegría”. El ángel anuncia lo que es el centro de toda esta porción, el núcleo de la Gran Alegría: “ha nacido hoy (un) Salvador, que es el Cristo y Señor en la cd. de David”.
Para nosotros, en la distancia del espacio y tiempo, estas expresiones pueden parecer sólo parte de nuestra declaración de fe en el Jesús nacido en Belén. Pero para los que reciben este anuncio (los pastores) y todos los que viven en situaciones semejantes (“todo el pueblo”, v. 2), estas expresiones tienen todo un contenido político-religioso de acuerdo a las circunstancias de ese tiempo. Lo cual hace evidente que Dios no sólo no ha estado tan ausente como pensábamos, sino que además su mensaje está por encima de todas las circunstancias adversas antes descritas. Veamos como ocurre esto:

Los pastores:
Además de estar en la condición que ya describimos, debemos traer a la luz a quiénes se les llamaba “pastores”:
a. Por el lado de la esfera de poder judío y su fe: Se les llama así a los líderes (del pasado y de entonces) de Israel (religiosos y políticos), fuertemente atacados por los profetas (Eze 34, Jer 23), quienes “destruyen y dispersan las ovejas del rebaño” (Jer.23:1). En contraposición a éstos, los pastores de Lucas cuidan el rebaño y lo protegen, como David-Rey lo hacía (1Sam 17:34). Por extensión, se les llama así al pueblo de Israel como totalidad: ya que los representantes históricos, los hijos de Jacob, los jefes de las tribus dicen: “Pastores de ovejas son tus siervos” (Gen 47:3).
b. Por el lado del poder romano y su fe: Era común en el lenguaje de oriente llamar al Pueblo “rebaño” y al rey “pastor”. Figuradamente el significado se traslada a los gobernadores (superiores e inferiores) mencionados en el vs. 1: César Augusto y Cirenio.
Tanto pueblo como líderes, tenían que haber hecho lo mismo que los pastores de Belén, ir a buscar y encontrar al Salvador que fue dado a conocer.

El Salvador:
a. Por el lado del poder judío y su fe: En la LXX únicamente se menciona como el Salvador a Dios mismo y a sus siervos que actúan en bien de su pueblo para librarlo de sus opresores. En los profetas nunca se le llama así al Mesías (cuando no se le identifica con Dios) Isa 62:11 dice “El Salvador viene”. Así, para el judaísmo sólo a Dios se le podía llamar Salvador. Lucas usa este título para Dios llamándole Salvador (Lc. 1:47), indirectamente (1:69), y para Jesús (2:11).
b. Por el lado del poder romano y su fe: Se le llama “salvadores” los dioses (como Zeus, Apolo, Poseidón, etc.). En la época helenista llegó a ser el título de los soberanos. En el imperio este era un título exclusivo del emperador (nota: Soter (gr.)= ‘Salvador’):
Pompeyo Soter y fundador
César Soter de la ecumene (es decir ‘el mundo habitado’)
Augusto Soter del género humano
Adriano Soter del mundo
De forma, que llamar “Salvador” a un pequeño niño que nacía en esas condiciones era una afrenta para ambas esferas.

El Señor:
a. Por el lado del poder judío y su fe: Lucas es el autor del Nuevo Testamento que más usa el término (719 veces NT / 211 veces en Lc-Hch). Según la traducción de los LXX y todo el NT, Yavhé-Elohim es el Señor. Junto con el anterior, es otro de los títulos propios de Dios que se trasladan a Jesús: Juan prepara el camino del Señor (Lc 1:76).
b. Por el lado del poder romano y su fe: Es otro título para el emperador. Destaca su soberanía expresada en este pasaje por el edicto (v. 1). Esta es la expresión que afirma la pretensión del emperador de ser el único soberano (Hch 17:7). El censar al pueblo es una manifestación del poder imperial, que mueve a todos para sus propios fines (es decir, gravar la recaudación de impuestos). Era frase del culto del emperador decir “César es el Señor”. Es un título exclusivo para él. Contrasta su señorío en la ecumene con el señorío de Dios sobre toda la tierra (v. 14). Lucas mismo hace referencia a su uso hacia el César en labios de Festo (Hch 25:26) que se refiere al emperador como “mi señor”. En contraste ya antes de esto, Elizabeth había llamado al Jesús no-nato “mi señor” (Lc 1:43)

El nuevo reino de paz
En esto consiste la verdadera Gran Alegría. Que el nacimiento de este niño en Belén y su anuncio no permanece indiferente a las realidades que son causa última de la oscuridad y tragedias humanas, antes bien está por encima de ellas y anuncia un nuevo orden. La “paz a los hombres” que cantan los ángeles es la paz verdadera que sólo trae el verdadero Salvador: el Cristo y Señor. En todo el evangelio, desde este momento y en su clímax, la acción perdonadora, sanadora, dignificadora, liberadora, salvadora de este verdadero Salvador hace que los que se encuentran con él “vayan en paz” (“tu fe te ha salvado, ve en paz” Lc 7:50, 8:48). “Paz a vosotros” es el saludo del resucitado (Lc 24:36).

Esta paz trasciende la dimensión individual. Llega a ser un desenmascaramiento de la paz imperial (pax romana). Esta falsa paz representa un estado de no-guerra producido por la misma guerra y el terror suponía que hay paz mientras “todo se tenga bajo control”. ¿No se parece este razonamiento a las turbulentas políticas internacionales que vivimos hoy? Los pastores, al término del relato, regresan “glorificando y alabando a Dios” (v. 20) luego de visitar al Salvador verdadero nacido, volvieron con la verdadera “Gran Alegría” en sus corazones. El esquema queda así invertido: habiendo comenzado con el inhumano edicto imperial, termina con un canto de alabanza al verdadero Señor, el verdadero benefactor de los menos favorecidos. Como destellos en la oscuridad del espacio y del tiempo, este relato muestra como Dios nunca dejó de estar presente, y todas las circunstancias, por más adversas que parezcan, han de culminar finalmente en el volver de los corazones dispuestos hacia él, y la gran alegría que dará el establecimiento pleno de un verdadero reino de paz iniciado por el sencillo nacimiento y su anuncio que hoy recordamos.
“Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre.” (Isa 9:7, Sal 17:51)

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