NO a una Guerra e Invasión Absurda y Llena de Intereses
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Hice la promesa de no viajar a los Estados Unidos si el presidente George Bush invadía IRAQ la decisión me llevó a cancelar compromisos importantes para este año. Esta opción hecha entre círculos amigos quiero hacerla ahora públicamente porque al ver cómo
se desenvuelven las negociaciones y cómo avanza la angustia en el mundo por el temor a la guerra y sus consecuencias, y al percibir como se maneja la religión para legitimar un acto de crueldad, el grado de indignación como teóloga cristiana y como ser humano ha llegado a su clímax.
La decepción culminante de la política exterior del presidente Bush que me
empuja como teóloga a compartir públicamente mi decisión fue la parte final de uno de sus recientes conferencias de prensa en la cual afirmó que durante la guerra a Irak estaría orando por sus soldados y por el pueblo Irakí. Esto para los cristianos honestos es una inversión total de los valores del
cristianismo que ve en Jesucristo al príncipe de Paz y en Dios la plenitud
del amor y la misericordia ¡Cómo bombardear con armas de destrucción masiva a un pueblo y orar al mismo tiempo por él!.
Me uno al concierto de rechazo mundial contra la guerra y en tanto teóloga
cristiana me uno a la voz y esfuerzo de los líderes y teólogos de las iglesias cristianas, católica y evangélicas.
Los habitantes del planeta estamos siendo espectadores de uno de los episodios históricos más reveladores de nuestra humanidad y a la vez más tristes. La lucha agónica que experimentan los países grandes y pequeños se ha centrado más que todo en una decisión legal: aprobar o rechazar el ataque a Irak. Muchos son los elementos que están en juego, entre ellos: intereses económicos y de poder de parte de Estados Unidos e intereses similares de pérdida de estos de parte de países ricos que se oponen a la guerra.
Los países pobres valen solo por sus votos y en estos momentos están siendo presionados o comprados. Solo las voces de la población civil de todos los continentes: los intelectuales, los artistas, las organizaciones de mujeres y los estudiantes de todos los países, visibles en marchas y encuestas, incluyendo una gran parte del pueblo norteamericano, manifiestan el
verdadero sentido del "no a la guerra": No más víctimas inocentes en nombre de nada: ni de la ley, ni de la seguridad, ni de la libertad, ni de Dios.
Si durante la guerra del Golfo Pérsico se mataron más de 150,000 personas, las previsiones para otra guerra, con todo el avance tecnológico superará con creces la primera. Si para apresar a Noriega se mataron más de 5,000 panameños y para encontrar a Ossama Ben Laden ya van muchas decenas de miles en Afganistán, ¿cuántas centenas de miles se necesitarán para sacar a
Hussein? Estos pretextos para invasiones o conquistas ya no son creíbles.
Estados Unidos se conoce como un país en el cual la ley es algo intocable y sagrado. Incluso su absolutización en el cumplimiento muchas veces ha generado injusticias sin conciencia de culpa. En la guerra contra el Golfo se hablaba del cumplimento del imperio de la ley. Los hechos actuales nos
revelan que, para la Casa Blanca, lo importante es comenzar una guerra planificada de antemano por intereses propios revelan también que necesita
de una ley internacional para legitimarla. En la desesperación por alcanzar la legitimidad de la ley, el gobierno democrático de los Estados Unidos no
está usando su poder patriarcal de premios y castigos a los países pobres para obtener su voto y a sus jóvenes norteamericanos pacifistas censura con amenazas por usar camisetas que dicen: "no a la guerra".
Esta legalidad que se busca no tiene nada que ver ni con la realidad real ni
con la justicia social. Es simplemente la necesidad de hacer legal y justa una guerra que a todas luces no se justifica y, a diferencia de otras guerras, no acallará las conciencias de culpa. Y mientras más pasa el tiempo más se ponen las cartas sobre la mesa y más se aclara lo que todo mundo sabe, y peor aún, más peligro hay de que la única legalidad, aunque asimétrica y frágil, con la cual cuenta el planeta a nivel internacional, se venga abajo si Washington lanza el ataque sin la aprobación de la ONU. Esta situación para los cristianos es como un volver a "aprisionar la verdad en
la injusticia" (Ro. 1.18) donde el pecado estructural se hace cada vez más visible como en los tiempos del Imperio Romano.
Pero sabemos los teólogos y las teólogas que la única ley de Dios es la gracia, la misericordia, el amor al prójimo la única legalidad válida es aquella que se pone al servicio de la vida de los sujetos, porque la ley, impregnada de la sabiduría de Dios, fue creada al servicio del ser humano y
no el humano al servicio de la legalidad. Hay cristianos que piensan que hacen lo bueno aprobando la guerra contra Irak. Estas personas están engañadas hacer la guerra en un pueblo ya desbastado y empobrecido por el
embargo -injusto pero legal, dista mucho de la manera de ser de Dios, quien se conoce por su gracia y misericordia y quien nos interpela a actuar de la misma forma. A la luz de los hechos, no hay pretexto alguno que valga para bombardear un pueblo: ni un Sadain Hussein dictador, ni ninguna posible
resolución de los Estados Unidos o de las Naciones Unidas en favor de la guerra.
Desde este pequeño país, Costa Rica, una nación sin ejército y con el 90% de
la población en contra de la guerra, invito a mis colegas teólogos y teólogas, a líderes de las iglesias y a todos los cristianos en general de América Latina a abstenerse de viajar a los Estados Unidos en son de
protesta contra la guerra y a unirse a la ya existente lucha contra toda posesión de armas químicas y de destrucción masiva que exista en cualquier país del mundo, empezando con aquellos países de occidente que, ciertamente, ocupan los primeros lugares.
