Sobrinos del corazón
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“A quien Dios no le da hijos,
el diablo le da sobrinos.”
Refrán popular
Celia, René y Rubén se llaman mis tíos. Personas muy especiales si las hay. Con ellos aprendí a ser sobrina y tía. De ellos aprendí el amor por las personas, los libros y las historietas. De mi tía Celia recibí el único muñeco que mi memoria registra. Los primeros libros de aventuras y la palabra dibujada en forma de historieta los encontraba siempre en la mesa de luz del tío René. ¡Qué altos me parecían mis tíos!
Con ellos fui al cine, me divertí, dedicaron tiempo y afecto a una niña preguntona y muchas veces malcriada que les retrasaba el paso, hacía preguntas comprometedoras y a la que se le ocurría ir al baño en los momentos más inoportunos.
Una de mis mejores aventuras sucedió cuando tenía ocho años y con el tío Rubén viajamos desde Bahía Blanca a Buenos Aires en tren. Viajamos en clase única y hacía mucho calor. Allí disfruté del mejor sandwich de longaniza que comí en mi vida y de la gaseosa más sabrosa. Él me contó aventuras y cuentos, jugamos a descubrir objetos por la ventana, y me animó a conversar con otros chicos en el vagón. ¡Cómo me divertí en ese viaje! Con los años supe que las últimas monedas que mi tío tenía, las invirtió en un poco de pan, fiambre y una gaseosa ¡y jugar hasta mitad de camino para luego comer y tomar la bebida tenía que ver con la escasez de dinero y no, con la creatividad del tío! Como él no tuve hijos, a diferencia de él no me casé.
De mis tíos aprendí que no se necesitan regalos lujosos ni salidas costosas, sino tíos y tías con corazones atrevidos para la aventura y dispuestos para el amor. Tías dispuestas a transformar el caballo de la calesita en un hermoso corcel volador de cielos y montañas. O a cambiar la realización de una torta por una batalla de narices enharinadas y sonrientes.
O a hacer con Florencia, mi sobrina menor de siete meses, un viaje de La Plata a Buenos Aires en tren, con mucho sol y una sola mamadera. Al tren le faltaban los vidrios de las ventanas, pero a nosotras nos sobraba afecto, sonrisas, abrigo: contábamos con la presencia de Dios a quien conozco en Jesucristo y que me recordó que el refrán popular está equivocado. Que es él quien me dio los veintisiete sobrinos del corazón. A ellos les adeudo el sentirme madre por un rato, y la alegría de ser tía para toda la vida.
el diablo le da sobrinos.”
Refrán popular
Celia, René y Rubén se llaman mis tíos. Personas muy especiales si las hay. Con ellos aprendí a ser sobrina y tía. De ellos aprendí el amor por las personas, los libros y las historietas. De mi tía Celia recibí el único muñeco que mi memoria registra. Los primeros libros de aventuras y la palabra dibujada en forma de historieta los encontraba siempre en la mesa de luz del tío René. ¡Qué altos me parecían mis tíos!
Con ellos fui al cine, me divertí, dedicaron tiempo y afecto a una niña preguntona y muchas veces malcriada que les retrasaba el paso, hacía preguntas comprometedoras y a la que se le ocurría ir al baño en los momentos más inoportunos.
Una de mis mejores aventuras sucedió cuando tenía ocho años y con el tío Rubén viajamos desde Bahía Blanca a Buenos Aires en tren. Viajamos en clase única y hacía mucho calor. Allí disfruté del mejor sandwich de longaniza que comí en mi vida y de la gaseosa más sabrosa. Él me contó aventuras y cuentos, jugamos a descubrir objetos por la ventana, y me animó a conversar con otros chicos en el vagón. ¡Cómo me divertí en ese viaje! Con los años supe que las últimas monedas que mi tío tenía, las invirtió en un poco de pan, fiambre y una gaseosa ¡y jugar hasta mitad de camino para luego comer y tomar la bebida tenía que ver con la escasez de dinero y no, con la creatividad del tío! Como él no tuve hijos, a diferencia de él no me casé.
De mis tíos aprendí que no se necesitan regalos lujosos ni salidas costosas, sino tíos y tías con corazones atrevidos para la aventura y dispuestos para el amor. Tías dispuestas a transformar el caballo de la calesita en un hermoso corcel volador de cielos y montañas. O a cambiar la realización de una torta por una batalla de narices enharinadas y sonrientes.
O a hacer con Florencia, mi sobrina menor de siete meses, un viaje de La Plata a Buenos Aires en tren, con mucho sol y una sola mamadera. Al tren le faltaban los vidrios de las ventanas, pero a nosotras nos sobraba afecto, sonrisas, abrigo: contábamos con la presencia de Dios a quien conozco en Jesucristo y que me recordó que el refrán popular está equivocado. Que es él quien me dio los veintisiete sobrinos del corazón. A ellos les adeudo el sentirme madre por un rato, y la alegría de ser tía para toda la vida.
