Una Carta de Reconciliación
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Efesios 4:26,27
“Airaos, pero no pequéis no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar la diablo”
La Biblia tiene hermosos relatos de reconciliación humana. En el Antiguo Testamento quizá la más vívida de esas historias es el reencuentro de dos hermanos: Esaú y Jacob. En el Nuevo Testamento una de las cumbres de la reconciliación la encontramos en aquel interminable abrazo entre el padre amante y el hijo pródigo.
La falta de reconciliación entre los hombres, y aun entre los hermanos, es uno de los daños más grandes que podemos causarle a la obra de Dios. Muchos fieles creyentes han llevado por años la pesada carga de enemistades, resentimientos y rencores. Quizá ya sea tiempo de quitarse esa carga.
Filemón era un rico ciudadano de Colosas al que Pablo convirtió a la fe cristiana después de uno de sus viajes misioneros. Onésimo, esclavo de Filemón, había huido de su amo y para escapar de su castigo se había refugiado en Roma. Allí conoció a Jesucristo por intermedio de Pablo, quien después de bautizarlo lo devolvió a su dueño con una breve carta de recomendación, que es todo un modelo de reconciliación.
Oramos:
“Señor, ayúdanos durante este tiempo, a dejar la carga de nuestras enemistades al pie de la cruz y a buscar reconciliación entre nosotros".
“Airaos, pero no pequéis no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar la diablo”
La Biblia tiene hermosos relatos de reconciliación humana. En el Antiguo Testamento quizá la más vívida de esas historias es el reencuentro de dos hermanos: Esaú y Jacob. En el Nuevo Testamento una de las cumbres de la reconciliación la encontramos en aquel interminable abrazo entre el padre amante y el hijo pródigo.
La falta de reconciliación entre los hombres, y aun entre los hermanos, es uno de los daños más grandes que podemos causarle a la obra de Dios. Muchos fieles creyentes han llevado por años la pesada carga de enemistades, resentimientos y rencores. Quizá ya sea tiempo de quitarse esa carga.
Filemón era un rico ciudadano de Colosas al que Pablo convirtió a la fe cristiana después de uno de sus viajes misioneros. Onésimo, esclavo de Filemón, había huido de su amo y para escapar de su castigo se había refugiado en Roma. Allí conoció a Jesucristo por intermedio de Pablo, quien después de bautizarlo lo devolvió a su dueño con una breve carta de recomendación, que es todo un modelo de reconciliación.
Oramos:
“Señor, ayúdanos durante este tiempo, a dejar la carga de nuestras enemistades al pie de la cruz y a buscar reconciliación entre nosotros".
