Empatía
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“¡Cristian!” – dijo un conocido mío alzando su voz – “Antes de opinar sobre la vida de otra persona, es necesario que hagas un intento por comprender el contexto en el que ésta vive y la situación que experimenta. ¡Ponte en sus zapatos!” De más está decir que la vergüenza que sentí, combinada con el quiebre de mi aparente perfeccionismo, hizo de aquella reprimenda una lección que dejó una huella indeleble en mi carácter.
Siempre recuerdo el proyecto universitario que mi amigo Pablo y yo llevamos adelante para determinar si los cines de cierto barrio de Buenos Aires contaban con facilidades para personas con movilidad reducida. Para ello nos contactamos con un estudiante que utilizaba una silla de ruedas eléctrica debido a su minusvalía motriz, quien inmediatamente aceptó acompañarnos en nuestra investigación.
¡Cuántas cosas aprendí esa tarde! Nuestro “paseo” abarcó un amplio sector de la avenida principal, en el que sufrimos un sinnúmero de peripecias. ¡Sí! Cosas tan simples como cruzar la calle, entrar a un bar, subir a un autobús o utilizar un teléfono público, se tornaron acciones complicadas y difíciles de realizar sin la ayuda de los demás. Pero la nota “tragicómica” ocurrió cuando llegamos a un famoso restaurante y preguntamos por el baño para “discapacitados”, a lo que nos respondieron: -“Sí, tenemos subiendo por las escaleras, en el primer piso, a la derecha”. ¡Subiendo por las escaleras!
El resultado final no hizo más que corroborar nuestra hipótesis: las salas cinematográficas no estaban preparadas para recibir a quienes padecen un impedimento físico. ¡La sociedad tampoco!
A veces pienso que nuestro mundo se asemeja a un “talk show” televisivo, en el que cada individuo hace las veces del “opinólogo profesional”, vertiendo críticas, juicios de valor y estableciendo los parámetros del ciudadano aceptable y exitoso. Reglas implícitas que al fin y al cabo nadie quiere ni puede cumplir.
Jesucristo dijo: “No se conviertan en jueces de los demás, y así Dios no los juzgará a ustedes. Si son muy duros para juzgar a otras personas, Dios será igualmente duro con ustedes. Él los tratará como ustedes traten a los demás” (San Mateo 7.1-2).
Algunos autores enseñan el ejercicio de la empatía como herramienta para “ganar amigos e influenciar a los demás”, pero el fin siempre es el egoísmo y la búsqueda de intereses personales. Jesucristo cambia el cuadro y nos llama a pensar en el otro desde nuestra autocrítica. En otras palabras, ¡pongámonos en los “zapatos” de nuestro prójimo!
¡Buen Fin de Semana!
Siempre recuerdo el proyecto universitario que mi amigo Pablo y yo llevamos adelante para determinar si los cines de cierto barrio de Buenos Aires contaban con facilidades para personas con movilidad reducida. Para ello nos contactamos con un estudiante que utilizaba una silla de ruedas eléctrica debido a su minusvalía motriz, quien inmediatamente aceptó acompañarnos en nuestra investigación.
¡Cuántas cosas aprendí esa tarde! Nuestro “paseo” abarcó un amplio sector de la avenida principal, en el que sufrimos un sinnúmero de peripecias. ¡Sí! Cosas tan simples como cruzar la calle, entrar a un bar, subir a un autobús o utilizar un teléfono público, se tornaron acciones complicadas y difíciles de realizar sin la ayuda de los demás. Pero la nota “tragicómica” ocurrió cuando llegamos a un famoso restaurante y preguntamos por el baño para “discapacitados”, a lo que nos respondieron: -“Sí, tenemos subiendo por las escaleras, en el primer piso, a la derecha”. ¡Subiendo por las escaleras!
El resultado final no hizo más que corroborar nuestra hipótesis: las salas cinematográficas no estaban preparadas para recibir a quienes padecen un impedimento físico. ¡La sociedad tampoco!
A veces pienso que nuestro mundo se asemeja a un “talk show” televisivo, en el que cada individuo hace las veces del “opinólogo profesional”, vertiendo críticas, juicios de valor y estableciendo los parámetros del ciudadano aceptable y exitoso. Reglas implícitas que al fin y al cabo nadie quiere ni puede cumplir.
Jesucristo dijo: “No se conviertan en jueces de los demás, y así Dios no los juzgará a ustedes. Si son muy duros para juzgar a otras personas, Dios será igualmente duro con ustedes. Él los tratará como ustedes traten a los demás” (San Mateo 7.1-2).
Algunos autores enseñan el ejercicio de la empatía como herramienta para “ganar amigos e influenciar a los demás”, pero el fin siempre es el egoísmo y la búsqueda de intereses personales. Jesucristo cambia el cuadro y nos llama a pensar en el otro desde nuestra autocrítica. En otras palabras, ¡pongámonos en los “zapatos” de nuestro prójimo!
¡Buen Fin de Semana!
