La teología wesleyana en sus dimensiones prácticas
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La Teología como una práctica para todos los cristianos
Estamos en el año 2003 celebrando los 300 años del nacimiento de John Wesley, y nuestra primera expresión debe ser una expresión de gratitud al Creador por el maravilloso don que ha significado este hombre en la historia de la Iglesia y el mundo en general. El metodismo, movimiento por él fundado, es ahora parte de la historia mundial, tanto por el impacto que produjo en las sociedades anglosajonas en los siglos pasados, como por la presencia religiosa y social que mantiene en la actualidad. El metodismo es un movimiento de una rica tradición, una actualidad desafiante, y un expectante futuro. Uno de los puntos más importantes de la renovación metodista en la historia de la Iglesia fue la dimensión práctica y encarnacional de su teología. Frente al teólogo especializado de las tradiciones católica y anglicana, el metodismo revaloró la validez de la teología del laico, del simple creyente, una teología “del camino”. A su vez, frente a los vaivenes teológicos que presentaban movimientos entusiastas y populares, el metodismo tampoco descartó la validez de la tradición y la razón. Esa balanceada combinación entre autoridad y experiencia fue uno de los logros del metodismo primigenio que ahora deberíamos valorar, especialmente en una época como la nuestra en la que el cristianismo se encuentra polarizado entre relatividades y fundamentalismos, racionalismos fríos y entusiasmos zigzagueantes. El metodismo nos desafía a todos a pensar en Dios y para Dios. No esperar que los otros piensen por nosotros mismos. La distinción que Wesley marca entre doctrinas esenciales y opiniones abren la puerta para que cualquier creyente, desde el erudito más riguroso hasta el humilde hermano analfabeto, puedan “pensar y dejar pensar”, parafraseando una afirmación suya. Siguiendo con ella, Wesley agregaba:
Sólo se requiere una condición (para ser metodista): un profundo anhelo de salvar su alma. Si existe esto, es suficiente y no se desea ni se enfatiza nada más. La única pregunta que se hacen es ésta: ¿Es recto tu corazón como el mío? Si lo es, dame la mano.
Otro punto importante es la dimensión encarnacional, concreta, que Wesley y el metodismo intentan colocar en la tradición cristiana. La mejor manera de hacer útil la teología es a través de la coherencia absoluta con su práctica. Las ideas deben estar acompañadas de acciones que las perfeccionen, que las hagan auténticas y útiles para todos. Una teología que esté en contacto con todas las dimensiones de la vida humana. La reflexión adquiere vida cuando se encarna en lo cotidiano y deja exclusivo campo de la abstracción. Una teología del “camino” y no del “balcón” como decía el ilustre John A. Mackay. En uno de sus escritos, Wesley afirmaba que la mejor manera de mantener vivo el metodismo era el siguiente:
Prediquen nuestra doctrina, inculquen experiencia, demanden práctica, den fuerza a la disciplina. Si predican sólo doctrina, la gente será antinominiana si predican sólo la experiencia van a ser entusiastas si predican todo esto y no dan énfasis a la disciplina, el metodismo será como un huerto cultivado sin cerca, expuesto a los chanchos salvajes del bosque. 2
Para culminar esta parte, quiero utilizar a Gonzalo Báez Camargo, uno de los metodistas más ilustres que produjo América Latina. Él explicaba la experiencia histórica del metodismo a través de cinco puntos:
Un Avivamiento Evangélico. Puesto que el metodismo fue principalmente una renovación desde la experiencia.
