Hacer liturgia inclusiva
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I. Introducción
La actitud inclusiva de Jesús de Nazareth para con las
mujeres y otros grupos discriminados en la sociedad judía,
resultaba escandalosa para sus contemporáneos. Esta actitud
se traducía en acciones concretas hacia estos grupos: hablar
con ellos/as, comer juntos, visitarles, escucharles,
bendecirles, sanarles, instruirles, y en especial validarles
afirmándolos/as en su identidad como personas.
Asumir una actitud implica asumir una postura frente a algún
aspecto de la realidad, que conlleva una disposición del
ánimo con manifestaciones exteriores en el lenguaje, en los
gestos y la conducta. Tanto la inclusividad como la
exclusión frente a algún grupo humano son actitudes que
conllevan manifestaciones a nivel simbólico, a nivel de
pensamientos (lenguaje y discurso), a nivel emocional
(sentimientos) y a nivel de acciones (comportamiento o
conducta). Todas las actitudes son aprendidas ya sea por
aprendizaje social, por identificación con otras personas, o
por instrucción directa adoptando roles sociales. (Johnson,
1993). La modificación de una actitud consiste en la
inversión de esta cuando es negativa o en la intensificación
de la misma cuando es positiva. En este caso la evidencia
evangélica nos muestra que la actitud excluyente es negativa
y ajena a los principios fundamentales del reino de Dios y
de la espiritualidad cristiana, basada en Jesús y su
mensaje.
Las primeras comunidades cristianas trataron de dar
seguimiento a la actitud inclusiva de Jesús. Pero en el
transcurso de la historia, la actitud inclusiva fue
olvidándose en el desarrollo de los ministerios eclesiales,
entre ellos el litúrgico.
En este artículo nos planteamos la siguiente interrogante:
¿Cómo recuperar la conducta inclusiva de Jesús en la iglesia
y en especial en la liturgia? En la búsqueda de respuestas,
revisamos la actitud y comportamiento de Jesús hacia las
mujeres y otros/as marginados/as en la sociedad judía.
También valoramos el seguimiento de la actitud y
comportamiento de Jesús en las primeras comunidades
cristianas así como el papel de la mujer en el campo
litúrgico.
Además es de importancia el comprender las influencias
culturales patriarcales judías y grecorromanas que tuvieron
un papel decisivo en la discontinuidad con la conducta de
Jesús, en el desarrollo posterior a la iglesia primitiva que
tuvo el cristianismo. En ese sentido revisamos las actitudes
de exclusión en los "padres" de la iglesia, y la luz de
inclusión que arrojó el movimiento valdense. También es
importante la revisión del concepto del sacerdocio universal
de los y las creyentes que el protestantismo aporta y que se
torna fundamento teológico para el desarrollo de una actitud
inclusiva.
Finalmente nos proponemos caracterizar aquellas liturgias
inclusivas que se han desarrollado a partir de la apertura
del Vaticano II y las luchas feministas, revisando de esta
forma esas características en la liturgia latinoamericana y
caribeña.
Esperamos que esta reflexión sea un aporte para revisar cuan
inclusivas o excluyentes son nuestras liturgias e iniciar el
proceso de invertir las actitudes negativas e intensificar
aquellas actitudes positivas que permiten que el género
humano se encuentre en un ambiente de respeto, de igualdad y
de tolerancia a las diferencias, para celebrar a un Dios que
nos crea diferentes y nos ama y respeta por esas
diferencias.
II. Inclusión y exclusión en la liturgia cristiana, perspectiva histórica
La inclusión y la exclusión son dos actitudes contrapuestas
que se instauran y concretan en el ser humano a través de
los símbolos, el pensamiento, los sentimientos y las
conductas o acciones específicas. A lo largo del desarrollo
de la liturgia cristiana ambas actitudes han estado
presentes configurando estilos diametralmente diferentes de
hacer liturgia y de ser iglesia.
A continuación se presenta una perspectiva histórica de este
desarrollo, con el fin de señalar aquellos momentos de la
liturgia cristiana, desde sus inicios hasta nuestros días,
en la que se manifiestan actitudes y comportamientos
inclusivos o excluyentes.
A. Cristianismo y herencia patriarcal
En la cultura occidental el pensamiento filosófico griego,
es fundamento del concepto de ser humano y de la forma en
como se relacionan los géneros en la cotidianidad.
Aristóteles legó a la cultura occidental un esquema
mítico-religioso que se asume y repite en casi todas las
culturas patriarcales: el varón como representación de
aspectos positivos de la vida (luz, actividad, inteligencia)
por una parte, y por otra en sentido contrario, la mujer que
encarna los aspectos negativos (pasividad, oscuridad,
sentimiento) en esta polaridad del género humano. (Pikasa
1996, 26).
En este esquema de pensamiento, el varón se concibe como un
elemento superior y positivo para definir el sentido de lo
humano. Por su parte, la mujer representa el polo inferior y
negativo en el pensamiento aristotélico. Como bien señala
Pikasa (1996), "de este modo se legitima en occidente, con
ropaje de ciencia (de filosofía) una visión desigual de los
dos sexos, que legitima el sometimiento de las mujeres al
varón" (26).
Las anteriores concepciones son fundamento para que en la
historia de las religiones la mujer sea ligada con el
ejercicio de roles relacionados con los ritmos de la vida
sobre el mundo, con los sentimientos o con los deseos
inmediatos y su satisfacción. De esta forma y manteniendo la
polaridad en los géneros, se tipificó al varón como un ser
que a diferencia de la mujer, supera con su razonamiento los
deseos inmediatos de la vida. Este esquema de pensamiento
presentó al varón con una supuesta superioridad en relación
con la mujer, no solo religiosa, sino en todos los ámbitos
de la vida. Por otra parte posibilitó que en la sociedad
patriarcal el varón tuviera que reprimir constantemente sus
sentimientos sin la posibilidad de expresarlos, ni ejercer
acciones en relación con los ritmos de la vida, el cuidado
de la intimidad, del hogar, de los/as hijos/as cuando los
hubiera. Todo lo anterior considerado señales de "debilidad"
en este esquema. Estas características y responsabilidades
eran atribuidas al género femenino.
En un análisis sobre las concepciones de hombre y mujer en
las diferentes religiones, Xabier Pikasa concluye que las
religiones llamadas históricas son patriarcales: (el
judaísmo, islamismo y cristianismo).
Para defender mejor su trascendencia y personalidad, ellas
han reprimido el aspecto que pudiera parecer materno y
femenino dentro de la manifestación de Dios. De esa forma
han proyectado sobre el Dios trascendente… rasgos
típicamente masculinos." (Pikasa 1996, 26).
Es probable que una definición del cristianismo como
religión patriarcal, tenga que ver con los elementos que al
respecto el cristianismo heredó de la cultura judía por una
parte, y de la cultura grecorromana, por otra.
Con relación a la cultura judía, su idiosincrasia ha sido
catalogada como patriarcal y "obsesivamente masculina."
(Eichrod 1975, 209). Una de sus principales instituciones
religiosas después del templo es la sinagoga. El término
"sinagoga" proviene de una raíz griega que significa "estar
juntos". "Sinagoga" designó primero a la comunidad reunida,
antes que al lugar físico de esas reuniones…" (Avril y
De La Maisnneuve 1996, 14). Esta institución tiene sus
raíces en el destierro en Babilonia, durante el cual se
extendió la costumbre de reunirse para leer la Torá y
celebrar la fe. Después del año 70 AC, la sinagoga se
constituyó en lugar de oración y a menudo también de
estudio- la institución central de la vida judía… Como
ocurría en el templo, en donde estaba el "patio de las
mujeres", también en las sinagogas las mujeres seguían el
oficio desde una tribuna especial. En la actualidad, solo
los ortodoxos mantienen esta separación de sexos en la
oración." (Avril y De La Maisnneuve 1996, 14). (El subrayado
es nuestro).
B. Práctica litúrgica y patriarcalismo en la cultura judía
En la religión judía se denota un "antropomorfismo
masculino" que se refleja en los atributos utilizados con
frecuencia para designar a Dios. Por otra parte, en el
testimonio bíblico, reyes, profetas, sacerdotes, jueces y
sabios son generalmente varones. Alcalá (1980), refiere que
"las excepciones femeninas fueron muy contadas y nunca se
dieron… en el ámbito estrictamente litúrgico." (129).
Alcalá (l980) señala que una de las oraciones atribuidas al
Rabbi Jehuda, casi contemporáneo de Jesús, dice lo siguiente
dirigiéndose a sus discípulos: "Diariamente hay que dar
gracias a Dios por tres cosas: ¡Bendito sea Dios que no me
ha hecho "Goi" (no israelita)!, ¡Bendito sea Dios que no me
ha hecho mujer!, ¡Bendito sea Dios, que no me ha hecho
necio!" (Alcalá 1980, 130).
C. La conducta inclusiva de Jesús de Nazareth
Es en la cultura judía con estas características polarizadas
negativamente hacia la mujer en la que nace el cristianismo.
"Su fundador, Jesús de Nazareth, es un varón judío educado
en una tradición concreta, con una mentalidad muy peculiar
acerca de la mujer." (Alcalá 1980, 127). Sin embargo, la
actitud pública de Jesús hacia las mujeres como sujetas
marginadas en la sociedad judía es llamativa en ese
contexto. Jesús incorporó mujeres en su comunidad, las
instruyó como discípulas suyas y actuó para reintegrarles la
categoría de personas plenas ante Dios. Estas
características de Jesús que revelan una mentalidad abierta
e inclusiva, no solo se da en favor de las mujeres, sino de
otros/as marginados/as por la sociedad como por ejemplo,
personas enfermas, personas consideradas pecadores/as,
humildes, pobres, niños y niñas, entre otros. La relación de
Jesús con estos grupos de personas discriminadas tenia como
objetivo la validación personal y social de los mismos.
En su trato con la mujer y el mundo que la rodea, la forma
de proceder de Jesús, su actitud y su obrar dentro de esa
rígida y patriarcal sociedad judía constituyeron el primer
paso decisivo para conferir a la mujer la plenitud de su
valía personal y religiosa. Pensamos que es cierta la
afirmación de que con Jesús se inició verdaderamente una
revolución y no solo en favor de los marginados en general,
sino también y de forma muy especial en favor de las
mujeres. (Bautista 1993, 40).
La anterior reflexión invita a considerar la "conducta
llamativa de Jesús", que era particularmente incluyente con
las mujeres pero en igual intensidad practicada por Jesús
con otras personas marginadas en la sociedad judía. Además
de llamativa, la conducta inclusiva de Jesús resulta
escandalosa. Con relación a las mujeres, Jesús… acepta
a las mujeres en paridad con los varones, esto produce
escándalo en la sociedad, escándalo que es subrayado por los
evangelistas, quizá porque, al redactar sus textos, ellos
eran los primeros que tropezaban con esa conducta de Jesús
hacia las mujeres que tan incompresible les resultaba…
(Bautista 1993, 40).
Esta conducta inclusiva de Jesús se manifiesta también a
"aquellos varones que se encontraban en situación de
marginación y eran considerados como pecadores públicos por
la sociedad judía; de ahí que Jesús sea llamado "amigo de
publicanos y pecadores" (Lc. 7, 34) y que él mismo diga a
los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "en verdad
os digo, los publicanos y las rameras llegan antes que
vosotros al reino de Dios" (Mt. 21. 31)." (Bautista 1993,
40).
La actitud de Jesús hacia las mujeres da forma a su conducta
inclusiva. Esta actitud es "contra cultura". Difiere
radicalmente de la de su cultura y de la de sus
contemporáneos judíos. Al profundizar en la actitud de Jesús
hacia las mujeres, Bautista (1993), señala que, no
encontramos en labios de Jesús ninguna observación negativa
sobre la naturaleza, condiciones y capacidad religiosa de la
mujer en comparación con el varón, e incluso se puede
afirmar que Jesús llega a ignorar aquellas afirmaciones
bíblicas que son despreciativas para la mujer… Jesús
quiebra tanto las tradiciones bíblicas como las rabínicas
que restringían el papel de la mujer en los actos
religiosos, y rechaza cualquier intento que supusiese una
depreciación de su valía y de sus méritos, así como del
valor de su palabra como testimonio……si bien es
cierto que Jesús no llegó a rechazar expresamente la
estructura familiar judía ni el contexto patriarcal en el
que se insertaba, también es cierto que la superación de
todas las estructuras patriarcales está contenida en su
anuncio del Reino de Dios…(Bautista 1993, 163). (El
subrayado es nuestro).
Ante las evidencias evangélicas sobre la conducta inclusiva
de Jesús de Nazareth, como muestra de los valores del Reino
de Dios que proclamó, surgen las siguientes interrogantes:
¿Por qué el cristianismo en su desarrollo histórico
posterior perdió la inclusividad hacia las mujeres,
adoptando pensamientos y conductas excluyentes, lo cual lo
aparta diametralmente de los principios y conducta de
Jesús?. Si Jesús enseñó una actitud totalmente inclusiva
hacia las mujeres y otros sectores marginados, ¿por qué el
cristianismo discontinuó el ejemplo de Jesús, que aunque era
considerado escandaloso por sus contemporáneos judíos,
muestra la imagen de un Dios inclusivo?
