Señor , enséñanos a orar
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Así hablaron los discípulos a Jesús, y con ello reconocieron que, de por sí, no eran capaces de hacerlo y tenían que aprender. Ahora bien, la expresión “aprender a orar” parece un contrasentido, porque, o bien está el corazón tan rebosante que comienza sin más, a orar, o bien no se aprenderá nunca a hacerlo. Y sin embargo, opinar así es un peligroso error, quizás muy extendido en la cristiandad de hoy. Razonando así, se confunde el deseo, la esperanza, el sollozo, la queja, el júbilo (sentimientos todos que puede expresar el corazón, sin más) con la oración. Razonando así, mixtificamos cielo y tierra, hombre y Dios. Orar no significa, sencillamente desahogar el corazón, sino también encontrar a Dios, con el corazón lleno o vacío, y hablar con él. Y eso no lo puede hacer nadie de por sí: se precisa la ayuda de Jesucristo.
Los discípulos querían orar, pero no sabían como hacerlo. Puede ser un gran tormento querer hablar con Dios y no saber cómo permanecer mudo ante Dios experimentar que todas las llamadas acaban en el propio yo, y que el corazón y la boca hablan un idioma distinto que Dios no quiere oír. En tal necesidad buscamos personas que nos puedan ayudar, que sepan algo de la oración. Y nos ayudaría quien, sabiendo a orar, nos introdujera en su oración para que orásemos con él. Cierto que esto lo podrían hacer muchos cristianos experimentados, pero sólo por medio de aquel que les ayuda a ellos mismos, y hacia quien nos deben orientar si son auténticos maestros de la oración, es decir, por medio de Jesucristo. Si éste nos toma en la oración y nosotros oramos con él, si nos atrae a su camino con Dios y nos enseña a orar, quedaremos liberados. Y eso es lo que precisamente es lo que quiere Jesucristo: quiere orar con nosotros y si nosotros oramos con él su oración, podemos estar seguros de que Dios nos escucha. Si nuestra voluntad y nuestro corazón se unen a la oración de Cristo, entonces oramos rectamente, pues sólo en Jesucristo podemos orar y sólo en él seremos escuchados.
Por tanto, hay que aprender a orar. El niño aprende a hablar porque su padre habla con él: aprende el lenguaje del padre. Nosotros aprendemos a hablar con Dios, porque él nos ha hablado y nos habla. En el lenguaje del Padre celestial aprenden sus hijos a hablar con Dios. Repitiendo las palabras de Dios aprendemos a orar. Así, pues, debemos hablar con Dios, y él sólo nos escuchará, no en el lenguaje falso de nuestro corazón, sino en el lenguaje claro y puro con que él nos ha hablado en Jesucristo.
Y ese lenguaje con que Dios nos ha hablado en Jesucristo, lo encontramos en la Sagrada Escritura. De ahí que, si queremos orar con certeza y alegría, el fundamento más autentico de nuestra oración tiene que ser la palabra bíblica. Ahí es donde que aprendemos que Jesucristo, la palabra de Dios, nos enseña a orar, y que las palabras que vienen de Dios son los peldaños para ascender hasta él.
Tomado de "Creer y vivir", Editorial Sígueme, Salamanca, 1974
Los discípulos querían orar, pero no sabían como hacerlo. Puede ser un gran tormento querer hablar con Dios y no saber cómo permanecer mudo ante Dios experimentar que todas las llamadas acaban en el propio yo, y que el corazón y la boca hablan un idioma distinto que Dios no quiere oír. En tal necesidad buscamos personas que nos puedan ayudar, que sepan algo de la oración. Y nos ayudaría quien, sabiendo a orar, nos introdujera en su oración para que orásemos con él. Cierto que esto lo podrían hacer muchos cristianos experimentados, pero sólo por medio de aquel que les ayuda a ellos mismos, y hacia quien nos deben orientar si son auténticos maestros de la oración, es decir, por medio de Jesucristo. Si éste nos toma en la oración y nosotros oramos con él, si nos atrae a su camino con Dios y nos enseña a orar, quedaremos liberados. Y eso es lo que precisamente es lo que quiere Jesucristo: quiere orar con nosotros y si nosotros oramos con él su oración, podemos estar seguros de que Dios nos escucha. Si nuestra voluntad y nuestro corazón se unen a la oración de Cristo, entonces oramos rectamente, pues sólo en Jesucristo podemos orar y sólo en él seremos escuchados.
Por tanto, hay que aprender a orar. El niño aprende a hablar porque su padre habla con él: aprende el lenguaje del padre. Nosotros aprendemos a hablar con Dios, porque él nos ha hablado y nos habla. En el lenguaje del Padre celestial aprenden sus hijos a hablar con Dios. Repitiendo las palabras de Dios aprendemos a orar. Así, pues, debemos hablar con Dios, y él sólo nos escuchará, no en el lenguaje falso de nuestro corazón, sino en el lenguaje claro y puro con que él nos ha hablado en Jesucristo.
Y ese lenguaje con que Dios nos ha hablado en Jesucristo, lo encontramos en la Sagrada Escritura. De ahí que, si queremos orar con certeza y alegría, el fundamento más autentico de nuestra oración tiene que ser la palabra bíblica. Ahí es donde que aprendemos que Jesucristo, la palabra de Dios, nos enseña a orar, y que las palabras que vienen de Dios son los peldaños para ascender hasta él.
Tomado de "Creer y vivir", Editorial Sígueme, Salamanca, 1974
