Una complejidad muy sencilla

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Cuando me despierto siento que me siento,
no hay palabras, solo pensamientos,
y cuando atravieso las horas
voy al ritmo de las olas
que pretenden romper la roca
pienso ¿qué puedo perder al perder mi vida por ganar la suya?
Si al fin y al cabo su muerte fue mi vida,
seré más que un muerto en vida
una vida, una muerte,
una vida que por su muerte viva,
¿qué significa vivir sin su vida?
Solo árbol sin tierra, sin hojas ni floresta
río sin caudal, temor por disipar,
guitarras sin tocar,
¡Señor! No hay altercado,
me rindo,
estoy aquí,
Señor de la vida: deja que muera en ti

(Melquisedec)

La Biblia declara categóricamente el regalo más grande del que puede apropiarse el ser humano: la seguridad de adopción y perdón de pecados, y una herencia más allá de lo meramente material y efímero, nada más y nada menos que la VIDA ETERNA, por medio de un único requisito: creer en Jesucristo, el Hijo de Dios.

He creído conveniente asentar esta base como punto de partida. La historia del hombre se escribe desde la cruz. La VERDAD no necesita disfraz, viene desnuda y nos cuesta aceptarla por la belleza de su sinceridad y transparencia. A menudo tratamos de ayudarla como si se tratara de algo indefenso y débil, “nada más lejos de la realidad”.

Frente a un argumento como LA VIDA ETERNA, hay una pregunta obligada, que inspirada en su requisito vocifera a voz en cuello: ¿qué es creer en Jesucristo?

Creer es un concepto que plasmado en nuestra mente produce acción inmediata, es imposible creer sin actuar. Es con este fundamento que descubrimos esa obra que es por la fe, porque la fe sola salva pero la fe que salva no esta sola.

El ser humano está hecho de una manera muy particular, alejado de Dios se destruye y se condena y las preguntas ¿Quién soy, para qué y adonde voy? martillan en nuestro cerebro siendo la clave del laberinto humano por el cual camina y sucumbe todo el sistema personal.

Es de sentido común trazar un principio y punto de apoyo al creer algo o en alguien y nuestra reacción inconsciente es pensar en la fuente de la cual proviene esa creencia. Por ejemplo, vamos conduciendo por una carretera cualquiera y vemos una señal de peligro. Esta señal siempre será creíble por una razón de peso: ha sido designada por personas competentemente cualificadas y preparadas en el campo de la seguridad vial y nos fiamos de ella. Si somos prudentes frente al volante acataremos lo que proceda según la señal. Eso es personal, somos conscientes de que habrá un peligro y justa retribución al no ser obedientes. Así de personal es la obediencia, también según la fuente, así la información.

Lamentablemente existe mucha información acerca de Dios, pero pocos informadores, cosa que podría cambiar con tu aportación e interés.

El hombre suele desvirtuar el mensaje por una serie de intereses y filosofías humanas y malignas que le alejan de la VERDAD. La iglesia de Cristo es la encargada de hacer llegar al mundo el evangelio de la gracia de Jesucristo. El hombre necesita creer, su necesidad va más allá de su entendimiento. La Biblia nos advierte de que el hombre natural no percibe las cosas espirituales porque les son ajenas, pero reconoce la necesidad de creer, no lo entiende pero lo necesita. Hace poco hablé con un compañero quien me confesó “necesito creer y me repatea que pretendan que crea en filosofías, supuestamente correctas, personas que creen menos que yo” entonces es un problema de fe.

La fe es algo contagiosa, y a Dios no le es indiferente cuando dice: “sin fe es imposible agradar a Dios” El mismo CRISTO dejó su trono de gloria, los suculentos cócteles celestiales para venir a beber qué ¿vinagre? pero dejando lo jocoso a un lado, pensemos un momento como EL: lo dejó todo, tocando los leprosos con sus manos benditas y santas, respiro los millones de partículas contaminadas de bacterias y tomó contacto físico con esta tierra de pecado, abofeteado, escarnecido, menospreciado, expuesto a todo tipo de vituperios, y condicionado, como hombre, a necesidades básicamente humanas, en todo esto no abrió su boca como reproche por su sacrificio. ¡Y qué sacrificio!. Solo la eternidad nos revelará por completo ese sacrificio. Entonces al verle cara a cara entenderemos a qué se refería cuando dice el apóstol “como cosa a que aferrarse”. ¡Qué curioso que solo abrió su boca indignado en contadas ocasiones como cuando no creían en Él, le molestaba en gran manera!.

Tan importante es creer que en Jn. 3:18 afirma “el que no cree ya ha sido condenado”. Su esfuerzo más grande, en este sentido, estaba dirigido hacia la gente que más cerca de El estaba, sus discípulos, su anhelo era que voluntariamente creyeran en El, que EL era el Mesías y que venía del Padre. Aún después de su resurrección, que había sido tan anunciada, apareció en medio de ellos y le reprocha, no su falta de espiritualidad o la evidente negación de otros, sino su incredulidad. Su pregunta dibuja su indignación ¿Por qué me has visto has creído? Y declara la bendición de creer sin ver. Cuando la fe no viene de Cristo, entonces ese tipo de creencia se convierte en un pasajero de la conciencia y no en el guía.

Lo único que hace especiales a los cristianos es haber creído. Cuanto más crea, más actuaré, más cerca de El estaré y más lejos del mundo a la vez.

Esta es la complejidad más sencilla.

El enemigo sabe que es solo a través del creer que el hombre recibe su salvación. Nos dice el apóstol "y creyeres en tu corazón que Jesús es el Señor y que Dios le levantó de los muertos, entonces serás salvo". De eso se trata, de salvación. Sí, complejamente sencillo, hemos creído, y nada más. Es la fuente de la que proviene esa creencia lo que nos ha cambiado. Por eso el mundo, que es el resultado de un sistema de creencias que no funciona, está esperando creer en algo y alguien mejor y que funcione, ¿y tú qué crees? Tómate un segundo y viaja a tu conciencia, ¿le crees a Cristo? Espero que no se repita la pregunta ¿por qué me has visto has creído?


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