No surgió de una elucubración teológica ni de una supuesta cruzada “fundamentalista”. Surgió de una viva experiencia de la gracia regenerada de Dios en Jesucristo y por medio del Espíritu Santo. La teología vino después, poco a poco, y sin ningún talante inquisitorial e intransigente. 3
Un Entusiasmo Racional. Como ha ocurrido en los innumerables avivamientos en la historia de la Iglesia Cristiana, las primeras fases de estos movimientos renovadores suelen estar acompañados de desbordantes manifestaciones de éxtasis religioso, a veces rayanas con el fanatismo. El espíritu y el cuerpo humano reaccionan de una manera inesperada ante la certeza de la presencia divina en ellos. Eso frecuentemente tiende a degenerar desórdenes e incluso aberraciones que incluso ahora vemos en las comunidades cristianas. Frente a ello, Wesley supo como combinar el entusiasmo genuino con la moderación en las manifestaciones espirituales. Así, “el gran avivamiento evangélico del siglo 18, sin perder su genuino entusiasmo, excluyó los excesos y las extravagancias. El metodismo se salvó de convertirse en histerismo”.4
Una Piedad Ilustrada. Desde sus inicios el metodismo fue una religión educadora. La labor educativa de Wesley y sus seguidores fue extensa y valiosa. Las escuelas elementales, dominicales, secundarias, y las universidades forman parte de esa rica herencia.
El metodismo fue desde un principio, y con sus propios fundadores, favorable a la ilustración, y estuvo pronto a aceptar el progreso científico como un medio de conocer mejor el maravilloso mundo creado por Dios y de emplear más eficazmente sus recursos en el servicio del Señor y del prójimo.5
Una Evangelización Revolucionaria. Wesley fue, además de reformador espiritual, un intenso luchador social. Causas como la abolición de la esclavitud, los derechos de los obreros industriales, la humanización de las cárceles, el pacifismo, la condena a la usura, la temperancia y la reforma agraria fueron parte de la prédica constante de Wesley. Fue gracias al metodismo que la Inglaterra industrial se salvó de la revolución comunista. El socialismo británico se tiñó de un sentido religioso esencial que dependió en gran parte del metodismo. Esto a diferencia de los socialismos francés o ruso, de inspiración atea, que devinieron en sangrientas revoluciones.
Una Disciplina Democrática. Wesley no fundó una iglesia propiamente dicha, sino más bien un movimiento de renovación. Fueron sus sucesores quienes la organizaron en una iglesia propiamente dicha. Aunque Wesley mantuvo posiciones autoritarias al interior de su movimiento, fue un gran mérito suyo virar hacia posiciones democráticas poco después. Supo combinar el orden con la democracia, la disciplina con la libertad. Asimismo, colocó al laico en un puesto privilegiado al interior de la Iglesia. La proclama luterana del sacerdocio universal de los creyentes se hizo realidad en el movimiento metodista. Pero era una libertad disciplinada, metódica, y profundamente ética. Es un punto valioso que ahora, en tiempos de desorden social, podemos rescatar.
La Obra Metodista en el Perú
No nos detendremos mucho en describir los inicios del metodismo en la Gran Bretaña. Más bien haremos una rápida revisión de los logros alcanzados por el metodismo en nuestro país. Así observaremos la forma como aquellos principios teológicos del metodismo se hicieron carne en nuestra patria.
La Lucha por la Libertad de Cultos
Hasta la llegada del colportor ítalo-uruguayo Francisco Penzotti en 1888, los diversos intentos de los misioneros protestantes habían sido aislados y efímeros. Tan pronto arribó, se dedicó a vender Biblias y a adiestrar a algunos peruanos en lo mismo. Además, empezó a celebrar servicios religiosos en español en un local alquilado.6
Su auditorio creció prontamente hasta llegar a trescientas personas en los servicios dominicales. El relativo éxito de Penzotti motivó la reacción de algunos sacerdotes católicos quienes empezaron a hostilizarlo y lograron encarcelarlo en julio de 1890. En aquél momento la campaña liberal se inició. En enero de 1891, casi dos mil personas desfilaron por las calles de la ciudad en favor de la libertad religiosa y, específicamente, protestando por el encierro de Penzotti. Finalmente, luego de que el caso adquiera gran notoriedad, incluso en el extranjero el misionero fue liberado en marzo del mismo año.7
En los años siguientes, la notable labor del Dr. Thomas Wood, eminente misionero metodista, además reconocido intelectual, fue fundamental para sensibilizar a los sectores políticos para otorgar la tolerancia de cultos. Años después, el hecho que originó directamente el tramo final para lograr la tolerancia religiosa fue el atropello que sufrió la misión adventista en Platería (Puno) de parte del obispo de Puno, Valentín Ampuero. Luego del incidente, Manuel Zúñiga Camacho, director de las escuelas, denunció el hecho a las autoridades de Lima. Es allí cuando el incidente se hace conocido y el sector liberal empieza a abogar, primero por una sanción sobre los hostilizadores de la misión, y luego, por un cambio de la situación legal de las comunidades religiosas no – católicas. En agosto del mismo año, el senador Bezada propuso la reforma del art. 4to de la Constitución para eliminar la parte que decía: “Y no se permite el ejercicio público de otra alguna”8.