D. Inclusividad en las primeras comunidades cristianas
En los comienzos del cristianismo, las primeras comunidades
cristianas dan seguimiento fiel a la actitud y conducta
inclusiva de Jesús. Con relación a la mujer y la liturgia,
Berger (1995) menciona que "…en los comienzos del
cristianismo, la liturgia estaba marcada más intensamente
por las mujeres que luego, durante el ulterior desarrollo
histórico." (169).
Las primeras comunidades cristianas eran espacios de
participación tanto para los hombres como para las mujeres.
Los y las que participaban tenían nuevos propósitos.
Iniciaban una nueva forma de vivir, con nuevas actitudes y
con una nueva imagen, También contaban con la posibilidad de
participar activamente en una comunidad que se dedicaba
especialmente a los/las oprimidos/as y marginados/as.
(Bautista 1993, 164). Dentro de los y las que se
incorporaban al cristianismo, había un gran número de
mujeres, especialmente en las ciudades. Ponían a disposición
de la iglesia sus casas para reunirse, "…como lugares
para el culto divino y había mujeres que "presidían" los
actos del culto (…véase Ro. 16, 2) en esas comunidades
domésticas que se reunían en lugares privados." (Berger
1995, 169).
Sobre la participación de las mujeres en la iglesia
primitiva, Bautista (1993), concluye que existe una
presencia y un papel activo y reconocido de las mujeres en
la vida de las comunidades, bajo diferentes formas y a
distintos niveles. En los primeros tiempos de la iglesia, es
de destacar, sobre todo, el status y los roles que ejercen
las mujeres en las llamadas "iglesias domésticas", surgidas
tanto en la comunidad de Palestina, como en las comunidades
de Asia Menor y de Grecia. (Bautista 1993, 168).
No es de extrañar que en las primeras comunidades cristianas
las mujeres tuvieran un rol protagónico en la conformación y
conducción de la misma. En estas primeras comunidades no
existía el oficio de liturgo/a en el sentido sacerdotal. La
comunidad era considerada litúrgica. Hechos 13. 2 muestra
una comunidad haciendo liturgia.
Sin embargo, con el transcurso del tiempo, la iglesia depuso
esta actitud y la participación de las mujeres en los
diversos ministerios y en especial el litúrgico, fue cada
vez más restringida. Bautista (1993) lo expresa así:
Del análisis realizado sobre los diferentes roles o
funciones eclesiales desempeñados por la mujer en los
primeros siglos del cristianismo, se puede deducir que sólo
las mujeres profetas gozaron de un status de igualdad en la
iglesia; el resto de los roles o funciones ejercidos por la
mujer, y a pesar de haber llegado a alcanzar un cierto grado
de institucionalización, no disfrutaron de un status de
igualdad real… las funciones desempeñadas por la mujer
suelen ceñirse, en definitiva y sobre todo, al ejercicio de
la caridad y buenas obras; incluso cuando bautizan o
enseñan, su área de actuación suele estar restringida a la
de la mujer o, todo lo más, a la de los niños. (Bautista
1993, 168).
El desarrollo histórico del cristianismo muestra que la
participación de la mujer en determinados ministerios
eclesiales evolucionó desde una fase de libertad y
pluralidad de ministerios (en fiel seguimiento a la actitud
y conducta inclusiva de Jesús), a una serie de restricciones
y reglamentaciones rígidas. Bautista (1993) señala que la
organización de las iglesias domésticas, en la que
participan tanto varones como mujeres, permite inferir que
las mujeres en un principio no se limitaron a poner sus
casas al servicio de la iglesia, sino que "…ejercían
una verdadera función como guías espirituales rezando,
predicando, profetizando y realizando funciones litúrgicas."
(Bautista 1993, 153).
D. Cambio de actitud, de la inclusividad a lo excluyente:
influencia cultural grecorromana
Las normas que surgen en los primeros siglos del
cristianismo muestran un cambio de actitud que va de la
inclusión a la exclusión. Es notorio que en el siglo II
D.C., las estructuras de las comunidades eclesiales
cristianas sufrieron una importante modificación. Del
compartir responsabilidades (entre ellas la litúrgica), que
era una práctica fundamentada en los dones espirituales y
los carismas, se pasa al ejercicio de la autoridad por parte
de ministros locales. (Bautista 1993, 153). Esto hace que
poco a poco el rol del varón como superior se imponga
sometiendo a las mujeres a una serie de restricciones para
el ejercicio de los ministerios, en especial el litúrgico
que en adelante adquirirá características sacerdotales.
Ricardo Pietrantonio señala que en las primeras comunidades
cristianas no existían los oficios de liturgo/a o sacerdote.
Toda la comunidad era litúrgica y sacerdotal. El autor
también destaca la relación que históricamente surgiría
entre estos dos oficios, cuando señala que existen muchos
oficios en el Nuevo Testamento, muchas formas de llevar a
cabo el ministerio. Según el libro hay diferentes oficios.
Pero hay dos que no aparecen y que curiosamente en la
historia, después, están interrelacionados: sacerdote y
liturgo. (El subrayado es nuestro). (Pietrantonio, 1987, 1).
La oficialización del cristianismo por parte del estado
romano en el Siglo IV, es un factor de suma importancia a
considerar en cuanto a la modificación de la actitud
inclusiva que mostraba el cristianismo en los primeros
siglos.
Durante los primeros tiempos del cristianismo, se vive una
"comunidad de iguales." Esto actúa como elemento
confrontador del orden social establecido. Una de las
grandes consecuencias de la oficialización del cristianismo
por parte del estado romano, es que la iglesia pasa a ser
mantenedora de ese orden social que antes confrontaba.
"En la medida que el cristianismo se va institucionalizando,
se da una mayor importancia a la ortodoxia, y va a ir
incorporando y asumiendo la ética social vigente; va también
dejando de ser un movimiento que se enfrenta y critica el
orden social para convertirse en una institución religiosa
cada vez más legitimadora de éste. Esta función de la
Iglesia se ve facilitada por la incorporación no sólo de los
esquemas mentales y culturales presentes en la sociedad
judía y romana, sino también por la incorporación de los
modelos institucionales que la sociedad romana ofrecía a la
Iglesia. …con estos modelos se incorporaban también
las estructuras patriarcales que contenían y que eran
portadoras de elementos discriminadores no sólo para la
mujer, sino también para otros miembros de la comunidad".
(Bautista 1993, 169). (El subrayado es nuestro).
La incorporación de modelos culturales e institucionales de
la cultura grecorromana va en detrimento de la vivencia de
una comunidad de iguales.. Las mujeres perdieron el lugar de
igualdad que tenían en las primeras comunidades cristianas.
(Bautista 1993, 169).
A continuación se presentan algunos rasgos de la influencia
que recibió el cristianismo en su conformación y desarrollo,
por parte de la cultura grecorromana. En la historia de los
primeros siglos del cristianismo se constata una fuerte
tensión por el dilema entre conservar las formas judías
(Véase Hec. 10. 44-48, 11. 1-18, 15. 1-35, Gál. 2. 11-14) o
incorporarse al mundo grecorromano "rico en diversas
corrientes filosóficas y religiosas" (Bautista 1993, 138).
El cristianismo optó por incorporarse al mundo grecorromano
en el que se desenvolvía.
"De esta forma, las influencias se hicieron recíprocas: el
imperio romano proporcionó al cristianismo modelos
institucionales, diferentes modos de pensar y, también,
numerosos prejuicios. Era pues inevitable que la cultura
grecorromana marcase al cristianismo en temas como la
sexualidad, el matrimonio y la familia. La cultura del mundo
grecorromano estaba considerada como la cultura por
excelencia, y su encuentro con la cultura judeocristiana se
tradujo en una absolutización de esquemas culturales que
giraban en torno a la naturaleza humana y el orden natural
de las cosas queridas por Dios". (Bautista 1993, 138). (El
subrayado es nuestro).
En la absolutización de esquemas a las que hace referencia
Bautista (1993), la cultura grecorromana logra imponer en el
cristianismo las concepciones de ser humano basadas en la
polaridad anteriormente señalada que concibe al varón como
un ser superior a la mujer.
También se heredan otras polaridades. Fundamentadas en las
ideas filosóficas de Platón (ideas que son corriente de
fondo para las diversas escuelas filosóficas) se asume en el
cristianismo una concepción dualista del ser humano en la
que el alma se opone al cuerpo. En esta concepción clásica
de la filosofía griega, el cuerpo es la cárcel del alma.
Esto llevará al desprecio de todo lo que sea corporal o esté
en relación con la sexualidad, a una moral de evasión de lo
terrenal y a una espiritualización de la vivencia humana.
Además llevará a que se identifique a la mujer con estos
aspectos "repudiables" desde este esquema, de la
corporalidad y de la sexualidad. "Este dualismo no se
correspondía con la tradición bíblica, más unitaria y
totalizante, lo que no ha impedido que el cristianismo haya
sido, en determinados momentos, transmisor de una moral de
evasión y de un espiritualismo desencarnado. (Bautista 1993,
139).
E. Exclusión en los "padres" de la iglesia
Con la herencia excluyente de la cultura patriarcal judía,
(pese al modelo de Jesús), y con los esquemas de pensamiento
heredados de la incorporación al mundo intelectual y a la
institucionalización de la cultura grecorromana, los
llamados "padres" de la iglesia continuaron con una conducta
de exclusión hacia la mujer. Se le restringe la
participación protagónica en algunos ministerios de la
iglesia, en especial el ministerio litúrgico.
Los "Padres" de la iglesia consideraron al varón como
paradigma del ser humano. La virilidad se constituyó en
símbolo de lo divino. Lo femenino fue visto como símbolo de
lo terreno, corpóreo, carnal. (Bautista, 1993).
"A pesar de que sus creencias cristianas les obligan a
reconocer el hecho de que todos los bautizados son iguales,
en sus planteamientos filosóficos y teológicos suele
presuponerse la inferioridad natural de la mujer; su forma
de resolver el dilema entre este presupuesto y la doctrina
evangélica de la igualdad entre los sexos suele consistir en
presentar a la mujer cristiana en un proceso de "progreso"
hacia el "varón perfecto", que es la madurez de la plenitud
de Cristo (Ef. 4.13). (Bautista 1993, 153).
De esta forma, se hicieron constructos teológicos que
justificaban y reforzaban la conducta de exclusión hacia la
mujer en el ministerio litúrgico de la iglesia. El espacio
litúrgico fue exclusivo de los varones para ello
consagrados. A medida que se desarrolla la Edad Media, esta
exclusión hacia la mujer queda institucionalizada.
"Durante la Edad Media las mujeres quedaron prácticamente
excluidas de un espacio litúrgico, el recinto del
altar… el Pontificale Romanum (1596) señala… La
regla de que las mujeres no entren en el presbiterio no se
aplicará en el caso de la consagración de una abadesa, de la
consagración de una reina, de la consagración de vírgenes y
de la coronación de una reina. Durante la Edad Media las
mujeres de las comunidades monásticas podían ser sacristanas
y repicaban las campanas, encendían velas, limpiaban
corporales y preparaban hostias". (Berger 1995,171).
Como se denota, las excepciones para que las mujeres
ocuparan el espacio del presbiterio se daban cuando se
trataba de una abadesa, una reina o la consagración de la
virginidad. Esto último es importante por las connotaciones
ideológicas que tiene. Hubo durante este período una
exaltación de la virginidad como virtud intrínseca de la
mujer. Desde esta ideología patriarcal, instituciones como
el matrimonio, la castidad y la sexualidad con fines de
procreación se ven altamente valorados como exigencia de la
virtud femenina. En cuanto a los espacios y funciones
litúrgicas, tal como señala Berger (1995), las mujeres
podían ser sacristanas, repicar campanas, encender velas,
limpiar corporales y preparar hostias. Es necesario tomar en
cuenta que se trata de mujeres de comunidades monásticas.
Esto nos hace suponer que para las mujeres que no estaban en
dichas comunidades, la exclusión del campo litúrgico era
mayor. En última instancia, las acciones litúrgicas
permitidas a la mujer durante este período son aquellas que
implican la preparación del espacio litúrgico, y en ningún
momento conllevan a protagonismo en la dirección y contenido
propias de la liturgia, espacios reservados para los varones
consagrados para ello.
Reily (1996), en un interesante capítulo de su obra titulado
La mujer medieval y la expansión del cristianismo, presenta
desde una perspectiva histórica varios ministerios
desarrollados por mujeres durante el período medieval. En la
mayoría de las ocasiones fueron realizados en forma
clandestina, sin el reconocimiento oficial de la iglesia. De
esta forma, Reily se refiere a la predicación femenina
dentro de los monasterios desde los púlpitos, la confesión
tomada por abadesas en España, la bendición que estas daba a
sus monjas. Señala que "tales prácticas fueron descubiertas
y rechazadas por el joven Papa Inocencio III cuando asumió
el papado en 1198" (Reily 1996, 126). Otras prohibiciones
durante este período fueron: que las mujeres no asistieran a
la liturgia de la iglesia cuando estaban menstruando,
aplazar el bautismo de las mujeres hasta que pasara el
período menstrual, no recibir la comunión en los días de la
menstruación, y la prohibición de ir a la iglesia y de
recibir la comunión después del parto. (Berger 1995, 170).
