Jesús provee el alimento
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Juan 21:1-14
INTRODUCCION
Aquellos pescadores regresaban de una noche completa en el mar. La palabra nos dice que venían con las manos vacías. Ni siquiera un pescado había en sus redes.
Mientras se acercaban a la orilla, divisaron a aquel hombre, que los llamaba. Cuando estaban a punto de abandonar el bote, el hombre les pregunta si tenían algo para comer. En otras palabras, si habían pescado algo. La respuesta, obviamente, fue negativa. No habían logrado pescar nada.
¿Qué mensaje está contenido en estos pasajes?
¿Qué nos quiere decir Dios, por medio del San Juan, al narrarnos este episodio?
¿Por qué estos experimentados pescadores no lograron una buena pesca?
LA FE MENGUADA
Una vez que Jesucristo fue sacrificado en la cruz y su sangre derramada por la salvación de los pecadores de Israel, sus discípulos se dispersaron. Algunos, como Pedro, hasta le negaron. De hecho, volvieron al mundo de donde El les había sacado.
Sucede que al tercer día de la crucifixión, María Magdalena fue muy de mañana al sepucro donde había sido depositado el cuerpo del Maestro lo encuentra vacío y se lo hace saber a los discípulos. Estos llegan corriendo, se percatan de que el cuerpo de Jesús no está, pero para nada se acuerdan que les había dicho que resucitaría al tercer día.
¡Qué corta memoria la de nosotros los mortales!
¡Cuán facil es olvidar las Palabras del Señor!
¡Con cuanta facilidad volvemos al mundo de donde salimos, aún acabando de escuchar a Jesús hablándonos desde el púlpito por medio de sus mensajeros!
“Y volvieron los discípulos a los suyos” (Juan 20:10).
Sí, aquellos discípulos habían vuelto al mundo. Habían echado a un lado el Evangelio que les había predicado Jesús. Habían desechado sus enseñanzas.
Aquellos a quienes buscó en aquella misma orilla y de pescadores comunes convirtió en pescadores de hombres, una vez que no lo vieron más físicamente, “volvieron... a los suyos”. Regresaron al mundo.
La misma situación que vivimos diariamente en nuestro mundo de hoy. Predicamos la Palabra. Escuchamos la Palabra. Pero no vemos a Jesús. Creemos entonces que podemos hacer las cosas con nuestras propias fuerzas, con nuestros propios conocimientos.
Regresaremos a nuestro hogar y al mundo como estos pescadores. Con las manos y la mente vacías. Con otro día y mucho más perdido.
No importa que le hayamos conocido y nos hubiese hablado alguna vez. No importa que fuésemos sus discípulos en algún momento.
Olvidamos con suma facilidad, y el mundo, con sus necedades y pecados, nos absorbe, nos nubla la mente y hasta domina nuestro espíritu.
Fíjese que es Simón Pedro el que dice “voy a pescar”.
No se acuerda que Jesús les había dicho: “Venid en pos de mi, y haré que seaís pescadores de hombres” (Marcos 1:17).
Igual los otros discípulos, que también habían sido escogidos por Jesús: Tomás, el mismo que anteriormente, en la segunda aparición de Jesús resucitado, tuvo que introducir su dedo en las heridas del Maestro para creer en su resurrección Natanael, Jacobo, Juan, y otros dos.
Como muchos de nosotros, al envolvernos en alguna empresa o cuando enfrentamos alguna situación difícil, estos pescadores se lanzaron al mar sin el alimento que representa el pan de vida que Jesucristo da. Sin poner en sus manos la empresa en que se embarcarían. De ahí la pregunta del hombre que ellos no pueden reconocer a la distancia, que no es otro que Jesús:
“Hijitos, ¿tenéis algo que comer?”. La respuesta fue muy obvia: “No”.
Nunca haga nada, no importa lo importante o insignificante que le parezca, sin antes ponerlo en las manos de Dios y su hijo Jesucristo. Permítale a El impartir su bendición al asunto o situación de que se trate. Le aseguro que saldrá victorioso, como ocurrió con aquellos pescadores y discípulos suyos.
Lo que dijo a los pescadores, nos dice a usted y a mi:
“Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis” (Juan 21:6).
Jesús es el que está sentado a la diestra (derecha) del Padre. Allí está intercediendo por todos los que le reconocemos como Señor y Salvador.
“Y todo lo que pidieréis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Juan 14:13).
Una vez que creyendo envolvemos a Jesús en el asunto, los resultados son diferentes. La victoria no se hace esperar.
