El pecado social o estructural. Cómo se manifiesta y su relación con el pecado personal.
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El caso de un pueblo toba:
Esto es un hecho que viví. En una conversación con mi padre, diácono del ministerio de “Acción Social” de su congregación, me comentaba lo siguiente:
Cuando fue a colaborar con los indígenas tobas de una población indígena, recabando sus necesidades, mantuvo conversaciones con el pastor de este pueblo originario. Dentro de la pobreza en que viven, me llamó la atención lo que sigue:
Su pueblo sufre la contaminación de las aguas del río junto al cual se encuentra su población, dado que corriente arriba una industria vuelca sus efluvios nocivos a la corriente de agua.
Varios integrantes del pueblo reciben mensualmente del gobierno un dinero muy escaso por encontrarse desempleados, en un plan de “Cabezas de Hogares de Familia-
Ahora bien, el Almacén de Ramos Generales más cercano –la ciudad se encuentra bastante lejos, especialmente por el hecho de que el asentamiento indígena no cuenta con medios de locomoción motorizados- donde su gente se provee baja sus precios cuando ya ha pasado buena parte del mes, es decir, cuando a los tobas ya no les quedan casi dinero para comprar provisiones. Luego, cuando los tobas cobran el subsidio, los precios vuelven a su valor anterior.
El pueblo toba, tradicionalmente cazador, ante la invasión europea y la devastación ecológica producida, no pudo seguir ejerciendo esa labor de manera fructífera. Los misioneros le enseñaron a labrar la tierra, pero ante la tala de gran parte del bosque y destrucción de la vegetación chaqueña, la tierra se volvió poco productiva –más teniendo en cuenta la falta de tecnología adecuada para aprovecharla, debido a su costo-. De esta manera, por la falta de trabajo, quedaron sumidos por la pobreza. Una de sus actividades desarrolladas para subsistir es la de manufacturar artesanías. Las mismas llevan mucho tiempo de labor y se venden por un precio muy bajo, por lo que es una actividad muy poco rentable. Su tierra es la escasa y pobre que les dejó la “civilización”, como patética compensación por la conquista.
Por último, cuando los miembros de la comunidad toba son empleados, se lo hace como “mano de obra barata”, lo cual es aceptado resignadamente por los indígenas debido a su ausencia de opciones.
Este es un ejemplo de un pecado social o estructural que condena a un pueblo a la indigencia y a la indignidad.
Primer análisis:
Luego de lo expuesto, con mi padre analizaba lo siguiente:
El fabricante que arroja residuos al río, no está alcanzado por la ley. Por otra parte, si tuviera que resolver el problema de los desperdicios de una manera ecológica, el costo sería tan grande que no podría continuar con su producción, por falta de rentabilidad, y debería despedir a su personal perteneciente a la ciudad cercana. En este sentido, el fabricante es valorado porque suministra trabajo a un buen grupo de gente, en un contexto de 25 % de desocupación.
En cuanto al dueño del Almacén de Ramos Generales, arguye que su actitud obedece a la Ley de la Oferta y la Demanda. Esto es, cuando hay demanda de determinados productos, los precios suben, cuando hay mayor oferta que demanda, sus precios bajan.
Las artesanías se venden a un precio bajo que no alcanza para las necesidades de subsistencia de los indígenas, porque el valor de mercado no toma mayormente en cuenta el trabajo-hombre que demanda la elaboración del producto, ni las necesidades del productor, sino el “libre” juego de la oferta y la demanda.