F. Una luz de inclusión, el movimiento Valdense
Cerca del año 1174, Pedro Valdo, fundador del movimiento
valdense, inició su predicación evangélica y su movimiento
religioso atrajo a muchos varones y mujeres. Valdo aceptó la
predicación de las mujeres, fundamentado en Tito 2. 3-4 y en
el texto sobre la profetiza Ana (Lucas 2. 36-38). En el
movimiento valdense hubo una clara participación femenina en
los ministerios litúrgicos de la palabra y la administración
de los sacramentos. (Reily 1996). "En todos los niveles, las
mujeres valdenses ejercieron los ministerios al lado de los
hombres. Es probable que no existiera una iglesia tan
abierta a los ministerios femeninos desde la era apostólica"
(Reily 1996, 127). La inquisición y persecución a la que
fueron sometidos los valdenses, hizo que en muchas ocasiones
esta iglesia quedara relegada al ámbito doméstico. Aún así,
esto no limito la práctica de un comportamiento inclusivo y
una mentalidad totalmente abierta hacia el ministerio
litúrgico de la mujer, por parte de los Valdenses.
G. El sacerdocio universal de los y las creyentes: punto de
partida para desarrollar una actitud inclusiva en la
liturgia.
La Reforma protestante iniciada por Lutero, Zwinglio,
Calvino y otros no ofrecían en sus inicios muchas
posibilidades de participación para que las mujeres
ejercieran ministerios. Sin embargo, los principios
protestantes de la "sola gracia", "sola fe", "sola
escritura" y el sacerdocio universal de los creyente, en
particular este último, han sido base firme dentro del
protestantismo para el desarrollo ulterior de los
ministerios femeninos. (Reily, 1996). Uno de los primeros
espacios que tuvo la mujer dentro del ministerio en el
protestantismo, fue el compartir las funciones pastorales de
su cónyuge. Para muchas mujeres que sentían la vocación al
pastorado, el estatus de esposa del pastor, se constituye en
la actividad más cercana a la actividad pastoral a la que
podían aspirar, lamentablemente. Este estatus no estaba
oficialmente reconocido como un ministerio, pero si
regulado. Un libro anónimo escrito en 1832 se constituía en
un manual sobre los deberes de la esposa del pastor hacia el
pastor y hacia la parroquia. El libro señala que la esposa
del pastor debía considerarse a si misma como "casada…
con la parroquia de su marido, y con los mejores intereses
del rebaño."
En América Latina, muchas mujeres que son esposas de un
pastor, han tenido que jugar este rol tradicional heredado,
aún cuando no lo desean. La presión que se ejerce sobre la
esposa del pastor y los hijos e hijas de estos, ha sido
causa de daño emocional en muchos casos. Paulatinamente las
mujeres casadas con pastores han ido logrando que se
diferencie su estado civil de sus supuestas
responsabilidades con la parroquia. Por otra parte, en la
actualidad son muchas las iglesias protestantes a nivel
mundial, que admiten la ordenación de mujeres y cuentan con
mujeres en puestos de dirección. Sin embargo, también son
muchos los casos en los que la mujer es excluida del
ministerio litúrgico y de la ordenación y su papel dentro de
la iglesia queda reducido a reproducir los roles que la
sociedad le asigna dentro del hogar. Esto es, el cuido y la
educación de los niños/as, labores de limpieza de las
instalaciones eclesiales, cuido de enfermos/as y labores de
cocina en las actividades especiales de la iglesia. En la
práctica de la iglesias protestantes latinoamericanas se
constata que la ideología excluyente tiene raíces tan
fuertes, que aún cuando se acepte que la mujer tenga un
ministerio propio, o no tenga que asumir el rol tradicional
de esposa de pastor, o bien sea ordenada al ministerio; en
muchas ocasiones son las mismas mujeres de la parroquia las
que no aceptan estas posibilidades en plenitud. Se trata de
una exclusión internalizada. Esto es, la consecuencia
psicológica de autoexclusión y baja estima que se da cuando
una persona o grupo de personas ha sido histórica y
sistemáticamente marginada y discriminada por su clase
social, su etnia, su orientación sexual, su religión, sus
adhesiones políticas, su género, entre otros.
H. Vaticano II y toma de consciencia de las mujeres
A partir de Vaticano II y las luchas del movimiento
feminista, las mujeres constatan entre otras cosas que:
A pesar de ser ellas la mayoría, en la iglesia Católica no
están representadas como mujeres.
El culto se dirige a los hombres. La manera de dirigirse a
los fieles es en lenguaje excluyente, masculino.
Muy pocas historias de mujeres son incluidas en el
leccionario litúrgico.
El lenguaje con el que la iglesia habla de Dios es
masculino. (Berger, 1995).
Las constataciones de exclusión y desigualdad también se
hacen en el ámbito social. En América Latina y el Caribe son
evidentes. Un informe de la UNIFEM titulado ¿Cuánto cuesta
la pobreza de las mujeres en América Latina y el Caribe?,
recoge varias investigaciones sociales en esta región,
realizadas desde una perspectiva de género. (García 1999,
20). Al respecto se señalan algunos ámbitos básicos de
diferencia social entre hombres y mujeres en América Latina
y el Caribe:
La división sexual del trabajo. Por su socialización
genérica a los hombres y a las mujeres se les han asignado
roles tradicionalmente diferentes. A las mujeres se les
asigna todos los roles ligados a la reproducción, al
mantenimiento del hogar y de los recursos humanos que lo
habitan. Lo anterior ha limitado su acceso al trabajo
remunerado. "Las mujeres tienen trabajos más inestables y
mal pagados" (García 1999, 21).
Menor acceso a la educación y a la formación: Los índices
globales en América Latina y el Caribe sobre educación
señalan mayor analfabetismo en las mujeres que en los
hombres. También señalan que son los hombres los que
concluyen la primaria o la secundaria en mayor proporción
que las mujeres, y que un menor número de mujeres realizan
estudios universitarios terminados frente al número de
hombres que si los completa. (García 1999, 23).
Reducida participación en la toma de decisiones en el ámbito
público y en el privado: "Se puede verificar que para la
mayoría de las mujeres en distintos países, el ocupar
puestos públicos relevantes es después de negociar cuotas
"democráticas" con los partidos a los que representan. Esto
quiere decir que todavía no existe equidad en las
estructuras políticas hegemónicas sea cual sea su ideología.
(García 1999, 24).
Limitada autonomía personal de las mujeres: Los estudios
señalan que las mujeres tienen menor movilidad que los
hombres en todos los sentidos. Entre ellos se destaca el
problema de seguridad. "Tanto en el ámbito rural como en las
ciudades sufren un número mayor de violaciones sexuales y
maltrato doméstico." (García 1999, 24).
III. Liturgia latinoamericana y caribeña: ¿Incluyente o excluyente?
¿Cómo se manifiestan estos indicadores sociales en la
práctica pastoral y en especial en la liturgia
latinoamericana y caribeña? La anterior interrogante
requiere de una investigación exhaustiva. Sin embargo, a
continuación se ofrecen algunas ideas al respecto.
A. Indicadores sociales y liturgia
División sexual del trabajo: Una gran mayoría de iglesias
mantienen una división sexual del trabajo pastoral, en donde
la mujer se ve obligada a ejercer en la iglesia los roles
tradicionales ligados a la reproducción (cuido de los/as
niños/as), el mantenimiento del hogar y los recursos humanos
que lo habitan. Estos aspectos han sido señalados en este
estudio.
Menor acceso a educación y formación: Pese a los esfuerzos
de organismos ecuménicos como el Consejo Mundial de Iglesias
y otros, e instituciones de formación teológica, aún se da
un menor acceso por parte de las mujeres a la educación
teológica formal. Un sencillo ejemplo que representa la
realidad de algunas iglesias costarricenses, es que para la
matrícula inicial del curso "El trabajo pastoral, demandas
administrativas", curso de extensión universitaria que
imparte la Universidad Bíblica Latinoamericana, se
presentaron 15 varones y l sola mujer. Sería interesante
hacer un estudio estadístico al respecto que recoja una
muestra mayor que permita más inferencias.
Reducida participación en la toma de decisiones en el ámbito
público y privado:
En este aspecto es importante lo que señala García:
"A partir de 1970, investigadores e investigadoras
feministas empiezan a darse cuenta, desde el área de
planificación para el desarrollo, que muchos de los
programas ejecutados en países en vías de desarrollo (en
América Latina y Centroamérica entre otras regiones) no
alcanzaban el impacto esperado; observan también que muchos
de los programas fracasan porque a la hora de ponerlos en
práctica surgen diversos factores que no se han tenido en
cuenta, y uno de los más importantes es la participación de
las mujeres". (Garcia 1999, 19). (El subrayado es nuestro).
En este aspecto también se requiere una investigación
exhaustiva que permita mayores inferencias al campo
pastoral. No obstante, la práctica litúrgica y pastoral nos
permite presuponer que existe una reducida participación de
las mujeres en la toma de decisiones pastorales. Esta
reducida participación se ve justificada por la exclusión
histórica que hemos mencionado en este estudio. De manera
que si pretendemos caminar hacia el desarrollo de una
actitud inclusiva en nuestras liturgias, una primera acción
específica es tomar en cuenta la participación activa de
aquellos/as sujetos/as discriminados/as.
Limitada autonomía personal de las mujeres: En este
indicador social se plantea una interrogante: ¿cómo afecta
la menor movilidad que tienen las mujeres por problemas de
seguridad e ideología patriarcal, el ejercicio del
ministerio pastoral?
B. Algunas características de una liturgia inclusiva
A pesar de la historia de exclusión hacia la mujer a la que
nos hemos referido y a pesar de que aún hace falta superar
esta actitud y comportamiento en el ámbito social, en el
ámbito eclesial no podemos desconocer los esfuerzos que las
mujeres han realizado a nivel litúrgico y pastoral. Las
mujeres protestantes se ampararon en el principio del
sacerdocio universal de los creyentes. Las mujeres católicas
han tomado los lineamientos del Concilio Vaticano II. Así lo
señala Reily cuando afirma que, "no debemos olvidar el
principio del sacerdocio universal de toda persona que cree
en Cristo… el desarrollo de los ministerios femeninos
(en la Reforma)…representa una apropiación de los
principios inherentes al protestantismo. (Sola gracia, sola
fe, sola escritura, sacerdocio universal)… También es
indudable que la recuperación por la Iglesia Católica
Romana, a partir del Concilio Vaticano II, del sacerdocio
universal de los creyentes, señaló un nuevo día para los
ministerios femeninos, a pesar de que aún no haya alcanzado
toda su plenitud". (Reily 1996, 140).
De esta forma, ha habido una gran producción de liturgias
realizadas por mujeres que tienen las siguientes
características según señala Berger (1995):
1. Las mujeres
son actantes en la liturgia,
2. Introducen una tensión entre
la tradición y la libertad,
3. Se da una intensa
predilección por los símbolos,
4. Las liturgias están
relacionadas con el cuerpo y
5. Se da un profundo
sentimiento de afirmación de la identidad.
A continuación se ofrecen algunas ideas relacionadas con
estas características que coadyuvan al desarrollo de una
actitud y comportamiento inclusivo, que es necesario aplicar
no solo al ámbito litúrgico, sino al ámbito vivencial,
familiar, cotidiano y pastoral del quehacer de la iglesia y
de quienes la conforman.
Las mujeres son actantes en la liturgia. Este aspecto es
vital para el desarrollo de una actitud inclusiva. Los/as
sujetos/as que hasta ahora han sido discriminados/as
requieren protagonismo en la acción pastoral y litúrgica de
la iglesia. Esto es decisivo para afirmar su identidad y
pertenencia social.
Introducen una tensión entre tradición y libertad: Las
mujeres aportan nuevos sentidos a la percepción de la
realidad y nuevos marcos de interpretación de la misma que
posibilitan un espacio de libertad para ambos géneros. Sin
desconocer la tradición, esta es releída desde una nueva
hermenéutica. De esta forma la tradición no se constituye en
la última palabra, sino en palabra susceptible a la crítica
y a la transformación.
Se da una intensa predilección por los símbolos, agua, pan,
aceite, flores, vino, tierra, paños, fuego entre otros. Este
aspecto se considera fundamental en la liturgia
latinoamericana. Por lo general la liturgia clásica
protestante se ha centrado en la palabra. No obstante, hoy
día pareciera que la palabra ya no es el énfasis central de
la liturgia de la mayoría de iglesias evangélicas, sino más
bien la alabanza. La exploración de nuevos lenguajes
alternativos que posibiliten el desarrollo de la capacidad
simbólica del ser humano, es un aporte de las liturgias
realizadas por las mujeres. Según el sistema
psicoterapéutico denominado Terapia Racional Emotiva
Conductual, la conducta del ser humano está precedida por
los sentimientos y estos por los pensamientos. (Beck, 1991).
Esto es, ante un hecho que sucede, se da el pensamiento,
luego el sentimiento y luego la conducta. Para esta terapia
existe una congruencia entre los tres elementos. Justamente
la terapia pretende modificar los pensamientos para
modificar los sentimientos y modificar de este modo los
comportamientos. Un aporte valioso a estas concepciones lo
da la teóloga Sallie McFague, (1994) en su Teología
metafórica. McFague sostiene que "las creencias y las
conductas están más influidas por las imágenes (símbolos y
metáforas) que por los conceptos." (80). De esta forma
propone con profundidad el cambio de metáforas y simbolismos
para referirse a Dios, superando la metáfora de Dios como
padre patriarcal (que se ha instaurado casi como único
modelo posible para concebir a Dios), por nuevas imágenes de
Dios: Madre/Padre Dios tierno/a, misericordioso/a, justo/a,
inclusivo/a. De esta forma, se establece una relación
importante entre lo simbólico y la conducta. Tomando esto en
cuenta, y tomando en cuenta los aportes de la Terapia
Racional Emotiva Conductual, podríamos señalar que entre el
símbolo y la conducta están los pensamientos y los
sentimientos. Es decir, la secuencia sería así: símbolo,
pensamiento, sentimiento, comportamiento.