“Entonces la echaron (la red) y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces”. Una victoria rápida y contundente.
No siempre será rápida, porque el Señor conoce cuando es el tiempo para darnos la respuesta a nuestra petición, pero siempre será contundente.
Juan, el discípulo que Jesús amaba y quien hace la narración, reconoce que nuestro Señor era quien había realizado el milagro.
El también nos da la pista de que ellos se habían lanzado a pescar sin estar preparados.
“Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar”. Estaba desnudo, queriendo decir con esto que se había quitado la armadura, la protección, de que el Señor nos provee para su caminar por el mundo.
Se había despojado de la ropa, una forma de decirnos que siempre andemos ceñidos con el ropaje blanco y sin mancha que Jesús nos provee para dar testimonio de que le hemos reconocido como Señor y Salvador de nuestras vidas.
Jesús tiene todo preparado. El con su llama enciende el carbón. Toca a nosotros, sus discípulos, tirar las redes en su nombre y traer los peces. La red nunca se romperá si está por El bendecida. El se ocupará de poner los peces en el fuego y decir: “Venid, comed”. Y repartirá el pan a todos.
Pero a los líderes y pastores dirá como a Pedro: (Juan 21:15-17)
V. 17 – Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Si Señor tu sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos.
V.18 - Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor tu sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas.
V.19 – Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció que le dijese por tercera vez ¿Me amas? Y le respondió: Señor, tu lo sabes todo tu sabes que te amo, Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas”.
CONCLUSION
¿Sabe lo que esto quiere decir?
Jesucristo está pendiente de lo que hacemos. Nos dice que no basta que nos alimentemos personalmente con el conocimiento de su Palabra. Quiere que compartamos el Pan, tal como lo hizo El mientras anduvo con sus Discípulos,
El quiere que demos el alimento a los corderos, que son los discípulos más jóvenes. El quiere que pastoreemos de verdad, atendiendo las necesidades de la congregación y que, dejando a buen resguardo el resto, busquemos las ovejas perdidas, heridas y descarriadas, echándolas sobre nuestro hombro y, trayéndolas al redil, hacer fiesta por su rescate. El quiere que apacentemos a las ovejas, dándoles el alimento que representa el pan del Evangelio de Jesucristo.
Recordemos: El proveerá el alimento.
INTRODUCCION
Aquellos pescadores regresaban de una noche completa en el mar. La palabra nos dice que venían con las manos vacías. Ni siquiera un pescado había en sus redes.
Mientras se acercaban a la orilla, divisaron a aquel hombre, que los llamaba. Cuando estaban a punto de abandonar el bote, el hombre les pregunta si tenían algo para comer. En otras palabras, si habían pescado algo. La respuesta, obviamente, fue negativa. No habían logrado pescar nada.
¿Qué mensaje está contenido en estos pasajes?
¿Qué nos quiere decir Dios, por medio del San Juan, al narrarnos este episodio?
¿Por qué estos experimentados pescadores no lograron una buena pesca?
LA FE MENGUADA
Una vez que Jesucristo fue sacrificado en la cruz y su sangre derramada por la salvación de los pecadores de Israel, sus discípulos se dispersaron. Algunos, como Pedro, hasta le negaron. De hecho, volvieron al mundo de donde El les había sacado.
Sucede que al tercer día de la crucifixión, María Magdalena fue muy de mañana al sepucro donde había sido depositado el cuerpo del Maestro lo encuentra vacío y se lo hace saber a los discípulos. Estos llegan corriendo, se percatan de que el cuerpo de Jesús no está, pero para nada se acuerdan que les había dicho que resucitaría al tercer día.
¡Qué corta memoria la de nosotros los mortales!
¡Cuán facil es olvidar las Palabras del Señor!
¡Con cuanta facilidad volvemos al mundo de donde salimos, aún acabando de escuchar a Jesús hablándonos desde el púlpito por medio de sus mensajeros!
“Y volvieron los discípulos a los suyos” (Juan 20:10).
Sí, aquellos discípulos habían vuelto al mundo. Habían echado a un lado el Evangelio que les había predicado Jesús. Habían desechado sus enseñanzas.
Aquellos a quienes buscó en aquella misma orilla y de pescadores comunes convirtió en pescadores de hombres, una vez que no lo vieron más físicamente, “volvieron... a los suyos”. Regresaron al mundo.
La misma situación que vivimos diariamente en nuestro mundo de hoy. Predicamos la Palabra. Escuchamos la Palabra. Pero no vemos a Jesús. Creemos entonces que podemos hacer las cosas con nuestras propias fuerzas, con nuestros propios conocimientos.
