Realidad y posibilidades de la iglesia
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¿Qué realidad? No voy a referirme a la realidad de su forma cambiante, con su liturgia siempre renovable al paso de los años, ni a las modalidades de la iglesia más acordes a cada cultura. Tampoco las distintas realidades teológicas sobre las que hay muy buenos trabajos.
Las palabras de Cristo que encontramos en la Biblia y se corroboran en hechos y experiencias de gracia son lo que sostiene la fe de la iglesia. Por eso es que la capacidad de abrirnos a la Palabra y poder abrirla a otros para que la crean, la comprendan, la vivan, los transforme y los renueve a su semejanza, es la realidad profunda de la iglesia. Es la única realidad que permitirá sobrevivir a la iglesia. Sin ella morimos.
Tomé el título propuesto por ASIT, Realidad y Posibilidades de la Iglesia como la realidad y las posibilidades tanto de la Iglesia, como la realidad y las posibilidades de su entorno, el mundo que hoy le toca vivir. Igualmente debo aclarar que tomo el término iglesia en un sentido concreto, como comunidad pequeña o grande de seguidores de Cristo, y por momentos, la iglesia en su sentido más amplio, como realidad transempírica, o quizás simplemente como realidad espiritual que se va conformando en el tiempo por obra y gracia de Dios.
Voy a intentar reflexionar desde el único lugar que puedo hacerlo. Desde mi experiencia de vida, como miembro de una sucesión de iglesias, y entidades intereclesiales que me acompañaron a lo largo de casi tres cuartos de siglo.
Nací al fondo de la casa que mi abuelo misionero alquilara a comienzos de los años treinta en Río Cuarto, para iniciar la Iglesia de los Hermanos en la Argentina, grupo que hoy cuenta con unas veinte iglesias repartidas en Bs. As., Rosario, y Córdoba., descendiente lejana de las viejas comunidades menonitas, quákeros y valdenses que debieron emigrar de Europa hacia distintos lugares del mundo por ciertas características como la crítica al sostén de la iglesia por parte del Estado y la abolición de distinciones entre clérigos y laicos, por nombrar algunas. Pero sólo me referiré aquí, a modo de ilustración, a la práctica del lavamiento de pies. ¿Qué siente una niña de 12 años recién bautizada, al practicar el lavamiento de pies en medio de adultos? Nunca voy a olvidar los dos sentimientos que invariablemente me marcaban cada vez que, mujeres por un lado y hombres por otro, nos reuníamos en una rueda frente a las palanganas, jarras de agua y toallas. De rodillas, lo primero que veía eran los pies. A veces pies muy blancos, deformes; otras, oscuros y arrugados. Pies huesudos, regordetes, alargados, y a mis ojos, siempre extraños. Feos. Luego intercambiábamos la posición y alguien vertía entonces el agua sobre mis pies. Alguien que los lavaba y los secaba cuidadosamente, mientras yo sentía vergüenza por lo que había estado pensando. Alguien que parecía estar perdonándome y lavando mi antipatía por sus pies.
Creo que poco a poco aprendí que esa costumbre, que de ninguna manera considero una práctica obligatoria para la iglesia, me estaba enseñando uno de los significados más profundos de lo que la iglesia debe ser. Como los pies, la iglesia es una realidad heterogénea, sin atractivos. Llena de arrugas, las más de las veces con rastros de callos y deformidades. Pero es la comunidad donde recibimos y damos perdón, porque aun después de “estar limpios” ( Juan 13:10) seguimos necesitando el agua fresca de la restauración. En esa iglesia se me permitió además prepararme para la vida participativa: Aun siendo mujeres podíamos ejercer nuestros dones en la comunidad: orar, preguntar, opinar, compartir en la adoración y en la enseñanza. Tal vez por contraste con esos primeros años, la siguiente etapa, que desarrollé al casarme y pasar a una “asamblea” norteña de mediados de los años cincuenta, me resultó difícil. Descubrí que sólo los varones podían tocar el órgano (o dirigir un coro). Orar en público, nunca. Todavía recuerdo el momento en que, en una irrefrenable manifestación del Espíritu, una voz aguda de mujer rompió el silencio y comenzó a balbucear una oración. Inmediatamente un par de voluntarios le hicieron sentar. Algunos (como yo) alzaron la cabeza asombrados, y recuerdo que acudió a mi mente la imagen de un pájaro herido en pleno vuelo. Las cosas han cambiado mucho con el correr del tiempo, pero entonces eran así. Menciono por último una experiencia de los años sesenta.
Gracias a Dios que esos y otros recuerdos negativos ya fueron borrados por otros recuerdos. También gracias a Dios en esa segunda realidad eclesial había muchas cosas positivas. La principal de ellas, la exposición permanente de la Biblia. ¿Cómo no aprender mucho contenido bíblico si había tres meditaciones los domingos además de la reunión al aire libre y dos durante la semana, más los anexos que se apoyaban? A falta de escuelas bíblicas, los jovencitos recibían sus herramientas homiléticas y exegéticas de los mayores. Varias veces al año se hacían “las series” sobre un tema, a cargo de algún predicador invitado y luego las conferencias regionales anuales. Por cierto que
Cuando la Biblia se transforma en erudición y pierde el poder de hablar al contexto real, (como sucedía en la mayoría de las iglesias del país), entonces se puede hacer un daño irreparable. La juventud idealista de la década de los sesenta quería un país más justo. Los obreros protestaban. Los intereses económicos se apoyaban la represión del ejército y el Estado era manejado por ineptos. Bombas y torturas. Secuestros y asesinatos. Desapariciones forzadas de culpables e inocentes. Y un silencio absoluto en la mayoría de las iglesias. Allí llegué a escuchar extensos mensajes que de alguna manera estrujaban analogías poco convincentes sobre el significado de cada parte del animal sacrificado en el altar: el simbolismo de patas, cuernos, grasa, sangre, leña, fuego, debía de alguna manera aplicarse a la vida espiritual.