Lo anterior arroja una luz importante para el campo de la
liturgia, en especial en la búsqueda de una liturgia
inclusiva y en la búsqueda de la recuperación y la
continuidad de la conducta inclusiva de Jesús de Nazareth.
De esta forma, trabajando con símbolos y gestos inclusivos
es posible generar pensamientos, sentimientos y conductas
inclusivas. El proceso no es automático. Requiere la
desestructuración de símbolos y esquemas de pensamientos
basados en la exclusión y el patriarcalismo y sostenidos por
siglos. Requiere la configuración de nuevos símbolos y la
producción de un discurso inclusivo en la liturgia. Este
discurso, en la medida que esté fundamentado en lo simbólico
que se recrea constantemente, no correrá el riesgo tan común
de quedarse solamente en el discurso, sin trascender a los
sentimientos y sin reflejarse en las conductas. De esta
forma, para lograr un cambio de actitud y de comportamiento
que supere la exclusión y tenga como meta el desarrollo de
una actitud inclusiva en fidelidad a Jesús, se hace
necesario trabajar con lo simbólico de manera tal que se
produzca una congruencia con el discurso (pensamiento) y con
lo emotivo (sentimientos). Si se logra esta congruencia en
el espacio litúrgico, se logrará la configuración de una
conducta inclusiva. Se trata de un cambio de esquemas de
expresión simbólica, y de pensamientos. Y se trata también
de una toma de contacto con las emociones, justamente para
no solo simbolizar, no solo racionalizar, sino también
sentir.
Una vez que se logra tomar contacto profundo con los
sentimientos, el ser humano es capaz de modificar su
actitud, por lo tanto su conducta. Es indiscutible que las
mujeres tienen un gran aporte en este campo para la liturgia
por el amplio desarrollo de lo simbólico por un lado y la
naturalidad con la que la mujer toma contacto con sus
sentimientos, por otro.
Liturgias relacionadas con el cuerpo
De todas las expresiones humanas esta es quizás de la que más
se carece en la liturgia protestante tradicional. La
identificación del cuerpo humano como elemento focal en la
relación pecado-culpa, ha causado serias limitaciones al
cristianismo para usar con libertad y naturalidad el cuerpo
en la liturgia. Esta localización también nos ha causado
problemas en la expresión de la sexualidad y el amor,
aspectos en los cuales nuestro compromiso corporal se
potencializa.
Por otro lado, la fe cristiana en su expresión racionalista
hizo a un lado la dimensión corporal. En el esquema dualista
de concepción del ser humano, el ser humano fue tan
espiritualizado que se opuso corporalidad a espiritualidad.
El cuerpo fue considerado malo y sucio, por la tanto la
expresión corporal encontró profundas limitaciones entre
nosotros para darse. Ernesto Barros señala que, "sabemos que
la dimensión racionalista de la teología y de la
espiritualidad, dejó a un lado la comprensión del ser humano
como un todo, como alguien que integra el pensamiento, los
sentimientos la vivencia y la expresión. Mucho más que
cerebro, diríamos que el ser humano es piel y entrañas. Y
esto en el sentido de que cuando algo impacta realmente al
ser humano, esto se manifiesta en escalofrío, en temblores
de piernas, sequedad de garganta, dolor de estómago...".
(Barros, s/f.. 2)
La corporalidad nos apela profundamente a todos/as. La más
evidente modificación en el paso de la niñez a la
adolescencia se da en nuestro esquema corporal.
El esquema corporal es la imagen interna que manejamos de
nuestro propio cuerpo. Esta imagen no es puramente
cognocitiva, o sea basada en el conocimiento objetivo de
nuestra apariencia y funcionamiento físico, sino que está
impregnada de valoraciones subjetivas. Por lo tanto dicho
esquema es una parte importante de la imágen que cada uno
tiene de si mismo, así como un elemento donde se sustenta o
expresa la autoestima. (Krauskopf 1994, 31).
Si la autoestima se sustenta o expresa en una sana
elaboración de nuestro esquema corporal (imagen interna de
nuestro propio cuerpo), nótese la importancia a nivel
psicológico de fortalecer un buen desarrollo de ese esquema
corporal en los niños/as y adolescentes. "El niño basa
fuertemente la valoración de si mismo y de su apariencia
corporal en la visión que de él le trasmitan sus familiares,
en particular sus padres. Se cree así hermoso o defectuoso,
según se lo han hecho sentir." (Krauskopf 1994, 31).
Es de singular importancia en esta reflexión, tomar en
cuenta el hecho de que la mujer ha sido históricamente
desvalorizada en su esquema corporal, asociando el cuerpo
femenino a lo carnal y pecaminoso. ?Cuáles mensajes
transmitimos como iglesias en relación con nuestros cuerpos?
Es necesario que la adoración cristiana en el marco de una
liturgia inclusiva, tome muy en serio la valoración del
cuerpo como obra de arte de Dios, como una parte
fundamental, limpia y bella de nuestro ser personas. Es
necesario promover la expresión corporal en la liturgia con
naturalidad en la búsqueda del fortalecimiento de la
autoestima de cada uno/a.
Profundo sentido terapéutico de afirmación de su identidad.
Esta dimensión también revierte mucha importancia en la
búsqueda de una liturgia inclusiva. El espacio litúrgico con
todas sus posibilidades de simbolización, de expresión de
sentimientos, de desahogo emocional, de crítica y
elaboración de esquemas de pensamiento y de modificación de
comportamientos, conlleva un profundo sentido terapéutico
que afirma no solo la fe, sino también la identidad de
quienes celebran. En una liturgia excluyente no habrá
afirmación de identidad más de quienes excluyen y en un
sentido muy negativo, pues se trata de una identidad que se
afirma negando a los/as otros/as la posibilidad de expresión
y acción y el derecho a afirmar su propia identidad. Una
liturgia inclusiva buscará ser un espacio de afirmación de
la identidad de todos/as los sectores que conforman la
comunidad: mujeres, varones, niños/a, jóvenes, adultos
mayores, sin discriminación racial, de género, de
orientación sexual, social, económica entre otras.
La liturgia revelará el compromiso misional, ético y social
de quienes celebran. Compromiso consigo mismos y con su
entorno.
De ahí también que (la liturgia) sea un índice de las
actitudes, el estilo de vida, la cosmovisión y la
participación social del pueblo… por que refleja un
comportamiento psicosocial definido, repleto de imágenes
socioculturales, con un contenido étnico concreto y con una
clara visión de la iglesia y la sociedad. (Costas 1975, 8)
Las actitudes inclusivas transformarán el estilo de vida de
los/as celebrantes, la cosmovisión y su participación en la
sociedad proveyendo en primera instancia una profunda
afirmación del compromiso consigo mismo y con los demás, es
decir una afirmación de la propia identidad como sujeto/a.
Finalmente, al proponernos hacer liturgia inclusiva, es
importante la reflexión en torno a la igualdad que todos los
seres humanos tenemos frente a Dios. Esta igualdad se
expresa actuando contra toda discriminación. Es necesario
recuperar el sentido de las primeras comunidades cristianas,
en donde "ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni
libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois
uno en Cristo Jesús." (Gálatas 3.28). Coincidimos con
Bautista (1993) cuando señala que la iglesia tiene el papel
de unificar al género humano tan dividido y polarizado.
"Esto no lleva más que a hacer más imperativa la exigencia
de igualdad de todos los seres humanos en su dignidad de
hijos de Dios, porque todos estamos llamados a un mismo
destino, y sin ninguna discriminación. Y esta es la misión
de la Iglesia… (que) es el signo y el agente de
unificación del género humano como una familia alrededor de
Dios". (Bautista 1993, 170).
La actitud inclusiva de Jesús no se limitó a las mujeres.
Otros grupos sociales discriminados en su tiempo también
tuvieron su aceptación y fueron validados por él y por el
mensaje del reino proclamado. La tarea actual es tomar
consciencia si somos inclusivos o excluyentes con grupos
discriminados en nuestra sociedad, por su condición de
género, de raza, de cultura, de orientación sexual, de clase
social entre muchas otras discriminaciones que como seres
humanos hemos inventado como reacción de miedo a las
diferencias.
IV. Conclusiones
Actualmente existe en la Liturgia de muchas iglesias y
comunidades cristianas, discriminación hacia la mujer y
hacia otros grupos humanos que son marginados (ex-clusión
por género, racial, clases, generacional, sexual,
ideológica).
La práctica pastoral de Jesús lo coloca contra toda
exclusión. Se da en Jesús una conducta llamativa de
inclusión que resultó escandalosa. En la historia de la
iglesia se discontinuó el seguimiento a esta conducta, pese
que si se dio en la práctica de las primeras comunidades
cristianas.
La fundamentación posterior de la práctica cristiana en los
esquemas culturales judíos y grecorromanos patriarcales
provocó una discontinuidad con el modelo de Jesús (que nos
presenta una imagen inclusiva de Dios) originando
restricciones a la mujer, en especial en el ministerio
litúrgico en el cual se reduce notablemente el protagonismo
que tenía en las primeras comunidades cristianas. Por otra
parte, la concepción de ser humano heredada de la filosofía
griega, que es dualista, ha provocado una espiritualización
excesiva del papel del varón en la liturgia. A la mujer,
dentro de ese esquema dualista, se la ha identificado con la
carnalidad, lo sexual, el pecado.
Los llamados "padres de la iglesia" no superan esta
contradicción. Explicaron el cristianismo con base al
esquema dualista griego, y en ese esquema de pensamientos,
también ellos llegan a consideran a la mujer como un ser
inferior en camino a la perfección del varón. Construyeron
toda clase de justificaciones teológicas para esta actitud
excluyente.
El movimiento valdense que antecede en muchos años a la
Reforma protestante, desarrolló una conducta inclusiva en su
práctica pastoral y litúrgica. De la misma forma otros
grupos "disidentes" superaron en su práctica las actitudes
de exclusión. Estos grupos fueron contrarrestados y
cruelmente diezmados por la persecución de la iglesia
oficial.
El protestantismo aparentemente es más abierto en cuanto a
la participación de las mujeres en la liturgia. No obstante
en muchos casos la mujer tiene un marco de acción en tanto
esté sujeta al varón. En algunos casos, la única posibilidad
de estar cerca del ministerio para una mujer fue convertirse
en esposa del pastor o esposa de un misionero. En la
actualidad existe consciencia en muchas iglesias que han
accedido al ministerio ordenado de las mujeres y a que
ocupen altos cargos directivos. Todo esto ha sido un proceso
de lucha de las mismas mujeres. En muchas ocasiones las
mujeres ordenadas al ministerio han tenido que afrontar los
obstáculos que ponen las mismas mujeres de la iglesia. Esta
actitud se debe a la internalización de la exclusión a la
que la mujer ha sido históricamente expuesta entre otras
cosas.
En la actualidad y a partir de los insumos del Concilio
Vaticano II, se realizan esfuerzos ecuménicos inclusivos.
Es necesario recuperar la conducta inclusiva de Jesús en la
iglesia actual. Para ello se han de revisar las concepciones
teológicas sobre Dios. Se ha instaurado como modelo la
metáfora de Dios como padre, sin permitir otras metáforas.
Es necesario utilizar los recursos de la teología metafórica
para encontrar nuevas imágenes sobre Dios que sean
inclusivas, desculpabilizadoras, integrales y
transformadoras.
El símbolo precede al pensamiento. El pensamiento precede a
los sentimientos. Los sentimientos preceden a la conducta.
Para llegar a una conducta inclusiva siguiendo el modelo de
Jesús, se hace necesario trabajar con los símbolos, con el
pensamiento, con los sentimientos y con las acciones. Es
necesario someter a confrontación constante las ideas de
exclusión que surgen en la liturgia y en la práctica
pastoral.
También se hace necesario revisar la concepción de ser
humano. Una alternativa a la concepción dualista heredada,
es concebir al ser humano como una unidad que contiene
dimensiones biológicas, psicológicas, sociales y
espirituales. Esta visión de conjunto del ser humano como
una unidad bio-psico-socio-espiritual no niega ni favorece
alguna de estas dimensiones. A partir de esta concepción se
puede trabajar hacia una conducta inclusiva, reforzada por
el fiel seguimiento a Jesús de Nazareth, como fundamento de
nuestra espiritualidad cristiana.
El trabajo para modificar las actitudes de la iglesia
invirtiendo el proceso heredado históricamente, es decir, de
la exclusión a la inclusión, es arduo. Requiere desarrollar
una actitud inclusiva no solamente hacia las mujeres, sino
hacia otros grupos discriminados por múltiples razones, al
mejor estilo de Jesús. El espacio litúrgico por ser una
combinación de simbolismos, pensamiento y sentimientos,
resulta un espacio propicio para el cambio en la actitud de
los/las creyentes. Habrá que revisar entonces cuáles son los
símbolos en la liturgia, cómo son los cantos, las oraciones,
la predicación, los gestos, el espacio en si. En otras
palabras, ¿Está la liturgia mostrando el rostro de un Dios
inclusivo?
