La Palabra de Dios nunca decepciona
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“La hierba se seca y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Isaías 40:8 DHH)
Susana, una joven profesional, regresó después de varios años de estudio a visitar a sus padres, toma de la mano a su padre y le dice:
- “Quiero ir a la iglesia, fue allí donde fui bautizada , escuché el mensaje del Evangelio y aprendí muchos himnos cuando aún era niña”.
El padre asintió y le acompañó. Aunque él ya conocía todo lo que había sucedido, guardó silencio. Cuando llegaron al templo, ella constató con sus propios ojos los cambios que ocurrieron. El altar, el púlpito y la cruz habían desaparecido del centro de la nave. El púlpito aún se conservaba, pero en un lado un poco apartado. Y el altar, había sido puesto debajo del atrio. Para su sorpresa pudo ver que en el centro había un piano eléctrico, una gran batería y unas enormes plantas de sonido. Pudo ver que el centro de atención era totalmente otro. Fue para ella una gran decepción.
¿Quién de nosotros no ha experimentado una decepción en la vida? Una esperanza que teníamos y que no se realizó. Una persona que traicionó nuestra confianza. Un empleo que perdimos. Un amigo que nos abandonó. Altas expectativas que no llegan a concretarse. A pesar de dolorosas, las decepciones son parte de nuestra vida.
El pueblo de Israel había confiado en la palabra de falsos profetas que anunciaban paz, paz y seguridad, más vino sobre ellos guerra y destrucción. En su adoración “había fuego extraño que salía del templo”, porque no habían puesto atención a la Palabra de Dios anunciada por los profetas que Dios había enviado.
Los falsos profetas hablan cosas que le agradan a las personas. Los profetas verdaderos anuncian la Palabra de Dios, les agrade o no les agrade a las personas, sean populares o no.
Así como la flor del campo, es la predicación que anuncia tiempos buenos, y no llama al pueblo al arrepentimiento. Es mensaje religioso donde Cristo es el ausente. Donde se habla mucho del hombre, de su experiencia personal y de su “antigua vida”, pero nada de Cristo y de lo que el hizo por nosotros. Flor que nace y luego perece, que decepciona, que no se realiza. Predicación vacía, de efectos inmediatos, que hace de la iglesia un mercado, un centro de consumo de religión, un show, donde el centro no es Cristo sino el “predicador de fama internacional que ha sido usado por Dios”, música de estilo romántica, repetitiva, centrada en el ego, mueve al alma, emociones y los sentimientos , pero no edifica al espíritu. Anuncia salud, prosperidad, más lo que trae es desilusión y engaño...
La Palabra del Señor, por el contrario, es verdadera y permanece para siempre. Ella llama a los pecadores que reconozcan que están lejos y separados de Dios y al arrepentimiento. El ofrece perdón de los pecados, paz con Dios, nueva vida y salvación.
“Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios” (Isaías 40:1). La Palabra de Dios no decepciona porque el mensaje de La Buena Noticia que ella anuncia, obra fe en los corazones de las personas que creen, el pecado es perdonado, y se inicia una nueva vida, una relación dirigida por Dios, llena de alegría, pensamientos justos y paz.
El pueblo de Israel había pecado y experimentaba ahora la decepción. Más a todos los decepcionados y defraudados, Dios les dice que sus pecados son perdonados por completo. (Salmo 32:1). Jesús nos lo garantiza: “ Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (San Mateo 11: 28). En El se puede confiar. El no cambia. “El es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8). Amén .
Susana, una joven profesional, regresó después de varios años de estudio a visitar a sus padres, toma de la mano a su padre y le dice:
- “Quiero ir a la iglesia, fue allí donde fui bautizada , escuché el mensaje del Evangelio y aprendí muchos himnos cuando aún era niña”.
El padre asintió y le acompañó. Aunque él ya conocía todo lo que había sucedido, guardó silencio. Cuando llegaron al templo, ella constató con sus propios ojos los cambios que ocurrieron. El altar, el púlpito y la cruz habían desaparecido del centro de la nave. El púlpito aún se conservaba, pero en un lado un poco apartado. Y el altar, había sido puesto debajo del atrio. Para su sorpresa pudo ver que en el centro había un piano eléctrico, una gran batería y unas enormes plantas de sonido. Pudo ver que el centro de atención era totalmente otro. Fue para ella una gran decepción.
¿Quién de nosotros no ha experimentado una decepción en la vida? Una esperanza que teníamos y que no se realizó. Una persona que traicionó nuestra confianza. Un empleo que perdimos. Un amigo que nos abandonó. Altas expectativas que no llegan a concretarse. A pesar de dolorosas, las decepciones son parte de nuestra vida.
El pueblo de Israel había confiado en la palabra de falsos profetas que anunciaban paz, paz y seguridad, más vino sobre ellos guerra y destrucción. En su adoración “había fuego extraño que salía del templo”, porque no habían puesto atención a la Palabra de Dios anunciada por los profetas que Dios había enviado.
Los falsos profetas hablan cosas que le agradan a las personas. Los profetas verdaderos anuncian la Palabra de Dios, les agrade o no les agrade a las personas, sean populares o no.
Así como la flor del campo, es la predicación que anuncia tiempos buenos, y no llama al pueblo al arrepentimiento. Es mensaje religioso donde Cristo es el ausente. Donde se habla mucho del hombre, de su experiencia personal y de su “antigua vida”, pero nada de Cristo y de lo que el hizo por nosotros. Flor que nace y luego perece, que decepciona, que no se realiza. Predicación vacía, de efectos inmediatos, que hace de la iglesia un mercado, un centro de consumo de religión, un show, donde el centro no es Cristo sino el “predicador de fama internacional que ha sido usado por Dios”, música de estilo romántica, repetitiva, centrada en el ego, mueve al alma, emociones y los sentimientos , pero no edifica al espíritu. Anuncia salud, prosperidad, más lo que trae es desilusión y engaño...
La Palabra del Señor, por el contrario, es verdadera y permanece para siempre. Ella llama a los pecadores que reconozcan que están lejos y separados de Dios y al arrepentimiento. El ofrece perdón de los pecados, paz con Dios, nueva vida y salvación.
“Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios” (Isaías 40:1). La Palabra de Dios no decepciona porque el mensaje de La Buena Noticia que ella anuncia, obra fe en los corazones de las personas que creen, el pecado es perdonado, y se inicia una nueva vida, una relación dirigida por Dios, llena de alegría, pensamientos justos y paz.
El pueblo de Israel había pecado y experimentaba ahora la decepción. Más a todos los decepcionados y defraudados, Dios les dice que sus pecados son perdonados por completo. (Salmo 32:1). Jesús nos lo garantiza: “ Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (San Mateo 11: 28). En El se puede confiar. El no cambia. “El es el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Hebreos 13:8). Amén .