Contando con el apoyo del senador liberal Mariano Cornejo, los misioneros Ritchie (EUSA), Maxwell (adventista) y el pastor metodista Ruperto Algorta, planificaron la estrategia para lograr su propósito. Ritchie se dedicó a la impresión de material propagandístico y Algorta a movilizar a algunos círculos obreros9. Finalmente, a pesar de la oposición clerical, la reforma fue aprobada y, dos años después, el 11 de noviembre de 1915, la ley fue promulgada.
La Obra Educativa
De una manera general, el proyecto educativo protestante buscó alcanzar a los sectores privilegiados a través de la educación. Se creía que era posible influir en la élite a través de ella con el fin de promover entre sus vástagos las formas modernas de pensamiento y socialización pero con una base religiosa. Hubo colegios protestantes para la élite que tenían esos objetivos fundamentales: formar nuevos modelos de ciudadanos, más modernos y tolerantes, y así poder influir en las grandes decisiones del país. Uno de ellos fue el Lima High School, fundado bajo el patrocinio de la Sociedad Misionera Metodista de Señoras de los Estados Unidos (Methodist Women´s Foreign Missionary Society). El número de matriculados fue creciendo progresivamente desde 40 en 1915 hasta 190 en 193010. Su personal docente estaba formado principalmente por misioneros norteamericanos, aunque paulatinamente se incluyó a jóvenes profesores peruanos, varios de ellos graduados de alguna de sus escuelas, y a algunos personajes connotados del magisterio nacional como Elvira García y García y Manuel Beltroy11. Su alumnado estuvo conformado principalmente por hijas de familias de las clases altas y medias, además de numerosas hijas de familias extranjeras (norteamericanas, alemanas, británicas, japonesas, judías, etc.) lo que constituía motivo de orgullo para la misión:
Se cuenta entre las familias representadas en el colegio a muchas que son de influencia, y que bondadosamente hacen buenas referencias del colegio en toda ocasión. Se nota entre éstos, ministros de estado, representantes diplomáticos, senadores, diputados, catedráticos, médicos, abogados, y muchos otros que ocupan puestos importantes en el estado. El colegio se considera muy afortunado en tener a estos amigos poderosos12.
Los colegios metodistas propugnaban la formación integral de hombres y mujeres nuevos con una mente abierta, una voluntad firme y una moralidad sana. Los alumnos de los colegios protestantes debían egresar contando con todos los elementos necesarios para integrarse plenamente a una sociedad que estaba modernizándose rápidamente. Para ello, debían recibir una formación práctica en la que se enfatizaron la enseñanza del inglés y los cursos comerciales13.