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La actitud inclusiva de Jesús de Nazareth para con las
mujeres y otros grupos discriminados en la sociedad judía,
resultaba escandalosa para sus contemporáneos. Esta actitud
se traducía en acciones concretas hacia estos grupos: hablar
con ellos/as, comer juntos, visitarles, escucharles,
bendecirles, sanarles, instruirles, y en especial validarles
afirmándolos/as en su identidad como personas.
Asumir una actitud implica asumir una postura frente a algún
aspecto de la realidad, que conlleva una disposición del
ánimo con manifestaciones exteriores en el lenguaje, en los
gestos y la conducta. Tanto la inclusividad como la
exclusión frente a algún grupo humano son actitudes que
conllevan manifestaciones a nivel simbólico, a nivel de
pensamientos (lenguaje y discurso), a nivel emocional
(sentimientos) y a nivel de acciones (comportamiento o
conducta). Todas las actitudes son aprendidas ya sea por
aprendizaje social, por identificación con otras personas, o
por instrucción directa adoptando roles sociales. (Johnson,
1993). La modificación de una actitud consiste en la
inversión de esta cuando es negativa o en la intensificación
de la misma cuando es positiva. En este caso la evidencia
evangélica nos muestra que la actitud excluyente es negativa
y ajena a los principios fundamentales del reino de Dios y
de la espiritualidad cristiana, basada en Jesús y su
mensaje.
Las primeras comunidades cristianas trataron de dar
seguimiento a la actitud inclusiva de Jesús. Pero en el
transcurso de la historia, la actitud inclusiva fue
olvidándose en el desarrollo de los ministerios eclesiales,
entre ellos el litúrgico.
En este artículo nos planteamos la siguiente interrogante:
¿Cómo recuperar la conducta inclusiva de Jesús en la iglesia
y en especial en la liturgia? En la búsqueda de respuestas,
revisamos la actitud y comportamiento de Jesús hacia las
mujeres y otros/as marginados/as en la sociedad judía.
También valoramos el seguimiento de la actitud y
comportamiento de Jesús en las primeras comunidades
cristianas así como el papel de la mujer en el campo
litúrgico.
Además es de importancia el comprender las influencias
culturales patriarcales judías y grecorromanas que tuvieron
un papel decisivo en la discontinuidad con la conducta de
Jesús, en el desarrollo posterior a la iglesia primitiva que
tuvo el cristianismo. En ese sentido revisamos las actitudes
de exclusión en los "padres" de la iglesia, y la luz de
inclusión que arrojó el movimiento valdense. También es
importante la revisión del concepto del sacerdocio universal
de los y las creyentes que el protestantismo aporta y que se
torna fundamento teológico para el desarrollo de una actitud
inclusiva.
Finalmente nos proponemos caracterizar aquellas liturgias
inclusivas que se han desarrollado a partir de la apertura
del Vaticano II y las luchas feministas, revisando de esta
forma esas características en la liturgia latinoamericana y
caribeña.
Esperamos que esta reflexión sea un aporte para revisar cuan
inclusivas o excluyentes son nuestras liturgias e iniciar el
proceso de invertir las actitudes negativas e intensificar
aquellas actitudes positivas que permiten que el género
humano se encuentre en un ambiente de respeto, de igualdad y
de tolerancia a las diferencias, para celebrar a un Dios que
nos crea diferentes y nos ama y respeta por esas
diferencias.
II. Inclusión y exclusión en la liturgia cristiana, perspectiva histórica
La inclusión y la exclusión son dos actitudes contrapuestas
que se instauran y concretan en el ser humano a través de
los símbolos, el pensamiento, los sentimientos y las
conductas o acciones específicas. A lo largo del desarrollo
de la liturgia cristiana ambas actitudes han estado
presentes configurando estilos diametralmente diferentes de
hacer liturgia y de ser iglesia.
A continuación se presenta una perspectiva histórica de este
desarrollo, con el fin de señalar aquellos momentos de la
liturgia cristiana, desde sus inicios hasta nuestros días,
en la que se manifiestan actitudes y comportamientos
inclusivos o excluyentes.
A. Cristianismo y herencia patriarcal
En la cultura occidental el pensamiento filosófico griego,
es fundamento del concepto de ser humano y de la forma en
como se relacionan los géneros en la cotidianidad.
Aristóteles legó a la cultura occidental un esquema
mítico-religioso que se asume y repite en casi todas las
culturas patriarcales: el varón como representación de
aspectos positivos de la vida (luz, actividad, inteligencia)
por una parte, y por otra en sentido contrario, la mujer que
encarna los aspectos negativos (pasividad, oscuridad,
sentimiento) en esta polaridad del género humano. (Pikasa
1996, 26).
En este esquema de pensamiento, el varón se concibe como un
elemento superior y positivo para definir el sentido de lo
humano. Por su parte, la mujer representa el polo inferior y
negativo en el pensamiento aristotélico. Como bien señala
Pikasa (1996), "de este modo se legitima en occidente, con
ropaje de ciencia (de filosofía) una visión desigual de los
dos sexos, que legitima el sometimiento de las mujeres al
varón" (26).
Las anteriores concepciones son fundamento para que en la
historia de las religiones la mujer sea ligada con el
ejercicio de roles relacionados con los ritmos de la vida
sobre el mundo, con los sentimientos o con los deseos
inmediatos y su satisfacción. De esta forma y manteniendo la
polaridad en los géneros, se tipificó al varón como un ser
que a diferencia de la mujer, supera con su razonamiento los
deseos inmediatos de la vida. Este esquema de pensamiento
presentó al varón con una supuesta superioridad en relación
con la mujer, no solo religiosa, sino en todos los ámbitos
de la vida. Por otra parte posibilitó que en la sociedad
patriarcal el varón tuviera que reprimir constantemente sus
sentimientos sin la posibilidad de expresarlos, ni ejercer
acciones en relación con los ritmos de la vida, el cuidado
de la intimidad, del hogar, de los/as hijos/as cuando los
hubiera. Todo lo anterior considerado señales de "debilidad"
en este esquema. Estas características y responsabilidades
eran atribuidas al género femenino.
En un análisis sobre las concepciones de hombre y mujer en
las diferentes religiones, Xabier Pikasa concluye que las
religiones llamadas históricas son patriarcales: (el
judaísmo, islamismo y cristianismo).
Para defender mejor su trascendencia y personalidad, ellas
han reprimido el aspecto que pudiera parecer materno y
femenino dentro de la manifestación de Dios. De esa forma
han proyectado sobre el Dios trascendente… rasgos
típicamente masculinos." (Pikasa 1996, 26).
Es probable que una definición del cristianismo como
religión patriarcal, tenga que ver con los elementos que al
respecto el cristianismo heredó de la cultura judía por una
parte, y de la cultura grecorromana, por otra.
Con relación a la cultura judía, su idiosincrasia ha sido
catalogada como patriarcal y "obsesivamente masculina."
(Eichrod 1975, 209). Una de sus principales instituciones
religiosas después del templo es la sinagoga. El término
"sinagoga" proviene de una raíz griega que significa "estar
juntos". "Sinagoga" designó primero a la comunidad reunida,
antes que al lugar físico de esas reuniones…" (Avril y
De La Maisnneuve 1996, 14). Esta institución tiene sus
raíces en el destierro en Babilonia, durante el cual se
extendió la costumbre de reunirse para leer la Torá y
celebrar la fe. Después del año 70 AC, la sinagoga se
constituyó en lugar de oración y a menudo también de
estudio- la institución central de la vida judía… Como
ocurría en el templo, en donde estaba el "patio de las
mujeres", también en las sinagogas las mujeres seguían el
oficio desde una tribuna especial. En la actualidad, solo
los ortodoxos mantienen esta separación de sexos en la
oración." (Avril y De La Maisnneuve 1996, 14). (El subrayado
es nuestro).
B. Práctica litúrgica y patriarcalismo en la cultura judía
En la religión judía se denota un "antropomorfismo
masculino" que se refleja en los atributos utilizados con
frecuencia para designar a Dios. Por otra parte, en el
testimonio bíblico, reyes, profetas, sacerdotes, jueces y
sabios son generalmente varones. Alcalá (1980), refiere que
"las excepciones femeninas fueron muy contadas y nunca se
dieron… en el ámbito estrictamente litúrgico." (129).
Alcalá (l980) señala que una de las oraciones atribuidas al
Rabbi Jehuda, casi contemporáneo de Jesús, dice lo siguiente
dirigiéndose a sus discípulos: "Diariamente hay que dar
gracias a Dios por tres cosas: ¡Bendito sea Dios que no me
ha hecho "Goi" (no israelita)!, ¡Bendito sea Dios que no me
ha hecho mujer!, ¡Bendito sea Dios, que no me ha hecho
necio!" (Alcalá 1980, 130).
C. La conducta inclusiva de Jesús de Nazareth
Es en la cultura judía con estas características polarizadas
negativamente hacia la mujer en la que nace el cristianismo.
"Su fundador, Jesús de Nazareth, es un varón judío educado
en una tradición concreta, con una mentalidad muy peculiar
acerca de la mujer." (Alcalá 1980, 127). Sin embargo, la
actitud pública de Jesús hacia las mujeres como sujetas
marginadas en la sociedad judía es llamativa en ese
contexto. Jesús incorporó mujeres en su comunidad, las
instruyó como discípulas suyas y actuó para reintegrarles la
categoría de personas plenas ante Dios. Estas
características de Jesús que revelan una mentalidad abierta
e inclusiva, no solo se da en favor de las mujeres, sino de
otros/as marginados/as por la sociedad como por ejemplo,
personas enfermas, personas consideradas pecadores/as,
humildes, pobres, niños y niñas, entre otros. La relación de
Jesús con estos grupos de personas discriminadas tenia como
objetivo la validación personal y social de los mismos.
En su trato con la mujer y el mundo que la rodea, la forma
de proceder de Jesús, su actitud y su obrar dentro de esa
rígida y patriarcal sociedad judía constituyeron el primer
paso decisivo para conferir a la mujer la plenitud de su
valía personal y religiosa. Pensamos que es cierta la
afirmación de que con Jesús se inició verdaderamente una
revolución y no solo en favor de los marginados en general,
sino también y de forma muy especial en favor de las
mujeres. (Bautista 1993, 40).
La anterior reflexión invita a considerar la "conducta
llamativa de Jesús", que era particularmente incluyente con
las mujeres pero en igual intensidad practicada por Jesús
con otras personas marginadas en la sociedad judía. Además
de llamativa, la conducta inclusiva de Jesús resulta
escandalosa. Con relación a las mujeres, Jesús… acepta
a las mujeres en paridad con los varones, esto produce
escándalo en la sociedad, escándalo que es subrayado por los
evangelistas, quizá porque, al redactar sus textos, ellos
eran los primeros que tropezaban con esa conducta de Jesús
hacia las mujeres que tan incompresible les resultaba…
(Bautista 1993, 40).
Esta conducta inclusiva de Jesús se manifiesta también a
"aquellos varones que se encontraban en situación de
marginación y eran considerados como pecadores públicos por
la sociedad judía; de ahí que Jesús sea llamado "amigo de
publicanos y pecadores" (Lc. 7, 34) y que él mismo diga a
los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "en verdad
os digo, los publicanos y las rameras llegan antes que
vosotros al reino de Dios" (Mt. 21. 31)." (Bautista 1993,
40).
La actitud de Jesús hacia las mujeres da forma a su conducta
inclusiva. Esta actitud es "contra cultura". Difiere
radicalmente de la de su cultura y de la de sus
contemporáneos judíos. Al profundizar en la actitud de Jesús
hacia las mujeres, Bautista (1993), señala que, no
encontramos en labios de Jesús ninguna observación negativa
sobre la naturaleza, condiciones y capacidad religiosa de la
mujer en comparación con el varón, e incluso se puede
afirmar que Jesús llega a ignorar aquellas afirmaciones
bíblicas que son despreciativas para la mujer… Jesús
quiebra tanto las tradiciones bíblicas como las rabínicas
que restringían el papel de la mujer en los actos
religiosos, y rechaza cualquier intento que supusiese una
depreciación de su valía y de sus méritos, así como del
valor de su palabra como testimonio……si bien es
cierto que Jesús no llegó a rechazar expresamente la
estructura familiar judía ni el contexto patriarcal en el
que se insertaba, también es cierto que la superación de
todas las estructuras patriarcales está contenida en su
anuncio del Reino de Dios…(Bautista 1993, 163). (El
subrayado es nuestro).
Ante las evidencias evangélicas sobre la conducta inclusiva
de Jesús de Nazareth, como muestra de los valores del Reino
de Dios que proclamó, surgen las siguientes interrogantes:
¿Por qué el cristianismo en su desarrollo histórico
posterior perdió la inclusividad hacia las mujeres,
adoptando pensamientos y conductas excluyentes, lo cual lo
aparta diametralmente de los principios y conducta de
Jesús?. Si Jesús enseñó una actitud totalmente inclusiva
hacia las mujeres y otros sectores marginados, ¿por qué el
cristianismo discontinuó el ejemplo de Jesús, que aunque era
considerado escandaloso por sus contemporáneos judíos,
muestra la imagen de un Dios inclusivo?