Análisis en relación con el pecado personal:
El fundamento de la economía clásica es el principio de la armonía de intereses: que cada uno –abandonándose a su instinto egoísta- persiga por sí mismo la mayor suma de satisfacciones y se realizará la mayor felicidad para todo el mundo. Es una idea que, desde los primeros años del SVIII, Bernard de Mandeville había desarrollado en su célebre “Fábula de las abejas”. Mandeville imagina una colmena donde las abejas son codiciosas, ávidas de provecho, de alegría, de lujo no tienen ningún escrúpulo. La colmena zumba y prospera. Pero he aquí que nuestras abejas solicitan y obtienen de Júpiter el transformarse en virtuosas, honestas, sobrias, austeras, caritativas. Entonces las industrias de lujo no tienen más salida y los precios se hunden. La cesación del trabajo hace estragos en la colmena que peligra y sucumbe. Private vices, public benefits concluye Mandeville: los vicios de los individuos son beneficios para la sociedad. El egoísmo de cada uno es condición de prosperidad general. Nada más lejos de las enseñanzas de Cristo. No se trata de que el capitalismo sea más o menos “salvaje”. Se trata de algunas bases pecaminosas sobre las que se asienta.
En cuanto al vendedor de Ramos Generales y los indios tobas, respecto de las cosas que se cambian en el mercado, existe un lado “cuasi ético”, el de la “equidad”. La cuestión está en si se cambian a un precio “equitativo”, sin que intervenga en el trato el engaño ni la fuerza esa equidad, que no es buena ni mala, es el principio ético del mercado, y es el principio ético que gobierna la vida de la “personalidad mercantil”.
Pero amar al prójimo, sentirse identificado con él, dedicar la vida al desarrollo de las potencias espirituales propias, no forma parte de la ética de la equidad: vivimos en una situación paradójica: practicamos la ética de la equidad y profesamos la ética cristiana.
La sociedad moderna está formada por pequeñas partículas extrañas la una de la otra, pero a las que mantienen juntas los intereses egoístas –y no por solidaridad con su prójimo y amor hacia él- y la necesidad de usarse mutuamente, en flagrante contradicción con las enseñanzas cristianas. Es como si se pensase: “cada uno para sí, Dios para todos”. Pero el ser humano es un ser social con una profunda necesidad de participar en un grupo, de colaborar con él, de sentirse parte de él.
El vendedor usa a sus clientes. Todo el mundo es una mercancía para todo el mundo, tratado con cierta amistad por que si no es usado ahora, puede serlo más tarde. Se produce, entonces, una pecaminosa enajenación entre los seres humanos.
En cuanto a que los tobas son empleados como mano de obra barata, en esta orientación, el hombre y la mujer se sienten a sí mismos como una cosa para ser empleada con éxito en el mercado. El sentimiento de su identidad no nace de su actividad como individuo viviente y pensante, sino de su papel socioeconómico. Su sentido de su propio valor depende siempre de factores extraños a él mismo, de la veleidosa valoración del mercado, que decide acerca de su valor como decide acerca del de las mercancías. La personalidad enajenada que se pone en venta, pierde gran parte del sentimiento de dignidad. Y esto es algo que le sucede a la comunidad toba. Todo lo que haga perder la dignidad conferida por Dios, es pecado.
Otro basamento para el sistema económico imperante es el “darwinismo social”, el triunfo del más fuerte y, la consiguiente marginación del más débil, en este caso, el pueblo toba. Esta destrucción de la solidaridad es pecado.
La utopía neoliberal, que sacraliza la sociedad existente, propone como solución a esta “falta de funcionalidad” descripta, mayor “fe” en el mercado, que es perfecto, frente al ser humano imperfecto. El mercado contiene una promesa de salvación, en el grado en el cual es sacralizado como tal. Para peor, no perciben que este concepto se trata de una utopía, sino que la identifican con la realidad, resultando una ideología totalitaria e idolátrica y, por lo tanto, contraria a la voluntad de Dios. De esta manera, la burguesía defiende su interés en nombre del interés de todos.
Por último, cabe traer a colación, en especial con relación a la tierra de la que se vieron privados los pueblos originarios de América, que las leyes de Israel incorporan el carácter liberador de Dios.: La tierra es de Dios y no puede ser permanentemente enajenada. Por eso se prevé su periódica “liberación”, la anulación de la acumulación y de la enajenación o despojo que la función económica pueda haber creado. (Lv 25:2-4 8-10 23-28).
