Lealtad
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Hay personas que reclaman para sí, de los otros, fidelidad total. Suelen ser muy posesivos con sus afectos, exigentes tal vez, por demasiada inseguridad personal. La primera fidelidad debe ser para con uno mismo: no traicionarse; no defraudar a los anhelos más honestos de superación y de
conocimiento; respetar y equilibrar el deseo poderoso de autorrealización en la propia búsqueda interior de la verdad , justicia, belleza y transparencia. No se trata simplemente de "hacer deberes", someterse,
fingir, cumplir ceremonias secas y convencionales. La lealtad no es barullera, circense, declamadora; es una respuesta emocional muy profunda, íntima, propia de las convicciones asumidas.
Me traicionarás antes de que cante el gallo, dice Jesús al "leal" Pedro, sin por ello dejar de amarlo con todo su corazón inclusivo.
"No he venido a este mundo para satisfacer tus deseos; ni tu viniste para satisfacer los míos. Si nos encontramos en la sinceridad, en la comunicación y en el respeto, puede ser muy hermoso para ambos"
en ese contacto superior que aconseja la sabia oración del vinculo amoroso sano, brilla la perla de la lealtad.
Una joven pareja llevaba varios años de casado sin poder tener hijos; vivían en una casaquinta. Para no sentirse tan solos compraron un hermoso cachorro de pastor alemán y lo cuidaron y amaron como si fuere su propio hijo. El perrito creció magnífico hasta convertirse en un poderoso ovejero;
en varias ocasiones mostró actos de arrojo, de fidelidad y protección a sus dueños. Era una presencia compañera, alegre y leal.
Después de siete años de tener tan cariñoso perro, el matrimonio logró el nacimiento del hijo deseado. De inmediato disminuyeron las atenciones para con el fiel animal, quien se sintió relegado y celoso. La aparición del bebe fue el de siempre, perdió contentamiento y seguridad.
Cierto día, los padres dejaron al bebe durmiendo en la cuna, plácidamente y se instalaron en la terraza para preparar un asado. Al rato apareció el perro con la boca totalmente ensangrentada. Saltaba como nunca, movía entusiasta su cola con orgullo. El padre no dudó, pensó lo peor: el animal
celoso había destrozado a su hijo. Extrajo un arma que llevaba consigo y mató decidido a su querido pastor. Pero al correr a la habitación para buscar a su bebe, ¡encontró en el piso a una enorme serpiente degollada! La criatura seguía durmiendo plácidamente, bien protegida. El dueño no encontró consuelo: "He matado a mi perro fiel", repetía acongojado.
A veces basta un simple comentario, un chiste, una mera sospecha, una suspicacia y castigamos con enojo, sin más información, a un ser querido.
Una simple presunción te puede llevar a vivir "una experiencia de fin de mundo": ¡el sentirse traicionado! El daño que podemos hacer --a otros y a nosotros-- con rápidos juzgamientos suele ser muy grande, lamentablemente, a veces irreparable. La lealtad es una perla tan valiosa que para apreciar en toda su excelencia exige confianza total, condición receptiva muy poco
frecuente en una sociedad maltratada y con miedo.
conocimiento; respetar y equilibrar el deseo poderoso de autorrealización en la propia búsqueda interior de la verdad , justicia, belleza y transparencia. No se trata simplemente de "hacer deberes", someterse,
fingir, cumplir ceremonias secas y convencionales. La lealtad no es barullera, circense, declamadora; es una respuesta emocional muy profunda, íntima, propia de las convicciones asumidas.
Me traicionarás antes de que cante el gallo, dice Jesús al "leal" Pedro, sin por ello dejar de amarlo con todo su corazón inclusivo.
"No he venido a este mundo para satisfacer tus deseos; ni tu viniste para satisfacer los míos. Si nos encontramos en la sinceridad, en la comunicación y en el respeto, puede ser muy hermoso para ambos"
en ese contacto superior que aconseja la sabia oración del vinculo amoroso sano, brilla la perla de la lealtad.
Una joven pareja llevaba varios años de casado sin poder tener hijos; vivían en una casaquinta. Para no sentirse tan solos compraron un hermoso cachorro de pastor alemán y lo cuidaron y amaron como si fuere su propio hijo. El perrito creció magnífico hasta convertirse en un poderoso ovejero;
en varias ocasiones mostró actos de arrojo, de fidelidad y protección a sus dueños. Era una presencia compañera, alegre y leal.
Después de siete años de tener tan cariñoso perro, el matrimonio logró el nacimiento del hijo deseado. De inmediato disminuyeron las atenciones para con el fiel animal, quien se sintió relegado y celoso. La aparición del bebe fue el de siempre, perdió contentamiento y seguridad.
Cierto día, los padres dejaron al bebe durmiendo en la cuna, plácidamente y se instalaron en la terraza para preparar un asado. Al rato apareció el perro con la boca totalmente ensangrentada. Saltaba como nunca, movía entusiasta su cola con orgullo. El padre no dudó, pensó lo peor: el animal
celoso había destrozado a su hijo. Extrajo un arma que llevaba consigo y mató decidido a su querido pastor. Pero al correr a la habitación para buscar a su bebe, ¡encontró en el piso a una enorme serpiente degollada! La criatura seguía durmiendo plácidamente, bien protegida. El dueño no encontró consuelo: "He matado a mi perro fiel", repetía acongojado.
A veces basta un simple comentario, un chiste, una mera sospecha, una suspicacia y castigamos con enojo, sin más información, a un ser querido.
Una simple presunción te puede llevar a vivir "una experiencia de fin de mundo": ¡el sentirse traicionado! El daño que podemos hacer --a otros y a nosotros-- con rápidos juzgamientos suele ser muy grande, lamentablemente, a veces irreparable. La lealtad es una perla tan valiosa que para apreciar en toda su excelencia exige confianza total, condición receptiva muy poco
frecuente en una sociedad maltratada y con miedo.