Mis hijos adolescentes me traían estadísticas del hambre y la mortalidad infantil que leían en libros que circulaban en el colegio. Me hablaban de una “justicia” cuya etimología yo desconocía aunque estaba en la Biblia y la leíamos de tapa a tapa. En mi concepto, justicia era la divina, no esa protesta indignada y peligrosa que levantaba los ánimos e incitaba a la violencia. Ahora pìenso: ¿Es que no habíamos leído a Amós? ¿A Isaías? ¿No nos era familiar la indignación de Jesús ante la corrupción de las autoridades? ¿No nos era repulsivo el dios mamón como les era a nuestros hijos?
Gracias a Dios por las voces proféticas que comenzaron a oírse a comienzos de los setenta y que en el desierto de aquellos años, lograron preservar la fe de muchos. Aparecieron revistas con un discurso que nos mostraba la pertinencia del mensaje bíblico para la situación que se vivía. La iglesia dejó de ser para nosotros ésta o aquella denominación, más allá de cuyos bordes acechaba el peligro de los ni siquiera convertidos, para ser una comunidad más amplia, donde hermanos de instituciones paraeclesiásticas (por entonces mala vistas) abrían ventanas.
Fue por esta época que se instalaron dos nuevos debates por el que muchos se rasgaban las vestiduras: la justicia social (mala palabra para unos) y la posibilidad de los carismas como el don de sanidad, de lenguas para otros. Cuántas discusiones innecesarias. Cuántas divisiones evitables...Y lo más triste durante todos esos años, cuántas bajas.
He mencionado estos recuerdos ingratos para insistir en un primer punto: la iglesia es una realidad muy dura, muy difícil de sobrellevar. Sólo es posible amarla en y por el Señor.
La iglesia es normalmente fea. Lo puedo decir, porque las metáforas bíblicas me apoyan. Su fealdad es fruto de su incompletitud:
La iglesia es un edificio en construcción, con todo lo que eso significa: se está levantando ladrillo sobre ladrillo. Y un edificio en construcción puede todavía no tener techo, o costados, o ventanas. Una casa a medio edificar no es linda. Lo será cuando sea habitada y hermoseada por su dueño. Mientras tanto, poca belleza, salvo para el arquitecto que la “ve” terminada.
La iglesia también es un cuerpo, pero carece de estatura. Debe llegar a una superior a la que tiene. Debe crecer hasta llegar a la medida de la estatura de Cristo. Por el momento, no es esbelta.
La iglesia, dice otra metáfora, es sólo una rama rugosa de la vid. Frágil, incapaz por sí misma de dar fruto, y propensa para convertirse en cenizas cuando pierde su savia. ¿Hay algo menos atractivo que una rama muerta? Sólo la esperanza de ver brotes desmiente la fealdad de la rama-promesa.
La iglesia también es novia, pero todavía sin su vestido. Recuerdo la mañana de mi boda, cuando vino un matrimonio a dejar su regalo porque viajaban. Yo tenía un pañuelo en la cabeza, estaba descalza, y pasaba furiosamente un cepillo con agua en la entrada de mi casa. Podrían haberme romado por la empleada. La iglesia sierva, sin atavíos, no es hermosa.
Sólo es posible amar tanta carencia e incompletitud de la iglesia cuando se ama a su dueño, su diseñador, su Amante, aquél que la prepara para una plenitud futura, cuando sea habitada por él y puesta a los pies del Dios, quien todo lo llenará de gloria y de belleza.
Reconocer la futura plenitud de la iglesia es lo que nos sostiene. Pero la realidad de la iglesia siempre será un ejercicio de humildad y de arrepentimiento. Como los pies que Jesús, luego de ceñirse la toalla se arrodilló para lavar, la iglesia es fea, encallecida de disputas y todavía deforme.
Me atrevo a decir que esta realidad de la iglesia ha sido vivida y experimentada por todos aquellos que se comprometieron a servirla y amarla a pesar de todo.
¿Y qué decir de su historia pasada? El registro de siglos anteriores no nos dice otra realidad. Todo lo contrario. Solíamos hacer la distinción entre Cristianismo y Cristiandad, y achacábamos a la segunda todos los pecados para mantener intacta la reputación de la primera. Pero los críticos e historiadores sólo ven ahora una misma realidad y la hacen responsable de ese gigantesco monstruo llamado “Civilización occidental y cristiana”. He escrito en otro trabajo que dos de esos críticos –Nietzsche y Heidegger-- son citados frecuentemente por una generación que repudia la arrogancia y racionalidad de la modernidad como si fuera fruto de sus orígenes cristianos. Ambos ven al cristianismo como responsable de una cultura individualista, tecnicista, materialista, belicista, por no mencionar otros “ismos”. Y si volvemos unos siglos atrás para despegarnos de lo que es en realidad un fruto de la secularización más que del cristianismo, nos encontramos con las cruzadas insensatas y crueles, las guerras religiosas sangrientas e irracionales, las intrigas palaciegas y las eternas disputas injustificadas. ¿Dónde estaba el espíritu cristiano en toda esa larga historia de persecuciones y matanzas?