*Elsa Tamez es Teóloga y Profesora de la Universidad Bíblica Miembro del Equipo del DEI
se desenvuelven las negociaciones y cómo avanza la angustia en el mundo por el temor a la guerra y sus consecuencias, y al percibir como se maneja la religión para legitimar un acto de crueldad, el grado de indignación como teóloga cristiana y como ser humano ha llegado a su clímax.
La decepción culminante de la política exterior del presidente Bush que me
empuja como teóloga a compartir públicamente mi decisión fue la parte final de uno de sus recientes conferencias de prensa en la cual afirmó que durante la guerra a Irak estaría orando por sus soldados y por el pueblo Irakí. Esto para los cristianos honestos es una inversión total de los valores del
cristianismo que ve en Jesucristo al príncipe de Paz y en Dios la plenitud
del amor y la misericordia ¡Cómo bombardear con armas de destrucción masiva a un pueblo y orar al mismo tiempo por él!.
Me uno al concierto de rechazo mundial contra la guerra y en tanto teóloga
cristiana me uno a la voz y esfuerzo de los líderes y teólogos de las iglesias cristianas, católica y evangélicas.
Los habitantes del planeta estamos siendo espectadores de uno de los episodios históricos más reveladores de nuestra humanidad y a la vez más tristes. La lucha agónica que experimentan los países grandes y pequeños se ha centrado más que todo en una decisión legal: aprobar o rechazar el ataque a Irak. Muchos son los elementos que están en juego, entre ellos: intereses económicos y de poder de parte de Estados Unidos e intereses similares de pérdida de estos de parte de países ricos que se oponen a la guerra.
Los países pobres valen solo por sus votos y en estos momentos están siendo presionados o comprados. Solo las voces de la población civil de todos los continentes: los intelectuales, los artistas, las organizaciones de mujeres y los estudiantes de todos los países, visibles en marchas y encuestas, incluyendo una gran parte del pueblo norteamericano, manifiestan el
verdadero sentido del "no a la guerra": No más víctimas inocentes en nombre de nada: ni de la ley, ni de la seguridad, ni de la libertad, ni de Dios.
Si durante la guerra del Golfo Pérsico se mataron más de 150,000 personas, las previsiones para otra guerra, con todo el avance tecnológico superará con creces la primera. Si para apresar a Noriega se mataron más de 5,000 panameños y para encontrar a Ossama Ben Laden ya van muchas decenas de miles en Afganistán, ¿cuántas centenas de miles se necesitarán para sacar a
Hussein? Estos pretextos para invasiones o conquistas ya no son creíbles.
Estados Unidos se conoce como un país en el cual la ley es algo intocable y sagrado. Incluso su absolutización en el cumplimiento muchas veces ha generado injusticias sin conciencia de culpa. En la guerra contra el Golfo se hablaba del cumplimento del imperio de la ley. Los hechos actuales nos
revelan que, para la Casa Blanca, lo importante es comenzar una guerra planificada de antemano por intereses propios revelan también que necesita
de una ley internacional para legitimarla. En la desesperación por alcanzar la legitimidad de la ley, el gobierno democrático de los Estados Unidos no
está usando su poder patriarcal de premios y castigos a los países pobres para obtener su voto y a sus jóvenes norteamericanos pacifistas censura con amenazas por usar camisetas que dicen: "no a la guerra".
Esta legalidad que se busca no tiene nada que ver ni con la realidad real ni
con la justicia social. Es simplemente la necesidad de hacer legal y justa una guerra que a todas luces no se justifica y, a diferencia de otras guerras, no acallará las conciencias de culpa. Y mientras más pasa el tiempo más se ponen las cartas sobre la mesa y más se aclara lo que todo mundo sabe, y peor aún, más peligro hay de que la única legalidad, aunque asimétrica y frágil, con la cual cuenta el planeta a nivel internacional, se venga abajo si Washington lanza el ataque sin la aprobación de la ONU. Esta situación para los cristianos es como un volver a "aprisionar la verdad en
la injusticia" (Ro. 1.18) donde el pecado estructural se hace cada vez más visible como en los tiempos del Imperio Romano.
Pero sabemos los teólogos y las teólogas que la única ley de Dios es la gracia, la misericordia, el amor al prójimo la única legalidad válida es aquella que se pone al servicio de la vida de los sujetos, porque la ley, impregnada de la sabiduría de Dios, fue creada al servicio del ser humano y
no el humano al servicio de la legalidad. Hay cristianos que piensan que hacen lo bueno aprobando la guerra contra Irak. Estas personas están engañadas hacer la guerra en un pueblo ya desbastado y empobrecido por el
embargo -injusto pero legal, dista mucho de la manera de ser de Dios, quien se conoce por su gracia y misericordia y quien nos interpela a actuar de la misma forma. A la luz de los hechos, no hay pretexto alguno que valga para bombardear un pueblo: ni un Sadain Hussein dictador, ni ninguna posible
resolución de los Estados Unidos o de las Naciones Unidas en favor de la guerra.
Desde este pequeño país, Costa Rica, una nación sin ejército y con el 90% de
la población en contra de la guerra, invito a mis colegas teólogos y teólogas, a líderes de las iglesias y a todos los cristianos en general de América Latina a abstenerse de viajar a los Estados Unidos en son de
protesta contra la guerra y a unirse a la ya existente lucha contra toda posesión de armas químicas y de destrucción masiva que exista en cualquier país del mundo, empezando con aquellos países de occidente que, ciertamente, ocupan los primeros lugares.
*Elsa Tamez es Teóloga y Profesora de la Universidad Bíblica Miembro del Equipo del DEI
