Isaías 49:8-15
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Debido al sistema patriarcal dentro del cual fue escrita la Biblia, Dios siempre fue visto como un varón. Como un padre para con sus hijos. Creo que esto influyó para distorsionar, de alguna manera nuestra visión de Dios. Porque un Padre es amoroso, pero fundamentalmente su rol de carácter severo, es el de hacer cumplir la ley. Poner límites, diríamos hoy. En cambio a la mujer, a la madre se la ve como aquella que frente a cualquier infracción que comete su hijo, igual lo sigue amando. Los argentinos diríamos: “Como la vieja no hay”. Quizás por ello, muchos creyentes buscaron este carácter en la virgen María. Sin embargo, por ejemplo, la parábola del hijo pródigo nos muestra un padre que lleva a cabo esta función maternal. Y en el pasaje que hoy nos ocupa descubrimos que el profeta compara a Dios con una madre. Madres de Plaza de Mayo, podríamos decir hoy, que buscan a sus hijos. Madres que no olvidan. Y en el ver. 16 dice: “He aquí en las palmas de mi mano te tengo esculpida”. ¿Acaso a veces para no olvidarnos de algo no lo anotamos en la palma de nuestra mano? El amor maternal de Dios es un amor que no olvida. Quien, como las Madres de la Plaza no descansará hasta que sus hijos vuelvan a Él. ¿Qué estás esperando para responder al llamado de ese “Amor que excede a Todos”?