A veces pienso que tenemos una deuda pendiente con la historia real del cristianismo mártir. Aquella historia que el escritor de Hebreos comienza en Adán, y se ocupa de todos aquellos de los que el mundo no era digno. Deberíamos convocar a que se siga escribiendo esa historia. Escarbar las pequeñas historias que se entrelazan en todas los países del mundo, en todas las razas donde hubo fieles seguidores de Cristo. La historia oculta del cristianismo real, que sólo fue escrito por quienes resistieron en su fidelidad al Cordero. La realidad de la iglesia que he denominado como fea se contrasta con esta otra realidad escondida, silenciosa, casi desconocida, hermosa a los ojos de Dios.
Posibilidades
¿Qué posibilidades tiene la iglesia hoy, en este compás de espera? Siempre he creído que lo que Cristo quiso que aprendiéramos en la iglesia era para ser vivido en el mundo. ¿Qué no se puede? ¿Demasiado idealismo?
Alguien me contaba hace poco que la transición del apartheid al gobierno de Mandela, con todas las dificultades que aun quedan por resolver, evitó la guerra civil que todos vaticinaban porque había una base suficientemente grande dispuesta a perdonar. Dejar a un lado la venganza que otros pedían a gritos.
¿Perdonar? Sí, perdonar, que no es lo mismo que amparar bajo un acuerdo de impunidad. El que perdona no hace arreglos, no pide nada, ni detiene la justicia, ni negocia favores. Simplemente mira al otro, su verdugo, con la mirada de Cristo, y lo acepta, le da la oportunidad de una restauración y una reconciliación que sólo Dios puede operar. El perdón es un acto de amor y de esperanza. Sólo se lo aprende cuando uno es perdonado, aunque la parábola de Jesús acerca del mayordomo cruel (diría yo, en lugar de “infiel”)(6) nos advierte que aún perdonados por mucho más, somos verdugos de otros, por mucho menos.
La iglesia sí nos prepara para vivir en el mundo.
¿Acaso no sirve aprender a odiar la mentira?7
¿A tomar responsabilidades y cumplirlas?8
¿A buscar el diálogo y el consenso en nuestras decisiones eclesiales?9
¿A evitar los insultos? 10
¿A buscar la unidad?11
¿A trabajar para tener suficiente para dar a otros? 12
¿A hacernos cargo de los débiles y marginales como enseñó Jesús?13
¿A considerar la codicia de dinero y bienes materiales como el factor más grande de perversión?14
¿Es idealista e inactual tener una visión de la santidad del sexo de la que habla Pablo, en una sociedad que ha llegado a comercializar la prostitucion infantil? 15
Una sociedad sólo puede sostenerse sobre esas bases, y se derrumba cuando carece de una ética que hace posible la convivencia. Pensemos en el odio irracional que divide a judíos y palestinos, a vascos y españoles, a irlandeses e ingleses, a chechenos y rusos, a veces a hermanos de sangre y de una misma etnia, a tribus vecinas que ya estaban emparentadas, a antiguos compatriotas que antes vivían en paz. Llenas de odio que nació del miedo, o de la injusticia, de las ofensas, de la explotación, de las mentiras, de los agitadores, pero que se volvió incontrolable e irracional.
¿ Puede hacer algo la iglesia? Sí, y lo está haciendo. Junto con otros denunciantes y restauradores de la conciencia social. Cuando la iglesia no contribuye a formar esa base moral, ofreciendo al mundo hombres y mujeres ejercitados en el banco de prueba que es la iglesia, la sociedad se desploma.
No es necesario creer que la iglesia está llamada a hacer desaparecer la maldad estructural que ha penetrado el mundo. Sólo sucederá cuando venga el Señor. Pero mientras tanto sabemos que el príncipe de este mundo ha sido condenado. Y lo que el Señor condena debe ser combatido porque su juicio así lo dicta. Un “pesimismo esperanzado” como dijo alguien, nos alienta a seguir. No vamos a vencer, pero no podemos no luchar.
Para prepararme para escribir este trabajo decidí estudiar el Evangelio de Juan (uso mis propios métodos exegéticos poco ortodoxos) y ver qué tenía que decir acerca de la realidad y la posibilidades de la iglesia. Después de todo, Juan fue desde muy joven uno de los primeros miembros de esa nueva realidad que era la iglesia, y también uno de los que la vio crecer en un clima de odio, irracionalidad, lujo y perversión similar al nuestro.
