La Escondida

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En la educación teológica de los niños resulta frecuente recurrir al juego.

Teniendo esto en cuenta y, en esta oportunidad, pienso que un juego nos puede servir para describir lo inefable, como, por ejemplo, el misterio de la salvación en Cristo Jesús quien “murió por todos nosotros” (Ro 5:8 RV) y “el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre” (Gá 1:4 RV).

Para ello, se me ocurre compararlo, verbigracia, con el conocido juego de “la escondida”:

Consiste en un juego en que todos los jugadores se esconden con excepción de uno que será el encargado de buscar al resto. Puede jugar a la escondida cualquier número de personas, a partir de 3, aunque es más divertido un grupo numeroso. Se puede jugar en lugares abiertos o cerrados de día o de noche. Se deben fijar los límites del espacio en que se jugará. Fuera de esos límites está prohibido esconderse. Se elige "al que cuenta" con una canción de contar. El que cuenta elige un lugar (generalmente una pared) llamado "piedra" donde apoyará el rostro, como si llorara, y permanecerá unos instantes en esa posición, contando los números hasta la cifra decidida con anterioridad por el grupo (ej: hasta 50, hasta 100). Al finalizar de contar dice un verso que avisa que sale a buscar a los que se escondieron (ej: “Punto y coma, el que no se escondió se embroma, salgo y salí”).

El buscador recorre el lugar. Cuando descubre algún jugador escondido sale corriendo en dirección a la "piedra", la toca y grita: "piedra libre para...", descubriendo la identidad del encontrado. El jugador descubierto, de ser posible, sale corriendo hacia la "piedra" al mismo tiempo que el que cuenta, para salvarse. Si llega primero grita "piedra libre".
Además, cualquier jugador puede salir de su escondite antes de ser visto y dirigirse a la "piedra". Si logra tocarla antes que el que cuenta, grita "piedra libre" y se salva. El primero de los jugadores descubierto que pierda la carrera hacia la "piedra" deberá contar en la próxima ronda.

Sin embargo, hay un recurso extremo: el último de los jugadores sin descubrir y que llegue antes que el que cuenta, a la "piedra", puede gritar: "piedra libre para todos mis compañeros", liberándolos a todos, debiendo contar nuevamente el que estaba haciéndolo en esa ronda. La escondida finaliza en forma arbitraria, cuando el grupo lo decida. No hay ganadores ni perdedores.

Luego de jugar y, con la participación de los niños a través de preguntas y entablando un diálogo con ellos, uno podría decir que todos hemos sido “descubiertos” antes de nuestra llegada a la “piedra” -“por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro 8:23 RV)-. Pero, gracias a Dios, el “juego de la vida” no terminó ahí y, en un último acto y definitivo, el Señor utilizó un recurso extremo: en una acción de amor supremo, envió al último de los “jugadores”: su propio hijo Jesús, quien, sin haber sido descubierto “en pecado” -“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hb 4:15 RV)-, en la Semana Santa trascendente, llegó a la "piedra”, dramáticamente y con una entrega sin precedentes, antes que el que cuenta, por un tiempo, en este mundo.

Así fue que el Domingo de Resurrección se escuchó un grito glorioso en toda la tierra: “¡¡¡PIEDRA LIBRE PARA TODOS MIS COMPAÑEROS!!!" liberando, de esta manera, a aquellos que comparten el pan con Él, sus “compañeros” (del lat. cum, con y panis, pan).

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