D. Inclusividad en las primeras comunidades cristianas
En los comienzos del cristianismo, las primeras comunidades
cristianas dan seguimiento fiel a la actitud y conducta
inclusiva de Jesús. Con relación a la mujer y la liturgia,
Berger (1995) menciona que "…en los comienzos del
cristianismo, la liturgia estaba marcada más intensamente
por las mujeres que luego, durante el ulterior desarrollo
histórico." (169).
Las primeras comunidades cristianas eran espacios de
participación tanto para los hombres como para las mujeres.
Los y las que participaban tenían nuevos propósitos.
Iniciaban una nueva forma de vivir, con nuevas actitudes y
con una nueva imagen, También contaban con la posibilidad de
participar activamente en una comunidad que se dedicaba
especialmente a los/las oprimidos/as y marginados/as.
(Bautista 1993, 164). Dentro de los y las que se
incorporaban al cristianismo, había un gran número de
mujeres, especialmente en las ciudades. Ponían a disposición
de la iglesia sus casas para reunirse, "…como lugares
para el culto divino y había mujeres que "presidían" los
actos del culto (…véase Ro. 16, 2) en esas comunidades
domésticas que se reunían en lugares privados." (Berger
1995, 169).
Sobre la participación de las mujeres en la iglesia
primitiva, Bautista (1993), concluye que existe una
presencia y un papel activo y reconocido de las mujeres en
la vida de las comunidades, bajo diferentes formas y a
distintos niveles. En los primeros tiempos de la iglesia, es
de destacar, sobre todo, el status y los roles que ejercen
las mujeres en las llamadas "iglesias domésticas", surgidas
tanto en la comunidad de Palestina, como en las comunidades
de Asia Menor y de Grecia. (Bautista 1993, 168).
No es de extrañar que en las primeras comunidades cristianas
las mujeres tuvieran un rol protagónico en la conformación y
conducción de la misma. En estas primeras comunidades no
existía el oficio de liturgo/a en el sentido sacerdotal. La
comunidad era considerada litúrgica. Hechos 13. 2 muestra
una comunidad haciendo liturgia.
Sin embargo, con el transcurso del tiempo, la iglesia depuso
esta actitud y la participación de las mujeres en los
diversos ministerios y en especial el litúrgico, fue cada
vez más restringida. Bautista (1993) lo expresa así:
Del análisis realizado sobre los diferentes roles o
funciones eclesiales desempeñados por la mujer en los
primeros siglos del cristianismo, se puede deducir que sólo
las mujeres profetas gozaron de un status de igualdad en la
iglesia; el resto de los roles o funciones ejercidos por la
mujer, y a pesar de haber llegado a alcanzar un cierto grado
de institucionalización, no disfrutaron de un status de
igualdad real… las funciones desempeñadas por la mujer
suelen ceñirse, en definitiva y sobre todo, al ejercicio de
la caridad y buenas obras; incluso cuando bautizan o
enseñan, su área de actuación suele estar restringida a la
de la mujer o, todo lo más, a la de los niños. (Bautista
1993, 168).
El desarrollo histórico del cristianismo muestra que la
participación de la mujer en determinados ministerios
eclesiales evolucionó desde una fase de libertad y
pluralidad de ministerios (en fiel seguimiento a la actitud
y conducta inclusiva de Jesús), a una serie de restricciones
y reglamentaciones rígidas. Bautista (1993) señala que la
organización de las iglesias domésticas, en la que
participan tanto varones como mujeres, permite inferir que
las mujeres en un principio no se limitaron a poner sus
casas al servicio de la iglesia, sino que "…ejercían
una verdadera función como guías espirituales rezando,
predicando, profetizando y realizando funciones litúrgicas."
(Bautista 1993, 153).
D. Cambio de actitud, de la inclusividad a lo excluyente:
influencia cultural grecorromana
Las normas que surgen en los primeros siglos del
cristianismo muestran un cambio de actitud que va de la
inclusión a la exclusión. Es notorio que en el siglo II
D.C., las estructuras de las comunidades eclesiales
cristianas sufrieron una importante modificación. Del
compartir responsabilidades (entre ellas la litúrgica), que
era una práctica fundamentada en los dones espirituales y
los carismas, se pasa al ejercicio de la autoridad por parte
de ministros locales. (Bautista 1993, 153). Esto hace que
poco a poco el rol del varón como superior se imponga
sometiendo a las mujeres a una serie de restricciones para
el ejercicio de los ministerios, en especial el litúrgico
que en adelante adquirirá características sacerdotales.
Ricardo Pietrantonio señala que en las primeras comunidades
cristianas no existían los oficios de liturgo/a o sacerdote.
Toda la comunidad era litúrgica y sacerdotal. El autor
también destaca la relación que históricamente surgiría
entre estos dos oficios, cuando señala que existen muchos
oficios en el Nuevo Testamento, muchas formas de llevar a
cabo el ministerio. Según el libro hay diferentes oficios.
Pero hay dos que no aparecen y que curiosamente en la
historia, después, están interrelacionados: sacerdote y
liturgo. (El subrayado es nuestro). (Pietrantonio, 1987, 1).
La oficialización del cristianismo por parte del estado
romano en el Siglo IV, es un factor de suma importancia a
considerar en cuanto a la modificación de la actitud
inclusiva que mostraba el cristianismo en los primeros
siglos.
Durante los primeros tiempos del cristianismo, se vive una
"comunidad de iguales." Esto actúa como elemento
confrontador del orden social establecido. Una de las
grandes consecuencias de la oficialización del cristianismo
por parte del estado romano, es que la iglesia pasa a ser
mantenedora de ese orden social que antes confrontaba.
"En la medida que el cristianismo se va institucionalizando,
se da una mayor importancia a la ortodoxia, y va a ir
incorporando y asumiendo la ética social vigente; va también
dejando de ser un movimiento que se enfrenta y critica el
orden social para convertirse en una institución religiosa
cada vez más legitimadora de éste. Esta función de la
Iglesia se ve facilitada por la incorporación no sólo de los
esquemas mentales y culturales presentes en la sociedad
judía y romana, sino también por la incorporación de los
modelos institucionales que la sociedad romana ofrecía a la
Iglesia. …con estos modelos se incorporaban también
las estructuras patriarcales que contenían y que eran
portadoras de elementos discriminadores no sólo para la
mujer, sino también para otros miembros de la comunidad".
(Bautista 1993, 169). (El subrayado es nuestro).
La incorporación de modelos culturales e institucionales de
la cultura grecorromana va en detrimento de la vivencia de
una comunidad de iguales.. Las mujeres perdieron el lugar de
igualdad que tenían en las primeras comunidades cristianas.
(Bautista 1993, 169).
A continuación se presentan algunos rasgos de la influencia
que recibió el cristianismo en su conformación y desarrollo,
por parte de la cultura grecorromana. En la historia de los
primeros siglos del cristianismo se constata una fuerte
tensión por el dilema entre conservar las formas judías
(Véase Hec. 10. 44-48, 11. 1-18, 15. 1-35, Gál. 2. 11-14) o
incorporarse al mundo grecorromano "rico en diversas
corrientes filosóficas y religiosas" (Bautista 1993, 138).
El cristianismo optó por incorporarse al mundo grecorromano
en el que se desenvolvía.
"De esta forma, las influencias se hicieron recíprocas: el
imperio romano proporcionó al cristianismo modelos
institucionales, diferentes modos de pensar y, también,
numerosos prejuicios. Era pues inevitable que la cultura
grecorromana marcase al cristianismo en temas como la
sexualidad, el matrimonio y la familia. La cultura del mundo
grecorromano estaba considerada como la cultura por
excelencia, y su encuentro con la cultura judeocristiana se
tradujo en una absolutización de esquemas culturales que
giraban en torno a la naturaleza humana y el orden natural
de las cosas queridas por Dios". (Bautista 1993, 138). (El
subrayado es nuestro).
En la absolutización de esquemas a las que hace referencia
Bautista (1993), la cultura grecorromana logra imponer en el
cristianismo las concepciones de ser humano basadas en la
polaridad anteriormente señalada que concibe al varón como
un ser superior a la mujer.
También se heredan otras polaridades. Fundamentadas en las
ideas filosóficas de Platón (ideas que son corriente de
fondo para las diversas escuelas filosóficas) se asume en el
cristianismo una concepción dualista del ser humano en la
que el alma se opone al cuerpo. En esta concepción clásica
de la filosofía griega, el cuerpo es la cárcel del alma.
Esto llevará al desprecio de todo lo que sea corporal o esté
en relación con la sexualidad, a una moral de evasión de lo
terrenal y a una espiritualización de la vivencia humana.
Además llevará a que se identifique a la mujer con estos
aspectos "repudiables" desde este esquema, de la
corporalidad y de la sexualidad. "Este dualismo no se
correspondía con la tradición bíblica, más unitaria y
totalizante, lo que no ha impedido que el cristianismo haya
sido, en determinados momentos, transmisor de una moral de
evasión y de un espiritualismo desencarnado. (Bautista 1993,
139).
E. Exclusión en los "padres" de la iglesia
Con la herencia excluyente de la cultura patriarcal judía,
(pese al modelo de Jesús), y con los esquemas de pensamiento
heredados de la incorporación al mundo intelectual y a la
institucionalización de la cultura grecorromana, los
llamados "padres" de la iglesia continuaron con una conducta
de exclusión hacia la mujer. Se le restringe la
participación protagónica en algunos ministerios de la
iglesia, en especial el ministerio litúrgico.
Los "Padres" de la iglesia consideraron al varón como
paradigma del ser humano. La virilidad se constituyó en
símbolo de lo divino. Lo femenino fue visto como símbolo de
lo terreno, corpóreo, carnal. (Bautista, 1993).
"A pesar de que sus creencias cristianas les obligan a
reconocer el hecho de que todos los bautizados son iguales,
en sus planteamientos filosóficos y teológicos suele
presuponerse la inferioridad natural de la mujer; su forma
de resolver el dilema entre este presupuesto y la doctrina
evangélica de la igualdad entre los sexos suele consistir en
presentar a la mujer cristiana en un proceso de "progreso"
hacia el "varón perfecto", que es la madurez de la plenitud
de Cristo (Ef. 4.13). (Bautista 1993, 153).
De esta forma, se hicieron constructos teológicos que
justificaban y reforzaban la conducta de exclusión hacia la
mujer en el ministerio litúrgico de la iglesia. El espacio
litúrgico fue exclusivo de los varones para ello
consagrados. A medida que se desarrolla la Edad Media, esta
exclusión hacia la mujer queda institucionalizada.
"Durante la Edad Media las mujeres quedaron prácticamente
excluidas de un espacio litúrgico, el recinto del
altar… el Pontificale Romanum (1596) señala… La
regla de que las mujeres no entren en el presbiterio no se
aplicará en el caso de la consagración de una abadesa, de la
consagración de una reina, de la consagración de vírgenes y
de la coronación de una reina. Durante la Edad Media las
mujeres de las comunidades monásticas podían ser sacristanas
y repicaban las campanas, encendían velas, limpiaban
corporales y preparaban hostias". (Berger 1995,171).
Como se denota, las excepciones para que las mujeres
ocuparan el espacio del presbiterio se daban cuando se
trataba de una abadesa, una reina o la consagración de la
virginidad. Esto último es importante por las connotaciones
ideológicas que tiene. Hubo durante este período una
exaltación de la virginidad como virtud intrínseca de la
mujer. Desde esta ideología patriarcal, instituciones como
el matrimonio, la castidad y la sexualidad con fines de
procreación se ven altamente valorados como exigencia de la
virtud femenina. En cuanto a los espacios y funciones
litúrgicas, tal como señala Berger (1995), las mujeres
podían ser sacristanas, repicar campanas, encender velas,
limpiar corporales y preparar hostias. Es necesario tomar en
cuenta que se trata de mujeres de comunidades monásticas.
Esto nos hace suponer que para las mujeres que no estaban en
dichas comunidades, la exclusión del campo litúrgico era
mayor. En última instancia, las acciones litúrgicas
permitidas a la mujer durante este período son aquellas que
implican la preparación del espacio litúrgico, y en ningún
momento conllevan a protagonismo en la dirección y contenido
propias de la liturgia, espacios reservados para los varones
consagrados para ello.
Reily (1996), en un interesante capítulo de su obra titulado
La mujer medieval y la expansión del cristianismo, presenta
desde una perspectiva histórica varios ministerios
desarrollados por mujeres durante el período medieval. En la
mayoría de las ocasiones fueron realizados en forma
clandestina, sin el reconocimiento oficial de la iglesia. De
esta forma, Reily se refiere a la predicación femenina
dentro de los monasterios desde los púlpitos, la confesión
tomada por abadesas en España, la bendición que estas daba a
sus monjas. Señala que "tales prácticas fueron descubiertas
y rechazadas por el joven Papa Inocencio III cuando asumió
el papado en 1198" (Reily 1996, 126). Otras prohibiciones
durante este período fueron: que las mujeres no asistieran a
la liturgia de la iglesia cuando estaban menstruando,
aplazar el bautismo de las mujeres hasta que pasara el
período menstrual, no recibir la comunión en los días de la
menstruación, y la prohibición de ir a la iglesia y de
recibir la comunión después del parto. (Berger 1995, 170).