En sus memorias aflora el momento en que Jesús preguntó: ¿Quieren ustedes irse también?(17) La pregunta de ese momento se produjo después del gran desencanto que habaían sufrido quienes se consideraban discípulos de jesús, pero decidieron abandonarlo.(18)
Creo que hubo diversas razones: Por un lado la distorción que algunos estaban dando a los milagros, fruto de su interés material.19 (Nicodemo, más sabio, había calificado el milagro como aquello que nadie podría haber hecho si “no fuese Dios con él”, y buscaba una explicación espiritual.20 Y según la descripción de Juan
los milagros habían ocupado un lugar importante, y por varias razones: para que ellos mismos vieran su gloria desde el comienzo(21), y para que la gente que quería seguirlo creyera en su autoridad (22).) Pero la gente había comenzado a buscar al milagrero multiplicador de panes, y por otra parte, los enemigos de Jesús, querían una excusa para condenarlo por abuso de autoridad. Jesús suele escandalizar deliberadamente a quienes sabe que no tienen intención de oir la voz de Dios en él. Así que les habló de sí mismo como el verdadero alimento: comerlo como quien come su carne, y beberlo como quien bebe su sangre.23 Una hipérbole que luego suaviza al decir que son sus palabras, llenas de Espíritu, las que deben ser comidas con un hambre y con una sed de obedecer a dios 24. Aunque Jesús comenzó a rehuir el rol de milagrero y rehusar hacer milagros para quienes ni aun así creerían, resucitó a Lázaro para afianzar la fe de sus discípulos.
La primera posibilidad que veo en la iglesia es la de que siempre debe esperar milagros de Dios, aunque en su sabaiduría no los mande todas las veces. Quizás para no alentar la búsqueda de soluciones fáciles, o el intento de acreditación de autoridad no ganada por otras formas.
Porque, casi en contraste con el problema de los milagros, Juan dedica párrafos enteros a resaltar el papel de la verdad que trasmiten las palabras: Las palabras de Jesús como complemento de sus obras,25 las palabras de Jesús cargadas de saciedad y vida 26, las palabras de Jesús para oir a Dios,27 las palabras de Jesús para conocerlo más,28 las palabras de Jesús para ser obedecidas,29 las palabras de Jesús para ayudarnos a amarlo,30 las palabras de Jesús para darnos vida eterna, las palabras de Jesús para hacernos oir por otros y para tener autoridad. Juan (o Jesús) nunca rechazó el milagro como una realidad de la iglesia, pero acentuó prioritariamente el papel de sus palabras.
Gracias a esta otra realidad creo que podemos seguir creyendo en la iglesia. A pesar de sus escándalos, de sus fracasos, de sus desbordes, y de su ignominia. Ninguna de esas diferencias nos impide ser cristianos.
Pero si esta realidad profunda de la iglesia dejara de ser, ¿dejaríamos de llamarnos cristianos? ¿Y cuál es esa realidad sin la cual tendríamos que admitir “ya no puedo creer en la iglesia”? ¿Sentiríamos la angustia de los discípulos cuando escucharon la pregunta del Señor: ¿También ustedes quieren irse? (6:67).
Fue ese punto de inflexión el que me hizo revisar todo lo que rodeó y precipitó ese momento. Y al reflexionar en todo el contexto me di cuenta que es esa pregunta que nos hace recuperar la realidad profunda de la iglesia, la que no podemos perder.
1. Jesús comenzó su ministerio haciendo milagros para manifestar su gloria y ayudar a sus discípulos a creer en él (2:11). Nicodemo acudió a él precisamente porque se dio cuenta que nadie podría haber hecho esos milagros sin la ayuda de Dios (3:2). Pero aunque “muchos creyeron en él al ver las señales que hacía” (2:23) Jesús no se confiaba de la real comprensión de la gente frente a las señales que él hacía. En el capítulo 4 se relata el segundo milagro (el paralítico de Betzata (4:54) y luego en el capítulo 6 se nos dice que da de comer a 5000 personas. Es probable que este haya sido uno de los milagros mesiánicos esperados por el pueblo (como dice J. H.Yoder en Jesús y la realidad política) no sólo porque Satanás lo desafió a hacerlo, sino porque la reacción de la gente por hacerlo rey pareciera indicarlo. Cuando la gente lo busca, Jesús les dice claramente que sus motivaciones son poder comer nuevamente (6:26) Pero si esa no era la señal mesiánica, ¿entonces cuál? Si Moisés les dio el maná, ¿que señal les dará Jesús en lugar de pan? (6:30)
En una hipérbole que los confunde Jesús les advierte que es a él a quien deben comer, porque él es el verdadero alimento y quien puede saciar su sed. No entienden o se desilusionan. “¿Quién puede hacerle caso?” (6:60) Deben pensar que está loco. Jesús intenta corregirlos. “Es el espíritu el que da vida..Las cosas que yo les he dicho son espíritu y son vida” (6:42)
Es entonces que aparece la pregunta de Jesús a sus descípulos más cercanos: “Quieren ustedes irse también?” Y la respuesta que define la segunda realidad de la iglesia: “A quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna, Nosotros ya hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios.” (6:68).
No es que Jesús haya optado por otra vía para ser creído. Lo milagros continúan y Jesús los justifica, como cuando da vista a un ciego, “para que se demuestre lo que Dios puede hacer”. Jesús insiste en pedirles que reflexionen: “aunque no me crean a mí, crean en las obras que yo hago” (10:38) y lo acepten como enviado de Dios porque “las cosas que yo hago con la autoridad de mi Padre lo demuestran claramente” (10:25). Cuando luego resucite a Lázaro también lo hará “para que crean” (11:25) y para que vean la gloria de Dios (11:40). Y como dice al orar: lo hace “para que crean que tú me enviaste” (11:42).
He citado todo esto para mostrar que para Jesús las señales milagrosas son manifestaciones de Dios para poder creer. Pero son una realidad ambivalente: Los milagros también pueden tergiversarse, olvidarse, calumniarse.
Y qué de la segunda realidad que Jesús usó para convocar discípulos? Pedro las llama “palabras de vida eterna” y están presente permanentemente en el ministerio de Jesús. Jesús quería que creyeran en sus palabras, y habló, dialogó, enseñó, ilustró, relató incansablemente.