Regresaremos a nuestro hogar y al mundo como estos pescadores. Con las manos y la mente vacías. Con otro día y mucho más perdido.
No importa que le hayamos conocido y nos hubiese hablado alguna vez. No importa que fuésemos sus discípulos en algún momento.
Olvidamos con suma facilidad, y el mundo, con sus necedades y pecados, nos absorbe, nos nubla la mente y hasta domina nuestro espíritu.
Fíjese que es Simón Pedro el que dice “voy a pescar”.
No se acuerda que Jesús les había dicho: “Venid en pos de mi, y haré que seaís pescadores de hombres” (Marcos 1:17).
Igual los otros discípulos, que también habían sido escogidos por Jesús: Tomás, el mismo que anteriormente, en la segunda aparición de Jesús resucitado, tuvo que introducir su dedo en las heridas del Maestro para creer en su resurrección Natanael, Jacobo, Juan, y otros dos.
Como muchos de nosotros, al envolvernos en alguna empresa o cuando enfrentamos alguna situación difícil, estos pescadores se lanzaron al mar sin el alimento que representa el pan de vida que Jesucristo da. Sin poner en sus manos la empresa en que se embarcarían. De ahí la pregunta del hombre que ellos no pueden reconocer a la distancia, que no es otro que Jesús:
“Hijitos, ¿tenéis algo que comer?”. La respuesta fue muy obvia: “No”.
Nunca haga nada, no importa lo importante o insignificante que le parezca, sin antes ponerlo en las manos de Dios y su hijo Jesucristo. Permítale a El impartir su bendición al asunto o situación de que se trate. Le aseguro que saldrá victorioso, como ocurrió con aquellos pescadores y discípulos suyos.
Lo que dijo a los pescadores, nos dice a usted y a mi:
“Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis” (Juan 21:6).
Jesús es el que está sentado a la diestra (derecha) del Padre. Allí está intercediendo por todos los que le reconocemos como Señor y Salvador.
“Y todo lo que pidieréis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Juan 14:13).
Una vez que creyendo envolvemos a Jesús en el asunto, los resultados son diferentes. La victoria no se hace esperar.
“Entonces la echaron (la red) y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces”. Una victoria rápida y contundente.
No siempre será rápida, porque el Señor conoce cuando es el tiempo para darnos la respuesta a nuestra petición, pero siempre será contundente.
Juan, el discípulo que Jesús amaba y quien hace la narración, reconoce que nuestro Señor era quien había realizado el milagro.
El también nos da la pista de que ellos se habían lanzado a pescar sin estar preparados.
“Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar”. Estaba desnudo, queriendo decir con esto que se había quitado la armadura, la protección, de que el Señor nos provee para su caminar por el mundo.
Se había despojado de la ropa, una forma de decirnos que siempre andemos ceñidos con el ropaje blanco y sin mancha que Jesús nos provee para dar testimonio de que le hemos reconocido como Señor y Salvador de nuestras vidas.
Jesús tiene todo preparado. El con su llama enciende el carbón. Toca a nosotros, sus discípulos, tirar las redes en su nombre y traer los peces. La red nunca se romperá si está por El bendecida. El se ocupará de poner los peces en el fuego y decir: “Venid, comed”. Y repartirá el pan a todos.
Pero a los líderes y pastores dirá como a Pedro: (Juan 21:15-17)
V. 17 – Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos? Le respondió: Si Señor tu sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos.
V.18 - Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor tu sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas.
V.19 – Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció que le dijese por tercera vez ¿Me amas? Y le respondió: Señor, tu lo sabes todo tu sabes que te amo, Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas”.
CONCLUSION
¿Sabe lo que esto quiere decir?
Jesucristo está pendiente de lo que hacemos. Nos dice que no basta que nos alimentemos personalmente con el conocimiento de su Palabra. Quiere que compartamos el Pan, tal como lo hizo El mientras anduvo con sus Discípulos,
El quiere que demos el alimento a los corderos, que son los discípulos más jóvenes. El quiere que pastoreemos de verdad, atendiendo las necesidades de la congregación y que, dejando a buen resguardo el resto, busquemos las ovejas perdidas, heridas y descarriadas, echándolas sobre nuestro hombro y, trayéndolas al redil, hacer fiesta por su rescate. El quiere que apacentemos a las ovejas, dándoles el alimento que representa el pan del Evangelio de Jesucristo.
Recordemos: El proveerá el alimento.