Dentro del ideario pedagógico protestante se inculcaron nuevos hábitos modernos como las ideas de tolerancia y las prácticas democráticas. En las escuelas metodistas que buscaban crear “un espíritu de democracia y servicio”14, ayudaron a la difusión de esos ideales. El hecho de que el alumnado sea plurirreligioso (católicos, protestantes y judíos), multinacional y multiétnico, contribuyó a hacer de la tolerancia algo concreto y necesario. En el ámbito religioso no se presionaba, ni menos coaccionaba, a los alumnos a adoptar la confesión protestante, sino que se procuraba evitar “(...) inspirarse en un credo excluyente porque el precepto educador ante la sociedad es de formar hombre libres y no cultivar prosélitos”15. Asímismo, se promovían prácticas como las del ahorro y la sana ambición en el trabajo16. Todo ello con la convicción de que así estaban colaborando con el progreso y la moralización de la sociedad, coincidiendo así con la opinión de los intelectuales progresistas del país17. Entre los colegios metodistas, los equipos femeninos de voleibol y gimnasia del Lima High School adquirieron renombre. Asimismo, el Callao High School fue uno de los primeros colegios en promover la natación y el atletismo entre las mujeres. Además, la participación constante en competencias deportivas inter – escolares, en las que los colegios protestantes fueron también pioneros, divulgó estas prácticas entre otros colegios18. Su rol dentro de la educación no se quedaba en lo estrictamente deportivo, sino que estaba destinado a promover determinados hábitos a través de ellos, como lo muestra la siguiente afirmación de un misionero: “Yo pienso que no hay otra cosa que ayudará a desarrollar las correctas ideas de la verdadera madurez, el juego limpio y la vida saludable que los latinos necesitan tanto, como un buen entrenamiento atlético”19.
La enseñanza del inglés no sólo cumplió propósitos estrictamente pedagógicos, sino también que contribuyó a acercar la civilización anglosajona a la sociedad peruana. Además fue útil para el proceso de modernización, pues muchas de las empresas tenían un personal anglosajón y era la lengua comercial por excelencia. De esta manera, el rol de los metodistas en la educación, durante el proceso de su modernización en el Perú fue importante.
Epílogo
Como afirmamos al inicio, al celebrar estos 300 años del nacimiento de Wesley, sólo podemos elevar una oración de gratitud a Dios por que estuvo en su voluntad que este movimiento tan activo surgiera y se extendiera por todo el mundo, incluyendo al Perú. Es tiempo que los desafíos actuales también sean respondidos con aquél espíritu que caracterizó a los primeros metodistas.
Estamos en el año 2003 celebrando los 300 años del nacimiento de John Wesley, y nuestra primera expresión debe ser una expresión de gratitud al Creador por el maravilloso don que ha significado este hombre en la historia de la Iglesia y el mundo en general. El metodismo, movimiento por él fundado, es ahora parte de la historia mundial, tanto por el impacto que produjo en las sociedades anglosajonas en los siglos pasados, como por la presencia religiosa y social que mantiene en la actualidad. El metodismo es un movimiento de una rica tradición, una actualidad desafiante, y un expectante futuro. Uno de los puntos más importantes de la renovación metodista en la historia de la Iglesia fue la dimensión práctica y encarnacional de su teología. Frente al teólogo especializado de las tradiciones católica y anglicana, el metodismo revaloró la validez de la teología del laico, del simple creyente, una teología “del camino”. A su vez, frente a los vaivenes teológicos que presentaban movimientos entusiastas y populares, el metodismo tampoco descartó la validez de la tradición y la razón. Esa balanceada combinación entre autoridad y experiencia fue uno de los logros del metodismo primigenio que ahora deberíamos valorar, especialmente en una época como la nuestra en la que el cristianismo se encuentra polarizado entre relatividades y fundamentalismos, racionalismos fríos y entusiasmos zigzagueantes. El metodismo nos desafía a todos a pensar en Dios y para Dios. No esperar que los otros piensen por nosotros mismos. La distinción que Wesley marca entre doctrinas esenciales y opiniones abren la puerta para que cualquier creyente, desde el erudito más riguroso hasta el humilde hermano analfabeto, puedan “pensar y dejar pensar”, parafraseando una afirmación suya. Siguiendo con ella, Wesley agregaba:
Sólo se requiere una condición (para ser metodista): un profundo anhelo de salvar su alma. Si existe esto, es suficiente y no se desea ni se enfatiza nada más. La única pregunta que se hacen es ésta: ¿Es recto tu corazón como el mío? Si lo es, dame la mano.