Las palabras de Cristo que encontramos en la Biblia y se corroboran en hechos y experiencias de gracia son lo que sostiene la fe de la iglesia. Por eso es que la capacidad de abrirnos a la Palabra y poder abrirla a otros para que la crean, la comprendan, la vivan, los transforme y los renueve a su semejanza, es la realidad profunda de la iglesia. Es la única realidad que permitirá sobrevivir a la iglesia. Sin ella morimos.
Tomé el título propuesto por ASIT, Realidad y Posibilidades de la Iglesia como la realidad y las posibilidades tanto de la Iglesia, como la realidad y las posibilidades de su entorno, el mundo que hoy le toca vivir. Igualmente debo aclarar que tomo el término iglesia en un sentido concreto, como comunidad pequeña o grande de seguidores de Cristo, y por momentos, la iglesia en su sentido más amplio, como realidad transempírica, o quizás simplemente como realidad espiritual que se va conformando en el tiempo por obra y gracia de Dios.
Voy a intentar reflexionar desde el único lugar que puedo hacerlo. Desde mi experiencia de vida, como miembro de una sucesión de iglesias, y entidades intereclesiales que me acompañaron a lo largo de casi tres cuartos de siglo.
Nací al fondo de la casa que mi abuelo misionero alquilara a comienzos de los años treinta en Río Cuarto, para iniciar la Iglesia de los Hermanos en la Argentina, grupo que hoy cuenta con unas veinte iglesias repartidas en Bs. As., Rosario, y Córdoba., descendiente lejana de las viejas comunidades menonitas, quákeros y valdenses que debieron emigrar de Europa hacia distintos lugares del mundo por ciertas características como la crítica al sostén de la iglesia por parte del Estado y la abolición de distinciones entre clérigos y laicos, por nombrar algunas. Pero sólo me referiré aquí, a modo de ilustración, a la práctica del lavamiento de pies. ¿Qué siente una niña de 12 años recién bautizada, al practicar el lavamiento de pies en medio de adultos? Nunca voy a olvidar los dos sentimientos que invariablemente me marcaban cada vez que, mujeres por un lado y hombres por otro, nos reuníamos en una rueda frente a las palanganas, jarras de agua y toallas. De rodillas, lo primero que veía eran los pies. A veces pies muy blancos, deformes; otras, oscuros y arrugados. Pies huesudos, regordetes, alargados, y a mis ojos, siempre extraños. Feos. Luego intercambiábamos la posición y alguien vertía entonces el agua sobre mis pies. Alguien que los lavaba y los secaba cuidadosamente, mientras yo sentía vergüenza por lo que había estado pensando. Alguien que parecía estar perdonándome y lavando mi antipatía por sus pies.
Creo que poco a poco aprendí que esa costumbre, que de ninguna manera considero una práctica obligatoria para la iglesia, me estaba enseñando uno de los significados más profundos de lo que la iglesia debe ser. Como los pies, la iglesia es una realidad heterogénea, sin atractivos. Llena de arrugas, las más de las veces con rastros de callos y deformidades. Pero es la comunidad donde recibimos y damos perdón, porque aun después de “estar limpios” ( Juan 13:10) seguimos necesitando el agua fresca de la restauración. En esa iglesia se me permitió además prepararme para la vida participativa: Aun siendo mujeres podíamos ejercer nuestros dones en la comunidad: orar, preguntar, opinar, compartir en la adoración y en la enseñanza. Tal vez por contraste con esos primeros años, la siguiente etapa, que desarrollé al casarme y pasar a una “asamblea” norteña de mediados de los años cincuenta, me resultó difícil. Descubrí que sólo los varones podían tocar el órgano (o dirigir un coro). Orar en público, nunca. Todavía recuerdo el momento en que, en una irrefrenable manifestación del Espíritu, una voz aguda de mujer rompió el silencio y comenzó a balbucear una oración. Inmediatamente un par de voluntarios le hicieron sentar. Algunos (como yo) alzaron la cabeza asombrados, y recuerdo que acudió a mi mente la imagen de un pájaro herido en pleno vuelo. Las cosas han cambiado mucho con el correr del tiempo, pero entonces eran así. Menciono por último una experiencia de los años sesenta.
Gracias a Dios que esos y otros recuerdos negativos ya fueron borrados por otros recuerdos. También gracias a Dios en esa segunda realidad eclesial había muchas cosas positivas. La principal de ellas, la exposición permanente de la Biblia. ¿Cómo no aprender mucho contenido bíblico si había tres meditaciones los domingos además de la reunión al aire libre y dos durante la semana, más los anexos que se apoyaban? A falta de escuelas bíblicas, los jovencitos recibían sus herramientas homiléticas y exegéticas de los mayores. Varias veces al año se hacían “las series” sobre un tema, a cargo de algún predicador invitado y luego las conferencias regionales anuales. Por cierto que
Cuando la Biblia se transforma en erudición y pierde el poder de hablar al contexto real, (como sucedía en la mayoría de las iglesias del país), entonces se puede hacer un daño irreparable. La juventud idealista de la década de los sesenta quería un país más justo. Los obreros protestaban. Los intereses económicos se apoyaban la represión del ejército y el Estado era manejado por ineptos. Bombas y torturas. Secuestros y asesinatos. Desapariciones forzadas de culpables e inocentes. Y un silencio absoluto en la mayoría de las iglesias. Allí llegué a escuchar extensos mensajes que de alguna manera estrujaban analogías poco convincentes sobre el significado de cada parte del animal sacrificado en el altar: el simbolismo de patas, cuernos, grasa, sangre, leña, fuego, debía de alguna manera aplicarse a la vida espiritual.