F. Una luz de inclusión, el movimiento Valdense
Cerca del año 1174, Pedro Valdo, fundador del movimiento
valdense, inició su predicación evangélica y su movimiento
religioso atrajo a muchos varones y mujeres. Valdo aceptó la
predicación de las mujeres, fundamentado en Tito 2. 3-4 y en
el texto sobre la profetiza Ana (Lucas 2. 36-38). En el
movimiento valdense hubo una clara participación femenina en
los ministerios litúrgicos de la palabra y la administración
de los sacramentos. (Reily 1996). "En todos los niveles, las
mujeres valdenses ejercieron los ministerios al lado de los
hombres. Es probable que no existiera una iglesia tan
abierta a los ministerios femeninos desde la era apostólica"
(Reily 1996, 127). La inquisición y persecución a la que
fueron sometidos los valdenses, hizo que en muchas ocasiones
esta iglesia quedara relegada al ámbito doméstico. Aún así,
esto no limito la práctica de un comportamiento inclusivo y
una mentalidad totalmente abierta hacia el ministerio
litúrgico de la mujer, por parte de los Valdenses.
G. El sacerdocio universal de los y las creyentes: punto de
partida para desarrollar una actitud inclusiva en la
liturgia.
La Reforma protestante iniciada por Lutero, Zwinglio,
Calvino y otros no ofrecían en sus inicios muchas
posibilidades de participación para que las mujeres
ejercieran ministerios. Sin embargo, los principios
protestantes de la "sola gracia", "sola fe", "sola
escritura" y el sacerdocio universal de los creyente, en
particular este último, han sido base firme dentro del
protestantismo para el desarrollo ulterior de los
ministerios femeninos. (Reily, 1996). Uno de los primeros
espacios que tuvo la mujer dentro del ministerio en el
protestantismo, fue el compartir las funciones pastorales de
su cónyuge. Para muchas mujeres que sentían la vocación al
pastorado, el estatus de esposa del pastor, se constituye en
la actividad más cercana a la actividad pastoral a la que
podían aspirar, lamentablemente. Este estatus no estaba
oficialmente reconocido como un ministerio, pero si
regulado. Un libro anónimo escrito en 1832 se constituía en
un manual sobre los deberes de la esposa del pastor hacia el
pastor y hacia la parroquia. El libro señala que la esposa
del pastor debía considerarse a si misma como "casada…
con la parroquia de su marido, y con los mejores intereses
del rebaño."
En América Latina, muchas mujeres que son esposas de un
pastor, han tenido que jugar este rol tradicional heredado,
aún cuando no lo desean. La presión que se ejerce sobre la
esposa del pastor y los hijos e hijas de estos, ha sido
causa de daño emocional en muchos casos. Paulatinamente las
mujeres casadas con pastores han ido logrando que se
diferencie su estado civil de sus supuestas
responsabilidades con la parroquia. Por otra parte, en la
actualidad son muchas las iglesias protestantes a nivel
mundial, que admiten la ordenación de mujeres y cuentan con
mujeres en puestos de dirección. Sin embargo, también son
muchos los casos en los que la mujer es excluida del
ministerio litúrgico y de la ordenación y su papel dentro de
la iglesia queda reducido a reproducir los roles que la
sociedad le asigna dentro del hogar. Esto es, el cuido y la
educación de los niños/as, labores de limpieza de las
instalaciones eclesiales, cuido de enfermos/as y labores de
cocina en las actividades especiales de la iglesia. En la
práctica de la iglesias protestantes latinoamericanas se
constata que la ideología excluyente tiene raíces tan
fuertes, que aún cuando se acepte que la mujer tenga un
ministerio propio, o no tenga que asumir el rol tradicional
de esposa de pastor, o bien sea ordenada al ministerio; en
muchas ocasiones son las mismas mujeres de la parroquia las
que no aceptan estas posibilidades en plenitud. Se trata de
una exclusión internalizada. Esto es, la consecuencia
psicológica de autoexclusión y baja estima que se da cuando
una persona o grupo de personas ha sido histórica y
sistemáticamente marginada y discriminada por su clase
social, su etnia, su orientación sexual, su religión, sus
adhesiones políticas, su género, entre otros.
H. Vaticano II y toma de consciencia de las mujeres
A partir de Vaticano II y las luchas del movimiento
feminista, las mujeres constatan entre otras cosas que:
A pesar de ser ellas la mayoría, en la iglesia Católica no
están representadas como mujeres.
El culto se dirige a los hombres. La manera de dirigirse a
los fieles es en lenguaje excluyente, masculino.
Muy pocas historias de mujeres son incluidas en el
leccionario litúrgico.
El lenguaje con el que la iglesia habla de Dios es
masculino. (Berger, 1995).
Las constataciones de exclusión y desigualdad también se
hacen en el ámbito social. En América Latina y el Caribe son
evidentes. Un informe de la UNIFEM titulado ¿Cuánto cuesta
la pobreza de las mujeres en América Latina y el Caribe?,
recoge varias investigaciones sociales en esta región,
realizadas desde una perspectiva de género. (García 1999,
20). Al respecto se señalan algunos ámbitos básicos de
diferencia social entre hombres y mujeres en América Latina
y el Caribe:
La división sexual del trabajo. Por su socialización
genérica a los hombres y a las mujeres se les han asignado
roles tradicionalmente diferentes. A las mujeres se les
asigna todos los roles ligados a la reproducción, al
mantenimiento del hogar y de los recursos humanos que lo
habitan. Lo anterior ha limitado su acceso al trabajo
remunerado. "Las mujeres tienen trabajos más inestables y
mal pagados" (García 1999, 21).
Menor acceso a la educación y a la formación: Los índices
globales en América Latina y el Caribe sobre educación
señalan mayor analfabetismo en las mujeres que en los
hombres. También señalan que son los hombres los que
concluyen la primaria o la secundaria en mayor proporción
que las mujeres, y que un menor número de mujeres realizan
estudios universitarios terminados frente al número de
hombres que si los completa. (García 1999, 23).
Reducida participación en la toma de decisiones en el ámbito
público y en el privado: "Se puede verificar que para la
mayoría de las mujeres en distintos países, el ocupar
puestos públicos relevantes es después de negociar cuotas
"democráticas" con los partidos a los que representan. Esto
quiere decir que todavía no existe equidad en las
estructuras políticas hegemónicas sea cual sea su ideología.
(García 1999, 24).
Limitada autonomía personal de las mujeres: Los estudios
señalan que las mujeres tienen menor movilidad que los
hombres en todos los sentidos. Entre ellos se destaca el
problema de seguridad. "Tanto en el ámbito rural como en las
ciudades sufren un número mayor de violaciones sexuales y
maltrato doméstico." (García 1999, 24).
III. Liturgia latinoamericana y caribeña: ¿Incluyente o excluyente?
¿Cómo se manifiestan estos indicadores sociales en la
práctica pastoral y en especial en la liturgia
latinoamericana y caribeña? La anterior interrogante
requiere de una investigación exhaustiva. Sin embargo, a
continuación se ofrecen algunas ideas al respecto.
A. Indicadores sociales y liturgia
División sexual del trabajo: Una gran mayoría de iglesias
mantienen una división sexual del trabajo pastoral, en donde
la mujer se ve obligada a ejercer en la iglesia los roles
tradicionales ligados a la reproducción (cuido de los/as
niños/as), el mantenimiento del hogar y los recursos humanos
que lo habitan. Estos aspectos han sido señalados en este
estudio.
Menor acceso a educación y formación: Pese a los esfuerzos
de organismos ecuménicos como el Consejo Mundial de Iglesias
y otros, e instituciones de formación teológica, aún se da
un menor acceso por parte de las mujeres a la educación
teológica formal. Un sencillo ejemplo que representa la
realidad de algunas iglesias costarricenses, es que para la
matrícula inicial del curso "El trabajo pastoral, demandas
administrativas", curso de extensión universitaria que
imparte la Universidad Bíblica Latinoamericana, se
presentaron 15 varones y l sola mujer. Sería interesante
hacer un estudio estadístico al respecto que recoja una
muestra mayor que permita más inferencias.
Reducida participación en la toma de decisiones en el ámbito
público y privado:
En este aspecto es importante lo que señala García:
"A partir de 1970, investigadores e investigadoras
feministas empiezan a darse cuenta, desde el área de
planificación para el desarrollo, que muchos de los
programas ejecutados en países en vías de desarrollo (en
América Latina y Centroamérica entre otras regiones) no
alcanzaban el impacto esperado; observan también que muchos
de los programas fracasan porque a la hora de ponerlos en
práctica surgen diversos factores que no se han tenido en
cuenta, y uno de los más importantes es la participación de
las mujeres". (Garcia 1999, 19). (El subrayado es nuestro).
En este aspecto también se requiere una investigación
exhaustiva que permita mayores inferencias al campo
pastoral. No obstante, la práctica litúrgica y pastoral nos
permite presuponer que existe una reducida participación de
las mujeres en la toma de decisiones pastorales. Esta
reducida participación se ve justificada por la exclusión
histórica que hemos mencionado en este estudio. De manera
que si pretendemos caminar hacia el desarrollo de una
actitud inclusiva en nuestras liturgias, una primera acción
específica es tomar en cuenta la participación activa de
aquellos/as sujetos/as discriminados/as.
Limitada autonomía personal de las mujeres: En este
indicador social se plantea una interrogante: ¿cómo afecta
la menor movilidad que tienen las mujeres por problemas de
seguridad e ideología patriarcal, el ejercicio del
ministerio pastoral?
B. Algunas características de una liturgia inclusiva
A pesar de la historia de exclusión hacia la mujer a la que
nos hemos referido y a pesar de que aún hace falta superar
esta actitud y comportamiento en el ámbito social, en el
ámbito eclesial no podemos desconocer los esfuerzos que las
mujeres han realizado a nivel litúrgico y pastoral. Las
mujeres protestantes se ampararon en el principio del
sacerdocio universal de los creyentes. Las mujeres católicas
han tomado los lineamientos del Concilio Vaticano II. Así lo
señala Reily cuando afirma que, "no debemos olvidar el
principio del sacerdocio universal de toda persona que cree
en Cristo… el desarrollo de los ministerios femeninos
(en la Reforma)…representa una apropiación de los
principios inherentes al protestantismo. (Sola gracia, sola
fe, sola escritura, sacerdocio universal)… También es
indudable que la recuperación por la Iglesia Católica
Romana, a partir del Concilio Vaticano II, del sacerdocio
universal de los creyentes, señaló un nuevo día para los
ministerios femeninos, a pesar de que aún no haya alcanzado
toda su plenitud". (Reily 1996, 140).
De esta forma, ha habido una gran producción de liturgias
realizadas por mujeres que tienen las siguientes
características según señala Berger (1995):
1. Las mujeres
son actantes en la liturgia,
2. Introducen una tensión entre
la tradición y la libertad,
3. Se da una intensa
predilección por los símbolos,
4. Las liturgias están
relacionadas con el cuerpo y
5. Se da un profundo
sentimiento de afirmación de la identidad.
A continuación se ofrecen algunas ideas relacionadas con
estas características que coadyuvan al desarrollo de una
actitud y comportamiento inclusivo, que es necesario aplicar
no solo al ámbito litúrgico, sino al ámbito vivencial,
familiar, cotidiano y pastoral del quehacer de la iglesia y
de quienes la conforman.
Las mujeres son actantes en la liturgia. Este aspecto es
vital para el desarrollo de una actitud inclusiva. Los/as
sujetos/as que hasta ahora han sido discriminados/as
requieren protagonismo en la acción pastoral y litúrgica de
la iglesia. Esto es decisivo para afirmar su identidad y
pertenencia social.
Introducen una tensión entre tradición y libertad: Las
mujeres aportan nuevos sentidos a la percepción de la
realidad y nuevos marcos de interpretación de la misma que
posibilitan un espacio de libertad para ambos géneros. Sin
desconocer la tradición, esta es releída desde una nueva
hermenéutica. De esta forma la tradición no se constituye en
la última palabra, sino en palabra susceptible a la crítica
y a la transformación.
Se da una intensa predilección por los símbolos, agua, pan,
aceite, flores, vino, tierra, paños, fuego entre otros. Este
aspecto se considera fundamental en la liturgia
latinoamericana. Por lo general la liturgia clásica
protestante se ha centrado en la palabra. No obstante, hoy
día pareciera que la palabra ya no es el énfasis central de
la liturgia de la mayoría de iglesias evangélicas, sino más
bien la alabanza. La exploración de nuevos lenguajes
alternativos que posibiliten el desarrollo de la capacidad
simbólica del ser humano, es un aporte de las liturgias
realizadas por las mujeres. Según el sistema
psicoterapéutico denominado Terapia Racional Emotiva
Conductual, la conducta del ser humano está precedida por
los sentimientos y estos por los pensamientos. (Beck, 1991).
Esto es, ante un hecho que sucede, se da el pensamiento,
luego el sentimiento y luego la conducta. Para esta terapia
existe una congruencia entre los tres elementos. Justamente
la terapia pretende modificar los pensamientos para
modificar los sentimientos y modificar de este modo los
comportamientos. Un aporte valioso a estas concepciones lo
da la teóloga Sallie McFague, (1994) en su Teología
metafórica. McFague sostiene que "las creencias y las
conductas están más influidas por las imágenes (símbolos y
metáforas) que por los conceptos." (80). De esta forma
propone con profundidad el cambio de metáforas y simbolismos
para referirse a Dios, superando la metáfora de Dios como
padre patriarcal (que se ha instaurado casi como único
modelo posible para concebir a Dios), por nuevas imágenes de
Dios: Madre/Padre Dios tierno/a, misericordioso/a, justo/a,
inclusivo/a. De esta forma, se establece una relación
importante entre lo simbólico y la conducta. Tomando esto en
cuenta, y tomando en cuenta los aportes de la Terapia
Racional Emotiva Conductual, podríamos señalar que entre el
símbolo y la conducta están los pensamientos y los
sentimientos. Es decir, la secuencia sería así: símbolo,
pensamiento, sentimiento, comportamiento.