Otro punto importante es la dimensión encarnacional, concreta, que Wesley y el metodismo intentan colocar en la tradición cristiana. La mejor manera de hacer útil la teología es a través de la coherencia absoluta con su práctica. Las ideas deben estar acompañadas de acciones que las perfeccionen, que las hagan auténticas y útiles para todos. Una teología que esté en contacto con todas las dimensiones de la vida humana. La reflexión adquiere vida cuando se encarna en lo cotidiano y deja exclusivo campo de la abstracción. Una teología del “camino” y no del “balcón” como decía el ilustre John A. Mackay. En uno de sus escritos, Wesley afirmaba que la mejor manera de mantener vivo el metodismo era el siguiente:
Prediquen nuestra doctrina, inculquen experiencia, demanden práctica, den fuerza a la disciplina. Si predican sólo doctrina, la gente será antinominiana si predican sólo la experiencia van a ser entusiastas si predican todo esto y no dan énfasis a la disciplina, el metodismo será como un huerto cultivado sin cerca, expuesto a los chanchos salvajes del bosque. 2
Para culminar esta parte, quiero utilizar a Gonzalo Báez Camargo, uno de los metodistas más ilustres que produjo América Latina. Él explicaba la experiencia histórica del metodismo a través de cinco puntos:
Un Avivamiento Evangélico. Puesto que el metodismo fue principalmente una renovación desde la experiencia.
No surgió de una elucubración teológica ni de una supuesta cruzada “fundamentalista”. Surgió de una viva experiencia de la gracia regenerada de Dios en Jesucristo y por medio del Espíritu Santo. La teología vino después, poco a poco, y sin ningún talante inquisitorial e intransigente. 3
Un Entusiasmo Racional. Como ha ocurrido en los innumerables avivamientos en la historia de la Iglesia Cristiana, las primeras fases de estos movimientos renovadores suelen estar acompañados de desbordantes manifestaciones de éxtasis religioso, a veces rayanas con el fanatismo. El espíritu y el cuerpo humano reaccionan de una manera inesperada ante la certeza de la presencia divina en ellos. Eso frecuentemente tiende a degenerar desórdenes e incluso aberraciones que incluso ahora vemos en las comunidades cristianas. Frente a ello, Wesley supo como combinar el entusiasmo genuino con la moderación en las manifestaciones espirituales. Así, “el gran avivamiento evangélico del siglo 18, sin perder su genuino entusiasmo, excluyó los excesos y las extravagancias. El metodismo se salvó de convertirse en histerismo”.4
Una Piedad Ilustrada. Desde sus inicios el metodismo fue una religión educadora. La labor educativa de Wesley y sus seguidores fue extensa y valiosa. Las escuelas elementales, dominicales, secundarias, y las universidades forman parte de esa rica herencia.
El metodismo fue desde un principio, y con sus propios fundadores, favorable a la ilustración, y estuvo pronto a aceptar el progreso científico como un medio de conocer mejor el maravilloso mundo creado por Dios y de emplear más eficazmente sus recursos en el servicio del Señor y del prójimo.5
Una Evangelización Revolucionaria. Wesley fue, además de reformador espiritual, un intenso luchador social. Causas como la abolición de la esclavitud, los derechos de los obreros industriales, la humanización de las cárceles, el pacifismo, la condena a la usura, la temperancia y la reforma agraria fueron parte de la prédica constante de Wesley. Fue gracias al metodismo que la Inglaterra industrial se salvó de la revolución comunista. El socialismo británico se tiñó de un sentido religioso esencial que dependió en gran parte del metodismo. Esto a diferencia de los socialismos francés o ruso, de inspiración atea, que devinieron en sangrientas revoluciones.