Mis hijos adolescentes me traían estadísticas del hambre y la mortalidad infantil que leían en libros que circulaban en el colegio. Me hablaban de una “justicia” cuya etimología yo desconocía aunque estaba en la Biblia y la leíamos de tapa a tapa. En mi concepto, justicia era la divina, no esa protesta indignada y peligrosa que levantaba los ánimos e incitaba a la violencia. Ahora pìenso: ¿Es que no habíamos leído a Amós? ¿A Isaías? ¿No nos era familiar la indignación de Jesús ante la corrupción de las autoridades? ¿No nos era repulsivo el dios mamón como les era a nuestros hijos?
Gracias a Dios por las voces proféticas que comenzaron a oírse a comienzos de los setenta y que en el desierto de aquellos años, lograron preservar la fe de muchos. Aparecieron revistas con un discurso que nos mostraba la pertinencia del mensaje bíblico para la situación que se vivía. La iglesia dejó de ser para nosotros ésta o aquella denominación, más allá de cuyos bordes acechaba el peligro de los ni siquiera convertidos, para ser una comunidad más amplia, donde hermanos de instituciones paraeclesiásticas (por entonces mala vistas) abrían ventanas.
Fue por esta época que se instalaron dos nuevos debates por el que muchos se rasgaban las vestiduras: la justicia social (mala palabra para unos) y la posibilidad de los carismas como el don de sanidad, de lenguas para otros. Cuántas discusiones innecesarias. Cuántas divisiones evitables...Y lo más triste durante todos esos años, cuántas bajas.
He mencionado estos recuerdos ingratos para insistir en un primer punto: la iglesia es una realidad muy dura, muy difícil de sobrellevar. Sólo es posible amarla en y por el Señor.
La iglesia es normalmente fea. Lo puedo decir, porque las metáforas bíblicas me apoyan. Su fealdad es fruto de su incompletitud:
La iglesia es un edificio en construcción, con todo lo que eso significa: se está levantando ladrillo sobre ladrillo. Y un edificio en construcción puede todavía no tener techo, o costados, o ventanas. Una casa a medio edificar no es linda. Lo será cuando sea habitada y hermoseada por su dueño. Mientras tanto, poca belleza, salvo para el arquitecto que la “ve” terminada.
La iglesia también es un cuerpo, pero carece de estatura. Debe llegar a una superior a la que tiene. Debe crecer hasta llegar a la medida de la estatura de Cristo. Por el momento, no es esbelta.
La iglesia, dice otra metáfora, es sólo una rama rugosa de la vid. Frágil, incapaz por sí misma de dar fruto, y propensa para convertirse en cenizas cuando pierde su savia. ¿Hay algo menos atractivo que una rama muerta? Sólo la esperanza de ver brotes desmiente la fealdad de la rama-promesa.
La iglesia también es novia, pero todavía sin su vestido. Recuerdo la mañana de mi boda, cuando vino un matrimonio a dejar su regalo porque viajaban. Yo tenía un pañuelo en la cabeza, estaba descalza, y pasaba furiosamente un cepillo con agua en la entrada de mi casa. Podrían haberme romado por la empleada. La iglesia sierva, sin atavíos, no es hermosa.
Sólo es posible amar tanta carencia e incompletitud de la iglesia cuando se ama a su dueño, su diseñador, su Amante, aquél que la prepara para una plenitud futura, cuando sea habitada por él y puesta a los pies del Dios, quien todo lo llenará de gloria y de belleza.
Reconocer la futura plenitud de la iglesia es lo que nos sostiene. Pero la realidad de la iglesia siempre será un ejercicio de humildad y de arrepentimiento. Como los pies que Jesús, luego de ceñirse la toalla se arrodilló para lavar, la iglesia es fea, encallecida de disputas y todavía deforme.
Me atrevo a decir que esta realidad de la iglesia ha sido vivida y experimentada por todos aquellos que se comprometieron a servirla y amarla a pesar de todo.
¿Y qué decir de su historia pasada? El registro de siglos anteriores no nos dice otra realidad. Todo lo contrario. Solíamos hacer la distinción entre Cristianismo y Cristiandad, y achacábamos a la segunda todos los pecados para mantener intacta la reputación de la primera. Pero los críticos e historiadores sólo ven ahora una misma realidad y la hacen responsable de ese gigantesco monstruo llamado “Civilización occidental y cristiana”. He escrito en otro trabajo que dos de esos críticos –Nietzsche y Heidegger-- son citados frecuentemente por una generación que repudia la arrogancia y racionalidad de la modernidad como si fuera fruto de sus orígenes cristianos. Ambos ven al cristianismo como responsable de una cultura individualista, tecnicista, materialista, belicista, por no mencionar otros “ismos”. Y si volvemos unos siglos atrás para despegarnos de lo que es en realidad un fruto de la secularización más que del cristianismo, nos encontramos con las cruzadas insensatas y crueles, las guerras religiosas sangrientas e irracionales, las intrigas palaciegas y las eternas disputas injustificadas. ¿Dónde estaba el espíritu cristiano en toda esa larga historia de persecuciones y matanzas?