Lo anterior arroja una luz importante para el campo de la
liturgia, en especial en la búsqueda de una liturgia
inclusiva y en la búsqueda de la recuperación y la
continuidad de la conducta inclusiva de Jesús de Nazareth.
De esta forma, trabajando con símbolos y gestos inclusivos
es posible generar pensamientos, sentimientos y conductas
inclusivas. El proceso no es automático. Requiere la
desestructuración de símbolos y esquemas de pensamientos
basados en la exclusión y el patriarcalismo y sostenidos por
siglos. Requiere la configuración de nuevos símbolos y la
producción de un discurso inclusivo en la liturgia. Este
discurso, en la medida que esté fundamentado en lo simbólico
que se recrea constantemente, no correrá el riesgo tan común
de quedarse solamente en el discurso, sin trascender a los
sentimientos y sin reflejarse en las conductas. De esta
forma, para lograr un cambio de actitud y de comportamiento
que supere la exclusión y tenga como meta el desarrollo de
una actitud inclusiva en fidelidad a Jesús, se hace
necesario trabajar con lo simbólico de manera tal que se
produzca una congruencia con el discurso (pensamiento) y con
lo emotivo (sentimientos). Si se logra esta congruencia en
el espacio litúrgico, se logrará la configuración de una
conducta inclusiva. Se trata de un cambio de esquemas de
expresión simbólica, y de pensamientos. Y se trata también
de una toma de contacto con las emociones, justamente para
no solo simbolizar, no solo racionalizar, sino también
sentir.
Una vez que se logra tomar contacto profundo con los
sentimientos, el ser humano es capaz de modificar su
actitud, por lo tanto su conducta. Es indiscutible que las
mujeres tienen un gran aporte en este campo para la liturgia
por el amplio desarrollo de lo simbólico por un lado y la
naturalidad con la que la mujer toma contacto con sus
sentimientos, por otro.
Liturgias relacionadas con el cuerpo
De todas las expresiones humanas esta es quizás de la que más
se carece en la liturgia protestante tradicional. La
identificación del cuerpo humano como elemento focal en la
relación pecado-culpa, ha causado serias limitaciones al
cristianismo para usar con libertad y naturalidad el cuerpo
en la liturgia. Esta localización también nos ha causado
problemas en la expresión de la sexualidad y el amor,
aspectos en los cuales nuestro compromiso corporal se
potencializa.
Por otro lado, la fe cristiana en su expresión racionalista
hizo a un lado la dimensión corporal. En el esquema dualista
de concepción del ser humano, el ser humano fue tan
espiritualizado que se opuso corporalidad a espiritualidad.
El cuerpo fue considerado malo y sucio, por la tanto la
expresión corporal encontró profundas limitaciones entre
nosotros para darse. Ernesto Barros señala que, "sabemos que
la dimensión racionalista de la teología y de la
espiritualidad, dejó a un lado la comprensión del ser humano
como un todo, como alguien que integra el pensamiento, los
sentimientos la vivencia y la expresión. Mucho más que
cerebro, diríamos que el ser humano es piel y entrañas. Y
esto en el sentido de que cuando algo impacta realmente al
ser humano, esto se manifiesta en escalofrío, en temblores
de piernas, sequedad de garganta, dolor de estómago...".
(Barros, s/f.. 2)
La corporalidad nos apela profundamente a todos/as. La más
evidente modificación en el paso de la niñez a la
adolescencia se da en nuestro esquema corporal.
El esquema corporal es la imagen interna que manejamos de
nuestro propio cuerpo. Esta imagen no es puramente
cognocitiva, o sea basada en el conocimiento objetivo de
nuestra apariencia y funcionamiento físico, sino que está
impregnada de valoraciones subjetivas. Por lo tanto dicho
esquema es una parte importante de la imágen que cada uno
tiene de si mismo, así como un elemento donde se sustenta o
expresa la autoestima. (Krauskopf 1994, 31).
Si la autoestima se sustenta o expresa en una sana
elaboración de nuestro esquema corporal (imagen interna de
nuestro propio cuerpo), nótese la importancia a nivel
psicológico de fortalecer un buen desarrollo de ese esquema
corporal en los niños/as y adolescentes. "El niño basa
fuertemente la valoración de si mismo y de su apariencia
corporal en la visión que de él le trasmitan sus familiares,
en particular sus padres. Se cree así hermoso o defectuoso,
según se lo han hecho sentir." (Krauskopf 1994, 31).
Es de singular importancia en esta reflexión, tomar en
cuenta el hecho de que la mujer ha sido históricamente
desvalorizada en su esquema corporal, asociando el cuerpo
femenino a lo carnal y pecaminoso. ?Cuáles mensajes
transmitimos como iglesias en relación con nuestros cuerpos?
Es necesario que la adoración cristiana en el marco de una
liturgia inclusiva, tome muy en serio la valoración del
cuerpo como obra de arte de Dios, como una parte
fundamental, limpia y bella de nuestro ser personas. Es
necesario promover la expresión corporal en la liturgia con
naturalidad en la búsqueda del fortalecimiento de la
autoestima de cada uno/a.
Profundo sentido terapéutico de afirmación de su identidad.
Esta dimensión también revierte mucha importancia en la
búsqueda de una liturgia inclusiva. El espacio litúrgico con
todas sus posibilidades de simbolización, de expresión de
sentimientos, de desahogo emocional, de crítica y
elaboración de esquemas de pensamiento y de modificación de
comportamientos, conlleva un profundo sentido terapéutico
que afirma no solo la fe, sino también la identidad de
quienes celebran. En una liturgia excluyente no habrá
afirmación de identidad más de quienes excluyen y en un
sentido muy negativo, pues se trata de una identidad que se
afirma negando a los/as otros/as la posibilidad de expresión
y acción y el derecho a afirmar su propia identidad. Una
liturgia inclusiva buscará ser un espacio de afirmación de
la identidad de todos/as los sectores que conforman la
comunidad: mujeres, varones, niños/a, jóvenes, adultos
mayores, sin discriminación racial, de género, de
orientación sexual, social, económica entre otras.
La liturgia revelará el compromiso misional, ético y social
de quienes celebran. Compromiso consigo mismos y con su
entorno.
De ahí también que (la liturgia) sea un índice de las
actitudes, el estilo de vida, la cosmovisión y la
participación social del pueblo… por que refleja un
comportamiento psicosocial definido, repleto de imágenes
socioculturales, con un contenido étnico concreto y con una
clara visión de la iglesia y la sociedad. (Costas 1975, 8)
Las actitudes inclusivas transformarán el estilo de vida de
los/as celebrantes, la cosmovisión y su participación en la
sociedad proveyendo en primera instancia una profunda
afirmación del compromiso consigo mismo y con los demás, es
decir una afirmación de la propia identidad como sujeto/a.
Finalmente, al proponernos hacer liturgia inclusiva, es
importante la reflexión en torno a la igualdad que todos los
seres humanos tenemos frente a Dios. Esta igualdad se
expresa actuando contra toda discriminación. Es necesario
recuperar el sentido de las primeras comunidades cristianas,
en donde "ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni
libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois
uno en Cristo Jesús." (Gálatas 3.28). Coincidimos con
Bautista (1993) cuando señala que la iglesia tiene el papel
de unificar al género humano tan dividido y polarizado.
"Esto no lleva más que a hacer más imperativa la exigencia
de igualdad de todos los seres humanos en su dignidad de
hijos de Dios, porque todos estamos llamados a un mismo
destino, y sin ninguna discriminación. Y esta es la misión
de la Iglesia… (que) es el signo y el agente de
unificación del género humano como una familia alrededor de
Dios". (Bautista 1993, 170).
La actitud inclusiva de Jesús no se limitó a las mujeres.
Otros grupos sociales discriminados en su tiempo también
tuvieron su aceptación y fueron validados por él y por el
mensaje del reino proclamado. La tarea actual es tomar
consciencia si somos inclusivos o excluyentes con grupos
discriminados en nuestra sociedad, por su condición de
género, de raza, de cultura, de orientación sexual, de clase
social entre muchas otras discriminaciones que como seres
humanos hemos inventado como reacción de miedo a las
diferencias.
IV. Conclusiones
Actualmente existe en la Liturgia de muchas iglesias y
comunidades cristianas, discriminación hacia la mujer y
hacia otros grupos humanos que son marginados (ex-clusión
por género, racial, clases, generacional, sexual,
ideológica).
La práctica pastoral de Jesús lo coloca contra toda
exclusión. Se da en Jesús una conducta llamativa de
inclusión que resultó escandalosa. En la historia de la
iglesia se discontinuó el seguimiento a esta conducta, pese
que si se dio en la práctica de las primeras comunidades
cristianas.
La fundamentación posterior de la práctica cristiana en los
esquemas culturales judíos y grecorromanos patriarcales
provocó una discontinuidad con el modelo de Jesús (que nos
presenta una imagen inclusiva de Dios) originando
restricciones a la mujer, en especial en el ministerio
litúrgico en el cual se reduce notablemente el protagonismo
que tenía en las primeras comunidades cristianas. Por otra
parte, la concepción de ser humano heredada de la filosofía
griega, que es dualista, ha provocado una espiritualización
excesiva del papel del varón en la liturgia. A la mujer,
dentro de ese esquema dualista, se la ha identificado con la
carnalidad, lo sexual, el pecado.
Los llamados "padres de la iglesia" no superan esta
contradicción. Explicaron el cristianismo con base al
esquema dualista griego, y en ese esquema de pensamientos,
también ellos llegan a consideran a la mujer como un ser
inferior en camino a la perfección del varón. Construyeron
toda clase de justificaciones teológicas para esta actitud
excluyente.
El movimiento valdense que antecede en muchos años a la
Reforma protestante, desarrolló una conducta inclusiva en su
práctica pastoral y litúrgica. De la misma forma otros
grupos "disidentes" superaron en su práctica las actitudes
de exclusión. Estos grupos fueron contrarrestados y
cruelmente diezmados por la persecución de la iglesia
oficial.
El protestantismo aparentemente es más abierto en cuanto a
la participación de las mujeres en la liturgia. No obstante
en muchos casos la mujer tiene un marco de acción en tanto
esté sujeta al varón. En algunos casos, la única posibilidad
de estar cerca del ministerio para una mujer fue convertirse
en esposa del pastor o esposa de un misionero. En la
actualidad existe consciencia en muchas iglesias que han
accedido al ministerio ordenado de las mujeres y a que
ocupen altos cargos directivos. Todo esto ha sido un proceso
de lucha de las mismas mujeres. En muchas ocasiones las
mujeres ordenadas al ministerio han tenido que afrontar los
obstáculos que ponen las mismas mujeres de la iglesia. Esta
actitud se debe a la internalización de la exclusión a la
que la mujer ha sido históricamente expuesta entre otras
cosas.
En la actualidad y a partir de los insumos del Concilio
Vaticano II, se realizan esfuerzos ecuménicos inclusivos.
Es necesario recuperar la conducta inclusiva de Jesús en la
iglesia actual. Para ello se han de revisar las concepciones
teológicas sobre Dios. Se ha instaurado como modelo la
metáfora de Dios como padre, sin permitir otras metáforas.
Es necesario utilizar los recursos de la teología metafórica
para encontrar nuevas imágenes sobre Dios que sean
inclusivas, desculpabilizadoras, integrales y
transformadoras.
El símbolo precede al pensamiento. El pensamiento precede a
los sentimientos. Los sentimientos preceden a la conducta.
Para llegar a una conducta inclusiva siguiendo el modelo de
Jesús, se hace necesario trabajar con los símbolos, con el
pensamiento, con los sentimientos y con las acciones. Es
necesario someter a confrontación constante las ideas de
exclusión que surgen en la liturgia y en la práctica
pastoral.
También se hace necesario revisar la concepción de ser
humano. Una alternativa a la concepción dualista heredada,
es concebir al ser humano como una unidad que contiene
dimensiones biológicas, psicológicas, sociales y
espirituales. Esta visión de conjunto del ser humano como
una unidad bio-psico-socio-espiritual no niega ni favorece
alguna de estas dimensiones. A partir de esta concepción se
puede trabajar hacia una conducta inclusiva, reforzada por
el fiel seguimiento a Jesús de Nazareth, como fundamento de
nuestra espiritualidad cristiana.
El trabajo para modificar las actitudes de la iglesia
invirtiendo el proceso heredado históricamente, es decir, de
la exclusión a la inclusión, es arduo. Requiere desarrollar
una actitud inclusiva no solamente hacia las mujeres, sino
hacia otros grupos discriminados por múltiples razones, al
mejor estilo de Jesús. El espacio litúrgico por ser una
combinación de simbolismos, pensamiento y sentimientos,
resulta un espacio propicio para el cambio en la actitud de
los/las creyentes. Habrá que revisar entonces cuáles son los
símbolos en la liturgia, cómo son los cantos, las oraciones,
la predicación, los gestos, el espacio en si. En otras
palabras, ¿Está la liturgia mostrando el rostro de un Dios
inclusivo?
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