Predicador callejero marcó rumbo de las celebraciones de Semana Santa
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LIMA, Abril 16, 2003 (alc). En los mismos años en que el bautista John
Bunyan, el cuáquero George Fox y el presbiteriano Robert Browne
estremecían las calles y plazas de Inglaterra y Holanda con sus inflamadas
prédicas, un sacerdote católico, Francisco del Castillo, congregaba
multitudes, principalmente esclavos negros e indígenas, en un mercado de
abastos de la capital del Perú.
Las prédicas de Del Castillo (1615-1673) no han sido recogidas en
ningún libro pero su recuerdo perdura como el iniciador del Sermón de las
Tres Horas, una de las tradiciones distintivas de la celebración de la
Semana Santa, es decir el tiempo del apresamiento, juicio, pasión, muerte
y resurrección de Jesucristo.
El sermón de las tres horas es una predicación que se extiende por ese
tiempo, entre las doce del mediodía y las tres de la tarde, en recuerdo
del lapso transcurrido, según la tradición, entre la crucifixión y la
muerte de Cristo en el monte Calvario.
Se dice que el jesuita del Castillo predicó su primer sermón de las
tres horas en 1651, en la capilla de Los Desamparados, situada a espaldas
de la residencia del virrey español, en la manzana que actualmente
ocupa el Palacio de Gobierno.
En todo caso, la idea de dedicar tres horas a una reflexión sobre las
últimas frases que, según la Biblia, pronunció Jesús en la cruz, se
extendió rápidamente por todo el imperio colonial español de ese tiempo y
pronto fue acogida en el resto del mundo católico.
Lástima que en las décadas recientes haya caído en desuso, incluso en
Lima, en parte por la escasez de oradores con suficiente aliento.
El sermón versa sobre las siete siguientes frases de Jesús: Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen De cierto te digo que hoy estarás
conmigo en el paraíso He ahí tu madre Dios mio ¿por qué me has
desamparado? Tengo sed Consumado es y Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu.
La historia dice que del Castillo nació el 15 de febrero de 1615 en una
ciudad de 60.000 habitantes, de los cuales la mitad eran esclavos
negros y quizá 20.000 indígenas, siervos de los pocos españoles y criollos
que habitaban la capital del virreinato del Perú.
En 1624, al quedar huérfano empezó a trabajar como sirviente del deán
de la catedral Juan de Cabrera, que le dio instrucción y en 1632 ingresó
al noviciado de la Compañía de Jesús y fue ordenado sacerdote en 1642.
Desde sus primeros años en el ministerio se interesó por ayudar a los
negros esclavos y a las prostitutas, y como tenía que cruzar el río
Rímac para enseñar en la parroquia de San Lázaro pasaba por el mercado del
Baratillo, en donde negros e indios hacían sus compras.
Al ver esas multitudes desorientadas, a pesar de la religiosidad
imperante en la época, del Castillo empezó a predicarles desde un muro donde
había una cruz de caña de Guayaquil. Allí empezó su predicación
callejera, que se extendió durante las años siguientes de su vida.
En los primeros años del siglo XX, en Lima, famosos oradores religiosos
participaban en la predicación de las Siete Palabras en los templos de
la ciudad y los fieles católicos discutían durante semanas sobre cuál
había sido más elocuente y profundo en su discurso.
A mediados del siglo pasado, ante la penuria de la iglesia de grandes
oradores que pudiesen predicar durante tres horas seguidas, con
algunosminutos de intervalo, se optó por recurrir a varios predicadores
alternados e incluso alguna veces se incorporaron laicos distinguidos. Pero el
hecho es que cada vez más el Sermón de la Tres Horas está cayendo en
desuso.
Bunyan, el cuáquero George Fox y el presbiteriano Robert Browne
estremecían las calles y plazas de Inglaterra y Holanda con sus inflamadas
prédicas, un sacerdote católico, Francisco del Castillo, congregaba
multitudes, principalmente esclavos negros e indígenas, en un mercado de
abastos de la capital del Perú.
Las prédicas de Del Castillo (1615-1673) no han sido recogidas en
ningún libro pero su recuerdo perdura como el iniciador del Sermón de las
Tres Horas, una de las tradiciones distintivas de la celebración de la
Semana Santa, es decir el tiempo del apresamiento, juicio, pasión, muerte
y resurrección de Jesucristo.
El sermón de las tres horas es una predicación que se extiende por ese
tiempo, entre las doce del mediodía y las tres de la tarde, en recuerdo
del lapso transcurrido, según la tradición, entre la crucifixión y la
muerte de Cristo en el monte Calvario.
Se dice que el jesuita del Castillo predicó su primer sermón de las
tres horas en 1651, en la capilla de Los Desamparados, situada a espaldas
de la residencia del virrey español, en la manzana que actualmente
ocupa el Palacio de Gobierno.
En todo caso, la idea de dedicar tres horas a una reflexión sobre las
últimas frases que, según la Biblia, pronunció Jesús en la cruz, se
extendió rápidamente por todo el imperio colonial español de ese tiempo y
pronto fue acogida en el resto del mundo católico.
Lástima que en las décadas recientes haya caído en desuso, incluso en
Lima, en parte por la escasez de oradores con suficiente aliento.
El sermón versa sobre las siete siguientes frases de Jesús: Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen De cierto te digo que hoy estarás
conmigo en el paraíso He ahí tu madre Dios mio ¿por qué me has
desamparado? Tengo sed Consumado es y Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu.
La historia dice que del Castillo nació el 15 de febrero de 1615 en una
ciudad de 60.000 habitantes, de los cuales la mitad eran esclavos
negros y quizá 20.000 indígenas, siervos de los pocos españoles y criollos
que habitaban la capital del virreinato del Perú.
En 1624, al quedar huérfano empezó a trabajar como sirviente del deán
de la catedral Juan de Cabrera, que le dio instrucción y en 1632 ingresó
al noviciado de la Compañía de Jesús y fue ordenado sacerdote en 1642.
Desde sus primeros años en el ministerio se interesó por ayudar a los
negros esclavos y a las prostitutas, y como tenía que cruzar el río
Rímac para enseñar en la parroquia de San Lázaro pasaba por el mercado del
Baratillo, en donde negros e indios hacían sus compras.
Al ver esas multitudes desorientadas, a pesar de la religiosidad
imperante en la época, del Castillo empezó a predicarles desde un muro donde
había una cruz de caña de Guayaquil. Allí empezó su predicación
callejera, que se extendió durante las años siguientes de su vida.
En los primeros años del siglo XX, en Lima, famosos oradores religiosos
participaban en la predicación de las Siete Palabras en los templos de
la ciudad y los fieles católicos discutían durante semanas sobre cuál
había sido más elocuente y profundo en su discurso.
A mediados del siglo pasado, ante la penuria de la iglesia de grandes
oradores que pudiesen predicar durante tres horas seguidas, con
algunosminutos de intervalo, se optó por recurrir a varios predicadores
alternados e incluso alguna veces se incorporaron laicos distinguidos. Pero el
hecho es que cada vez más el Sermón de la Tres Horas está cayendo en
desuso.
