Poder de lo alto

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“He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (San Lucas 24:49)

El sufrimiento y la muerte de Jesús, afectó mucho el ánimo de los discípulos, los hizo inseguros y temerosos. Se sentían desorientados a lo que serían sus vidas de ahí en adelante, a pesar de los tres años de preparación y de convivencia que tuvieron con Jesús, en los que claramente les enseñó lo que sucedería con él.

Después de la resurrección de Jesús en aquella mañana de Pascua, los discípulos necesitaron de tiempo, de señales y de la presencia del mismo Jesús, para restablecer de nuevo su confianza en él. Una de las primeras cosas que hizo Jesús después de resucitar, fue darles claras evidencias de que estaba vivo, de que era él mismo y no otra persona. Por eso les mostró sus manos y sus pies con las marcas de los clavos con que fue clavado en la cruz. Y para que no hubiese dudas, también comió un pescado y miel en presencia de ellos. No era un espíritu. ¡Había resucitado corporalmente!

“Les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas”.( 24: 44-48)

Con su presencia corporal y con las palabras que les anunciaba tomando como referencia la Escritura, les mostraba claramente que todo esto había sucedido según el propósito del Padre, para reconciliar a los seres humanos con Dios. Por otro lado, con estas palabras, Jesús disipó las dudas que tenían los discípulos, y les dio su gran misión: ser testigos e la resurrección delante del mundo. Para afirmarlos, fortalecerlos en la fe y tengan claridad en su misión, Jesús les dice: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”. Esta promesa se cumplió plenamente en el día de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua.

Hoy, nosotros somos los testigos de la resurrección de Jesús. Así como los discípulos, nosotros también necesitamos estar revestidos del poder de lo alto. Necesitamos ser revestidos del Espíritu Santo. Así como ellos fueron afirmados en la fe por la palabra clara de la Escritura anunciada por Jesús mismo, que estuvo presente con ellos en su cuerpo resucitado, y confirmado por el poder del Espíritu, que puso esa certeza en sus corazones, así también, hoy nosotros, somos revestidos y fortalecidos por su Espíritu, a través de la Escritura y con su presencia física corporal entre nosotros a través de la Santa Cena o Eucaristía. Lamentablemente, muchas veces no hacemos uso diligente de estos medios y no le damos la importancia que debe tener. Abunda la creencia popular de que el Espíritu viene por las obras que realizan tales como oraciones, por las obras que se realizan, por los ayunos o por las vigilias. Más la Escritura afirma que “la fe viene por el escuchar la Palabra de Dios.”. El Espíritu viene por pura gracia a través de sus medios que ha establecido claramente en la Escritura, y han sido instituidos y dados por Cristo mismo .Que en este tiempo de Pascua, seamos fortalecidos en esta confianza que viene del estudio, predicación y meditación de la Palabra y por el Sacramento. Recibamos así, junto con estos medios, dados por Dios, la plenitud de Su Espíritu, para cumplir nuestra misión. Amén.

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