Una Disciplina Democrática. Wesley no fundó una iglesia propiamente dicha, sino más bien un movimiento de renovación. Fueron sus sucesores quienes la organizaron en una iglesia propiamente dicha. Aunque Wesley mantuvo posiciones autoritarias al interior de su movimiento, fue un gran mérito suyo virar hacia posiciones democráticas poco después. Supo combinar el orden con la democracia, la disciplina con la libertad. Asimismo, colocó al laico en un puesto privilegiado al interior de la Iglesia. La proclama luterana del sacerdocio universal de los creyentes se hizo realidad en el movimiento metodista. Pero era una libertad disciplinada, metódica, y profundamente ética. Es un punto valioso que ahora, en tiempos de desorden social, podemos rescatar.
La Obra Metodista en el Perú
No nos detendremos mucho en describir los inicios del metodismo en la Gran Bretaña. Más bien haremos una rápida revisión de los logros alcanzados por el metodismo en nuestro país. Así observaremos la forma como aquellos principios teológicos del metodismo se hicieron carne en nuestra patria.
La Lucha por la Libertad de Cultos
Hasta la llegada del colportor ítalo-uruguayo Francisco Penzotti en 1888, los diversos intentos de los misioneros protestantes habían sido aislados y efímeros. Tan pronto arribó, se dedicó a vender Biblias y a adiestrar a algunos peruanos en lo mismo. Además, empezó a celebrar servicios religiosos en español en un local alquilado.6
Su auditorio creció prontamente hasta llegar a trescientas personas en los servicios dominicales. El relativo éxito de Penzotti motivó la reacción de algunos sacerdotes católicos quienes empezaron a hostilizarlo y lograron encarcelarlo en julio de 1890. En aquél momento la campaña liberal se inició. En enero de 1891, casi dos mil personas desfilaron por las calles de la ciudad en favor de la libertad religiosa y, específicamente, protestando por el encierro de Penzotti. Finalmente, luego de que el caso adquiera gran notoriedad, incluso en el extranjero el misionero fue liberado en marzo del mismo año.7
En los años siguientes, la notable labor del Dr. Thomas Wood, eminente misionero metodista, además reconocido intelectual, fue fundamental para sensibilizar a los sectores políticos para otorgar la tolerancia de cultos. Años después, el hecho que originó directamente el tramo final para lograr la tolerancia religiosa fue el atropello que sufrió la misión adventista en Platería (Puno) de parte del obispo de Puno, Valentín Ampuero. Luego del incidente, Manuel Zúñiga Camacho, director de las escuelas, denunció el hecho a las autoridades de Lima. Es allí cuando el incidente se hace conocido y el sector liberal empieza a abogar, primero por una sanción sobre los hostilizadores de la misión, y luego, por un cambio de la situación legal de las comunidades religiosas no – católicas. En agosto del mismo año, el senador Bezada propuso la reforma del art. 4to de la Constitución para eliminar la parte que decía: “Y no se permite el ejercicio público de otra alguna”8.
Contando con el apoyo del senador liberal Mariano Cornejo, los misioneros Ritchie (EUSA), Maxwell (adventista) y el pastor metodista Ruperto Algorta, planificaron la estrategia para lograr su propósito. Ritchie se dedicó a la impresión de material propagandístico y Algorta a movilizar a algunos círculos obreros9. Finalmente, a pesar de la oposición clerical, la reforma fue aprobada y, dos años después, el 11 de noviembre de 1915, la ley fue promulgada.