A veces pienso que tenemos una deuda pendiente con la historia real del cristianismo mártir. Aquella historia que el escritor de Hebreos comienza en Adán, y se ocupa de todos aquellos de los que el mundo no era digno. Deberíamos convocar a que se siga escribiendo esa historia. Escarbar las pequeñas historias que se entrelazan en todas los países del mundo, en todas las razas donde hubo fieles seguidores de Cristo. La historia oculta del cristianismo real, que sólo fue escrito por quienes resistieron en su fidelidad al Cordero. La realidad de la iglesia que he denominado como fea se contrasta con esta otra realidad escondida, silenciosa, casi desconocida, hermosa a los ojos de Dios.
Posibilidades
¿Qué posibilidades tiene la iglesia hoy, en este compás de espera? Siempre he creído que lo que Cristo quiso que aprendiéramos en la iglesia era para ser vivido en el mundo. ¿Qué no se puede? ¿Demasiado idealismo?
Alguien me contaba hace poco que la transición del apartheid al gobierno de Mandela, con todas las dificultades que aun quedan por resolver, evitó la guerra civil que todos vaticinaban porque había una base suficientemente grande dispuesta a perdonar. Dejar a un lado la venganza que otros pedían a gritos.
¿Perdonar? Sí, perdonar, que no es lo mismo que amparar bajo un acuerdo de impunidad. El que perdona no hace arreglos, no pide nada, ni detiene la justicia, ni negocia favores. Simplemente mira al otro, su verdugo, con la mirada de Cristo, y lo acepta, le da la oportunidad de una restauración y una reconciliación que sólo Dios puede operar. El perdón es un acto de amor y de esperanza. Sólo se lo aprende cuando uno es perdonado, aunque la parábola de Jesús acerca del mayordomo cruel (diría yo, en lugar de “infiel”)(6) nos advierte que aún perdonados por mucho más, somos verdugos de otros, por mucho menos.
La iglesia sí nos prepara para vivir en el mundo.
¿Acaso no sirve aprender a odiar la mentira?7
¿A tomar responsabilidades y cumplirlas?8
¿A buscar el diálogo y el consenso en nuestras decisiones eclesiales?9
¿A evitar los insultos? 10
¿A buscar la unidad?11
¿A trabajar para tener suficiente para dar a otros? 12
¿A hacernos cargo de los débiles y marginales como enseñó Jesús?13
¿A considerar la codicia de dinero y bienes materiales como el factor más grande de perversión?14
¿Es idealista e inactual tener una visión de la santidad del sexo de la que habla Pablo, en una sociedad que ha llegado a comercializar la prostitucion infantil? 15
Una sociedad sólo puede sostenerse sobre esas bases, y se derrumba cuando carece de una ética que hace posible la convivencia. Pensemos en el odio irracional que divide a judíos y palestinos, a vascos y españoles, a irlandeses e ingleses, a chechenos y rusos, a veces a hermanos de sangre y de una misma etnia, a tribus vecinas que ya estaban emparentadas, a antiguos compatriotas que antes vivían en paz. Llenas de odio que nació del miedo, o de la injusticia, de las ofensas, de la explotación, de las mentiras, de los agitadores, pero que se volvió incontrolable e irracional.
¿ Puede hacer algo la iglesia? Sí, y lo está haciendo. Junto con otros denunciantes y restauradores de la conciencia social. Cuando la iglesia no contribuye a formar esa base moral, ofreciendo al mundo hombres y mujeres ejercitados en el banco de prueba que es la iglesia, la sociedad se desploma.
No es necesario creer que la iglesia está llamada a hacer desaparecer la maldad estructural que ha penetrado el mundo. Sólo sucederá cuando venga el Señor. Pero mientras tanto sabemos que el príncipe de este mundo ha sido condenado. Y lo que el Señor condena debe ser combatido porque su juicio así lo dicta. Un “pesimismo esperanzado” como dijo alguien, nos alienta a seguir. No vamos a vencer, pero no podemos no luchar.
Para prepararme para escribir este trabajo decidí estudiar el Evangelio de Juan (uso mis propios métodos exegéticos poco ortodoxos) y ver qué tenía que decir acerca de la realidad y la posibilidades de la iglesia. Después de todo, Juan fue desde muy joven uno de los primeros miembros de esa nueva realidad que era la iglesia, y también uno de los que la vio crecer en un clima de odio, irracionalidad, lujo y perversión similar al nuestro.
En sus memorias aflora el momento en que Jesús preguntó: ¿Quieren ustedes irse también?(17) La pregunta de ese momento se produjo después del gran desencanto que habaían sufrido quienes se consideraban discípulos de jesús, pero decidieron abandonarlo.(18)
Creo que hubo diversas razones: Por un lado la distorción que algunos estaban dando a los milagros, fruto de su interés material.19 (Nicodemo, más sabio, había calificado el milagro como aquello que nadie podría haber hecho si “no fuese Dios con él”, y buscaba una explicación espiritual.20 Y según la descripción de Juan
los milagros habían ocupado un lugar importante, y por varias razones: para que ellos mismos vieran su gloria desde el comienzo(21), y para que la gente que quería seguirlo creyera en su autoridad (22).) Pero la gente había comenzado a buscar al milagrero multiplicador de panes, y por otra parte, los enemigos de Jesús, querían una excusa para condenarlo por abuso de autoridad. Jesús suele escandalizar deliberadamente a quienes sabe que no tienen intención de oir la voz de Dios en él. Así que les habló de sí mismo como el verdadero alimento: comerlo como quien come su carne, y beberlo como quien bebe su sangre.23 Una hipérbole que luego suaviza al decir que son sus palabras, llenas de Espíritu, las que deben ser comidas con un hambre y con una sed de obedecer a dios 24. Aunque Jesús comenzó a rehuir el rol de milagrero y rehusar hacer milagros para quienes ni aun así creerían, resucitó a Lázaro para afianzar la fe de sus discípulos.