Esto es un hecho que viví. En una conversación con mi padre, diácono del ministerio de “Acción Social” de su congregación, me comentaba lo siguiente:
Cuando fue a colaborar con los indígenas tobas de una población indígena, recabando sus necesidades, mantuvo conversaciones con el pastor de este pueblo originario. Dentro de la pobreza en que viven, me llamó la atención lo que sigue:
Su pueblo sufre la contaminación de las aguas del río junto al cual se encuentra su población, dado que corriente arriba una industria vuelca sus efluvios nocivos a la corriente de agua.
Varios integrantes del pueblo reciben mensualmente del gobierno un dinero muy escaso por encontrarse desempleados, en un plan de “Cabezas de Hogares de Familia-
Ahora bien, el Almacén de Ramos Generales más cercano –la ciudad se encuentra bastante lejos, especialmente por el hecho de que el asentamiento indígena no cuenta con medios de locomoción motorizados- donde su gente se provee baja sus precios cuando ya ha pasado buena parte del mes, es decir, cuando a los tobas ya no les quedan casi dinero para comprar provisiones. Luego, cuando los tobas cobran el subsidio, los precios vuelven a su valor anterior.
El pueblo toba, tradicionalmente cazador, ante la invasión europea y la devastación ecológica producida, no pudo seguir ejerciendo esa labor de manera fructífera. Los misioneros le enseñaron a labrar la tierra, pero ante la tala de gran parte del bosque y destrucción de la vegetación chaqueña, la tierra se volvió poco productiva –más teniendo en cuenta la falta de tecnología adecuada para aprovecharla, debido a su costo-. De esta manera, por la falta de trabajo, quedaron sumidos por la pobreza. Una de sus actividades desarrolladas para subsistir es la de manufacturar artesanías. Las mismas llevan mucho tiempo de labor y se venden por un precio muy bajo, por lo que es una actividad muy poco rentable. Su tierra es la escasa y pobre que les dejó la “civilización”, como patética compensación por la conquista.
Por último, cuando los miembros de la comunidad toba son empleados, se lo hace como “mano de obra barata”, lo cual es aceptado resignadamente por los indígenas debido a su ausencia de opciones.
Este es un ejemplo de un pecado social o estructural que condena a un pueblo a la indigencia y a la indignidad.
Primer análisis:
Luego de lo expuesto, con mi padre analizaba lo siguiente:
El fabricante que arroja residuos al río, no está alcanzado por la ley. Por otra parte, si tuviera que resolver el problema de los desperdicios de una manera ecológica, el costo sería tan grande que no podría continuar con su producción, por falta de rentabilidad, y debería despedir a su personal perteneciente a la ciudad cercana. En este sentido, el fabricante es valorado porque suministra trabajo a un buen grupo de gente, en un contexto de 25 % de desocupación.
En cuanto al dueño del Almacén de Ramos Generales, arguye que su actitud obedece a la Ley de la Oferta y la Demanda. Esto es, cuando hay demanda de determinados productos, los precios suben, cuando hay mayor oferta que demanda, sus precios bajan.
Las artesanías se venden a un precio bajo que no alcanza para las necesidades de subsistencia de los indígenas, porque el valor de mercado no toma mayormente en cuenta el trabajo-hombre que demanda la elaboración del producto, ni las necesidades del productor, sino el “libre” juego de la oferta y la demanda.