La Obra Educativa
De una manera general, el proyecto educativo protestante buscó alcanzar a los sectores privilegiados a través de la educación. Se creía que era posible influir en la élite a través de ella con el fin de promover entre sus vástagos las formas modernas de pensamiento y socialización pero con una base religiosa. Hubo colegios protestantes para la élite que tenían esos objetivos fundamentales: formar nuevos modelos de ciudadanos, más modernos y tolerantes, y así poder influir en las grandes decisiones del país. Uno de ellos fue el Lima High School, fundado bajo el patrocinio de la Sociedad Misionera Metodista de Señoras de los Estados Unidos (Methodist Women´s Foreign Missionary Society). El número de matriculados fue creciendo progresivamente desde 40 en 1915 hasta 190 en 193010. Su personal docente estaba formado principalmente por misioneros norteamericanos, aunque paulatinamente se incluyó a jóvenes profesores peruanos, varios de ellos graduados de alguna de sus escuelas, y a algunos personajes connotados del magisterio nacional como Elvira García y García y Manuel Beltroy11. Su alumnado estuvo conformado principalmente por hijas de familias de las clases altas y medias, además de numerosas hijas de familias extranjeras (norteamericanas, alemanas, británicas, japonesas, judías, etc.) lo que constituía motivo de orgullo para la misión:
Se cuenta entre las familias representadas en el colegio a muchas que son de influencia, y que bondadosamente hacen buenas referencias del colegio en toda ocasión. Se nota entre éstos, ministros de estado, representantes diplomáticos, senadores, diputados, catedráticos, médicos, abogados, y muchos otros que ocupan puestos importantes en el estado. El colegio se considera muy afortunado en tener a estos amigos poderosos12.
Los colegios metodistas propugnaban la formación integral de hombres y mujeres nuevos con una mente abierta, una voluntad firme y una moralidad sana. Los alumnos de los colegios protestantes debían egresar contando con todos los elementos necesarios para integrarse plenamente a una sociedad que estaba modernizándose rápidamente. Para ello, debían recibir una formación práctica en la que se enfatizaron la enseñanza del inglés y los cursos comerciales13.
Dentro del ideario pedagógico protestante se inculcaron nuevos hábitos modernos como las ideas de tolerancia y las prácticas democráticas. En las escuelas metodistas que buscaban crear “un espíritu de democracia y servicio”14, ayudaron a la difusión de esos ideales. El hecho de que el alumnado sea plurirreligioso (católicos, protestantes y judíos), multinacional y multiétnico, contribuyó a hacer de la tolerancia algo concreto y necesario. En el ámbito religioso no se presionaba, ni menos coaccionaba, a los alumnos a adoptar la confesión protestante, sino que se procuraba evitar “(...) inspirarse en un credo excluyente porque el precepto educador ante la sociedad es de formar hombre libres y no cultivar prosélitos”15. Asímismo, se promovían prácticas como las del ahorro y la sana ambición en el trabajo16. Todo ello con la convicción de que así estaban colaborando con el progreso y la moralización de la sociedad, coincidiendo así con la opinión de los intelectuales progresistas del país17. Entre los colegios metodistas, los equipos femeninos de voleibol y gimnasia del Lima High School adquirieron renombre. Asimismo, el Callao High School fue uno de los primeros colegios en promover la natación y el atletismo entre las mujeres. Además, la participación constante en competencias deportivas inter – escolares, en las que los colegios protestantes fueron también pioneros, divulgó estas prácticas entre otros colegios18. Su rol dentro de la educación no se quedaba en lo estrictamente deportivo, sino que estaba destinado a promover determinados hábitos a través de ellos, como lo muestra la siguiente afirmación de un misionero: “Yo pienso que no hay otra cosa que ayudará a desarrollar las correctas ideas de la verdadera madurez, el juego limpio y la vida saludable que los latinos necesitan tanto, como un buen entrenamiento atlético”19.
La enseñanza del inglés no sólo cumplió propósitos estrictamente pedagógicos, sino también que contribuyó a acercar la civilización anglosajona a la sociedad peruana. Además fue útil para el proceso de modernización, pues muchas de las empresas tenían un personal anglosajón y era la lengua comercial por excelencia. De esta manera, el rol de los metodistas en la educación, durante el proceso de su modernización en el Perú fue importante.
Epílogo
Como afirmamos al inicio, al celebrar estos 300 años del nacimiento de Wesley, sólo podemos elevar una oración de gratitud a Dios por que estuvo en su voluntad que este movimiento tan activo surgiera y se extendiera por todo el mundo, incluyendo al Perú. Es tiempo que los desafíos actuales también sean respondidos con aquél espíritu que caracterizó a los primeros metodistas.