La primera posibilidad que veo en la iglesia es la de que siempre debe esperar milagros de Dios, aunque en su sabaiduría no los mande todas las veces. Quizás para no alentar la búsqueda de soluciones fáciles, o el intento de acreditación de autoridad no ganada por otras formas.
Porque, casi en contraste con el problema de los milagros, Juan dedica párrafos enteros a resaltar el papel de la verdad que trasmiten las palabras: Las palabras de Jesús como complemento de sus obras,25 las palabras de Jesús cargadas de saciedad y vida 26, las palabras de Jesús para oir a Dios,27 las palabras de Jesús para conocerlo más,28 las palabras de Jesús para ser obedecidas,29 las palabras de Jesús para ayudarnos a amarlo,30 las palabras de Jesús para darnos vida eterna, las palabras de Jesús para hacernos oir por otros y para tener autoridad. Juan (o Jesús) nunca rechazó el milagro como una realidad de la iglesia, pero acentuó prioritariamente el papel de sus palabras.
Gracias a esta otra realidad creo que podemos seguir creyendo en la iglesia. A pesar de sus escándalos, de sus fracasos, de sus desbordes, y de su ignominia. Ninguna de esas diferencias nos impide ser cristianos.
Pero si esta realidad profunda de la iglesia dejara de ser, ¿dejaríamos de llamarnos cristianos? ¿Y cuál es esa realidad sin la cual tendríamos que admitir “ya no puedo creer en la iglesia”? ¿Sentiríamos la angustia de los discípulos cuando escucharon la pregunta del Señor: ¿También ustedes quieren irse? (6:67).
Fue ese punto de inflexión el que me hizo revisar todo lo que rodeó y precipitó ese momento. Y al reflexionar en todo el contexto me di cuenta que es esa pregunta que nos hace recuperar la realidad profunda de la iglesia, la que no podemos perder.
1. Jesús comenzó su ministerio haciendo milagros para manifestar su gloria y ayudar a sus discípulos a creer en él (2:11). Nicodemo acudió a él precisamente porque se dio cuenta que nadie podría haber hecho esos milagros sin la ayuda de Dios (3:2). Pero aunque “muchos creyeron en él al ver las señales que hacía” (2:23) Jesús no se confiaba de la real comprensión de la gente frente a las señales que él hacía. En el capítulo 4 se relata el segundo milagro (el paralítico de Betzata (4:54) y luego en el capítulo 6 se nos dice que da de comer a 5000 personas. Es probable que este haya sido uno de los milagros mesiánicos esperados por el pueblo (como dice J. H.Yoder en Jesús y la realidad política) no sólo porque Satanás lo desafió a hacerlo, sino porque la reacción de la gente por hacerlo rey pareciera indicarlo. Cuando la gente lo busca, Jesús les dice claramente que sus motivaciones son poder comer nuevamente (6:26) Pero si esa no era la señal mesiánica, ¿entonces cuál? Si Moisés les dio el maná, ¿que señal les dará Jesús en lugar de pan? (6:30)
En una hipérbole que los confunde Jesús les advierte que es a él a quien deben comer, porque él es el verdadero alimento y quien puede saciar su sed. No entienden o se desilusionan. “¿Quién puede hacerle caso?” (6:60) Deben pensar que está loco. Jesús intenta corregirlos. “Es el espíritu el que da vida..Las cosas que yo les he dicho son espíritu y son vida” (6:42)
Es entonces que aparece la pregunta de Jesús a sus descípulos más cercanos: “Quieren ustedes irse también?” Y la respuesta que define la segunda realidad de la iglesia: “A quién podemos ir? Tus palabras son palabras de vida eterna, Nosotros ya hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios.” (6:68).
No es que Jesús haya optado por otra vía para ser creído. Lo milagros continúan y Jesús los justifica, como cuando da vista a un ciego, “para que se demuestre lo que Dios puede hacer”. Jesús insiste en pedirles que reflexionen: “aunque no me crean a mí, crean en las obras que yo hago” (10:38) y lo acepten como enviado de Dios porque “las cosas que yo hago con la autoridad de mi Padre lo demuestran claramente” (10:25). Cuando luego resucite a Lázaro también lo hará “para que crean” (11:25) y para que vean la gloria de Dios (11:40). Y como dice al orar: lo hace “para que crean que tú me enviaste” (11:42).
He citado todo esto para mostrar que para Jesús las señales milagrosas son manifestaciones de Dios para poder creer. Pero son una realidad ambivalente: Los milagros también pueden tergiversarse, olvidarse, calumniarse.
Y qué de la segunda realidad que Jesús usó para convocar discípulos? Pedro las llama “palabras de vida eterna” y están presente permanentemente en el ministerio de Jesús. Jesús quería que creyeran en sus palabras, y habló, dialogó, enseñó, ilustró, relató incansablemente.
