LA TIERRA ES VIDA Y LIBERTAD

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LA TIERRA ES VIDA Y LIBERTAD

Por: Rev. Jairo H. Suárez R.
Iglesia Evangélica Luterana de Colombia

La historia del pueblo de Dios contiene desde sus primeras páginas la promesa de una tierra y acaba con la mirada descansando en una tierra prometida. En la Biblia y en lo más profundo de nuestra existencia la tierra desempeña un papel fundamental. El ser humano viene de la tierra, vive de la tierra, crece en la tierra y al cerrar los ojos por última vez, vuelve al seno de la tierra. Esa íntima comunión con la tierra es mucho más sentida en los pueblos que diariamente tienen contacto y acarician las parcelas de la tierra, indígenas y campesinos quienes ven en la tierra no un objeto de explotación, sino una madre a la que se respeta y ama.

Esta actitud milenaria del indígena y el campesino es de veneración y armonía en la tierra cultivada. Esa actitud hace del trabajo un encuentro con Dios.
Las técnicas y valores del mundo capitalista globalizado consideran la tierra como simple factor de producción, objeto de compra, venta y manipulación técnica. En la medida que esa ideología va penetrando en el alma campesina, poco a poco se va rompiendo la relación íntima que había entre el hombre, la tierra y Dios.

Esa dolorosa experiencia de separación ha venido presentándose entre los campesinos, y especialmente, de forma más intensa en las últimas tres décadas en las cuales la penetración de ideologías opresoras obliga al éxodo y al exilio interno. Es una paradoja que el campesino que siente libertad en su propio terruño, ahora sea obligado a sentirse prisionero en la tierra que lo vio nacer. Con llanto y desesperación, los campesinos tienen que huir de la violencia para convertirse en exiliados, o como se les llama en Colombia, para convertirse en desplazados.
Parecería que la historia de los más débiles vuelve a repetirse. Historia de lucha por el poder en la cual los que poseen el espíritu de violencia dominan a los que ya han perdido hasta el espíritu de esperanza. Esa historia ya se nos presenta en el antiguo testamento, donde los profetas se ven compelidos a denunciar los atropellos que muchas veces eran ejercidos por las mismas autoridades que, supuestamente, estaban protegiendo los derechos de los campesinos (Amós 2:6-8).

Los desplazados de ese entonces no eran tan diferentes a los de hoy en cuanto son objetos del juego entre fuerzas que luchan violentamente por apoderarse hasta de la vida de los demás.
Estas prácticas, que en el fondo sirven para expropiar a los campesinos y para beneficiar a los latifundiarios, son condenadas por Dios a través de sus mensajeros (Miqueas 2:1-5 Proverbios 15:25 Nehemías 5:3-5, 7-11).

Quedarse sin tierra era una de las peores desgracias que podían afligir a una persona puesto que, en una sociedad agraria, el hombre sin tierra ni posesiones tenía que vender su fuerza de trabajo siendo objeto de explotación o tenía que venderse como esclavo para poder sobrevivir. Por eso los autores bíblicos condenan severamente la acumulación de tierra ya que esto contraría el plan liberador de Dios. Esta posición de la Biblia refleja un gran respeto por los derechos humanos y la dignidad personal.

La acumulación de tierras conlleva la inminente esclavización de los hombres. La voluntad de Dios, quien como propietario de la tierra (Salmo 24:1-2) ha querido darla a sus criaturas para que la cuidaran y la hicieran producir para todos (Salmo 68:10 Génesis 2:15) por lo tanto esa tierra que es santa, esa tierra prometida (Exodo 3:4 Josué 5:15) tiene límites en cuanto a su administración. La tierra y quienes en ella viven deben ser respetados para garantizar la igualdad y la dignidad, el respeto a la tierra implica el respeto a todos los que la consagran y la mojan con el sudor de su frente.

Si hay desplazados es porque ni siquiera se respeta la sabiduría de nuestros antepasados aborígenes y bíblicos, quienes distribuían la tierra de acuerdo a las necesidades de cada familia, cuánto más bocas para alimentar, más tierra debían tener (Números 33:54), estas medidas garantizaban la vida de la familia y suplían las necesidades en contra de los intereses de unos pocos que aprovechaban el poder de la violencia para ampliar sus propiedades (Deuteronomio 19:14, 27:17).

Al contrario de la promesa cumplida de una tierra que fluye leche y miel, los desplazados reciben promesas incumplidas, donde la tierra es árida e infértil, reciben desprecio, pierden estabilidad familiar, pierden identidad en medio de la masa de las ciudades y pierden hasta la esperanza de volver a ver y a tener su propia tierra. Ante esto se agrava la situación de desesperanza de las víctimas que se ven obligadas a redesplazarse y a venderse ante la mirada, muchas veces indiferente, de una sociedad dominada por el miedo.
Aquí, precisamente, es donde la unidad del pueblo cristiano ha de manifestarse en cuanto agente de paz y de libertad, como portador de la Palabra de salvación aprendida de Cristo. Aquel que teniéndolo todo, se hizo como nosotros, solidarizándose con los más pobres que, como desplazado no tuvo un lugar donde nacer, un sintierra que andaba llevando el evangelio que nos invita al discipulado (Lucas 9:23). Estamos llamados a articular una acción que devuelva la dignidad a las personas desplazadas, con ellos como actores, se espera que nos organicemos así como lo hizo el pueblo de Dios. Bajo esa fe que salva y libera, la sociedad que quiere comprometerse con esta causa, ha de saber que no esta sola. Debemos ser concientes que la dignificación y restauración de este pueblo, de estos hermanos desplazados, traerá avances y retrocesos. Habrá alegrías y fracasos, obstáculos y ayudas.

La fe nos ha de mover para saber que las metas tendrán cumplimiento porque como ese pueblo escogido de Dios, como Iglesia de Cristo, hoy también estamos siendo guiados por el dueño eterno de la tierra. Rogamos a Dios que no tengamos necesidad de seguir cantando salmos de lamentación y que son tan actuales como el del maestro Rodrigo Silva, quien canta al Tolima y tal vez debamos ampliarlo a toda Colombia:

“Viejo Tolima”

Que triste quedó mi rancho y abandonado
Porque tuve con mi negra que irme de allí
Quedó mi trapiche solo todo acabado
Ya no es la misma tierra que conocí
Como añoro y recuerdo al viejo Tolima
Como con mi morena podía vivir
Hasta que en una tarde de crudo invierno
Tuve que con mi negra salir de allí
Me quitaron el rancho con las vaquitas
Que aunque eran tan poquitas eran de mí
Como te extraño entonces viejo Tolima
Como quisiera ahora volver a ti.


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