Análisis en relación con el pecado personal:
El fundamento de la economía clásica es el principio de la armonía de intereses: que cada uno –abandonándose a su instinto egoísta- persiga por sí mismo la mayor suma de satisfacciones y se realizará la mayor felicidad para todo el mundo. Es una idea que, desde los primeros años del SVIII, Bernard de Mandeville había desarrollado en su célebre “Fábula de las abejas”. Mandeville imagina una colmena donde las abejas son codiciosas, ávidas de provecho, de alegría, de lujo no tienen ningún escrúpulo. La colmena zumba y prospera. Pero he aquí que nuestras abejas solicitan y obtienen de Júpiter el transformarse en virtuosas, honestas, sobrias, austeras, caritativas. Entonces las industrias de lujo no tienen más salida y los precios se hunden. La cesación del trabajo hace estragos en la colmena que peligra y sucumbe. Private vices, public benefits concluye Mandeville: los vicios de los individuos son beneficios para la sociedad. El egoísmo de cada uno es condición de prosperidad general. Nada más lejos de las enseñanzas de Cristo. No se trata de que el capitalismo sea más o menos “salvaje”. Se trata de algunas bases pecaminosas sobre las que se asienta.
En cuanto al vendedor de Ramos Generales y los indios tobas, respecto de las cosas que se cambian en el mercado, existe un lado “cuasi ético”, el de la “equidad”. La cuestión está en si se cambian a un precio “equitativo”, sin que intervenga en el trato el engaño ni la fuerza esa equidad, que no es buena ni mala, es el principio ético del mercado, y es el principio ético que gobierna la vida de la “personalidad mercantil”.
Pero amar al prójimo, sentirse identificado con él, dedicar la vida al desarrollo de las potencias espirituales propias, no forma parte de la ética de la equidad: vivimos en una situación paradójica: practicamos la ética de la equidad y profesamos la ética cristiana.
La sociedad moderna está formada por pequeñas partículas extrañas la una de la otra, pero a las que mantienen juntas los intereses egoístas –y no por solidaridad con su prójimo y amor hacia él- y la necesidad de usarse mutuamente, en flagrante contradicción con las enseñanzas cristianas. Es como si se pensase: “cada uno para sí, Dios para todos”. Pero el ser humano es un ser social con una profunda necesidad de participar en un grupo, de colaborar con él, de sentirse parte de él.
El vendedor usa a sus clientes. Todo el mundo es una mercancía para todo el mundo, tratado con cierta amistad por que si no es usado ahora, puede serlo más tarde. Se produce, entonces, una pecaminosa enajenación entre los seres humanos.
En cuanto a que los tobas son empleados como mano de obra barata, en esta orientación, el hombre y la mujer se sienten a sí mismos como una cosa para ser empleada con éxito en el mercado. El sentimiento de su identidad no nace de su actividad como individuo viviente y pensante, sino de su papel socioeconómico. Su sentido de su propio valor depende siempre de factores extraños a él mismo, de la veleidosa valoración del mercado, que decide acerca de su valor como decide acerca del de las mercancías. La personalidad enajenada que se pone en venta, pierde gran parte del sentimiento de dignidad. Y esto es algo que le sucede a la comunidad toba. Todo lo que haga perder la dignidad conferida por Dios, es pecado.
Otro basamento para el sistema económico imperante es el “darwinismo social”, el triunfo del más fuerte y, la consiguiente marginación del más débil, en este caso, el pueblo toba. Esta destrucción de la solidaridad es pecado.
La utopía neoliberal, que sacraliza la sociedad existente, propone como solución a esta “falta de funcionalidad” descripta, mayor “fe” en el mercado, que es perfecto, frente al ser humano imperfecto. El mercado contiene una promesa de salvación, en el grado en el cual es sacralizado como tal. Para peor, no perciben que este concepto se trata de una utopía, sino que la identifican con la realidad, resultando una ideología totalitaria e idolátrica y, por lo tanto, contraria a la voluntad de Dios. De esta manera, la burguesía defiende su interés en nombre del interés de todos.
Por último, cabe traer a colación, en especial con relación a la tierra de la que se vieron privados los pueblos originarios de América, que las leyes de Israel incorporan el carácter liberador de Dios.: La tierra es de Dios y no puede ser permanentemente enajenada. Por eso se prevé su periódica “liberación”, la anulación de la acumulación y de la enajenación o despojo que la función económica pueda haber creado. (Lv 25:2-4 8-10 23-28).
