EL MACROECUMENISMO Y LOS RETOS DE LA PAZ

0
EL MACROECUMENISMO Y LOS RETOS DE LA PAZ
Rev. Jairo Suárez
Cuando Irene me contó su historia, no era capaz ni siquiera de balbucear una palabra que pudiera animarla. Hacía ocho días que estaba huyendo con sus cuatro hijitos, sola en la vida de muerte que la estaba rodeando. Sola en la angustia de quien corre para salvar la vida, la propia y la de sus hijitos. Ellos con sus ojos grandes y rojos de tanto llorar habían visto el asesinato de su propio padre.
Irene se sentía sucia, quienes los expulsaron de la parcela, la habían violentado. Solo atiné a darle un abrazo. ¿Qué más podía hacer en este instante?
Seguramente quien ha estado en los momentos de llegada de una familia o parte de una familia a la ciudad, sabe que la realidad es tan cruel que el sentimiento de indefensión lo asalta con su mayor intensidad.
Lamentablemente esta historia se debe multiplicar y sumar cada día en esta Colombia que se preocupa por estar bien ante el mundo, pero no ve su propio interior. Hoy donde a la sombra del estado comunitario y de la seguridad democrática, se aplican estrategias que provocan una subcultura de la desconfianza y se influye para crear una polarización cauterizante de las conciencias puras. Hoy es cuando con más afán, experiencias de unidad en torno de los retos que nos presenta el país, toman relevancia porque surgen como respuesta a la situación de desesperanza de millones de personas. No podemos caer en la trampa de legitimar el nuevo ordenamiento que usa el sentimiento religioso en función de las estrategias del mercado y de la muerte. Los cristianos y no cristianos estamos llamados a ser constructores de la esperanza en una época en la que se pregona y afirma un gobierno de la proto-esperanza.
¿Qué significa ser constructores de la esperanza en medio de la proto-esperanza? Cuando Jesús oraba por sus discípulos, clamaba al Padre por la unidad de ellos y de los que habrían de venir para dar testimonio de El mismo, sin embargo, Jesús incluye el testimonio de la unidad en el contexto de un mundo que los odia y rechaza. En ese contexto del mundo como símbolo y encarnación del mal, los cristianos debieron difundir la esperanza que finalmente llevaría a la vivencia del Reino que se nos anticipa en la comunidad de Jerusalén.
Ese sueño de Dios, el sueño de la unidad en la diversidad es un sueño que hoy sigue en trámite. Sueño que estamos llamados a alimentar especialmente en este mundo que alimenta el fraccionamiento hasta de la integridad personal. En Colombia y en el continente se está despertando una sensibilidad por lo religioso que antes no se había visto. Pero ese interés por lo religioso y lo místico se está manifestando “en gran parte, más para una religión centrada en la dimensión individual, emocional y espectacular” Entonces dónde está la respuesta en procura de la unidad, si es lo individual el imperativo en todos los ámbitos de la vida.
Cuando hablamos de la esperanza como algo que se construye a partir de las señales de la unidad solidaria, estamos llamados a ser testigos vivenciales de la transformación que Dios ha hecho en nosotros y en nuestro entorno. Testimonio vivencial que debe ser proclamador de nuevas alternativas ante la violencia y desestructuración de la sociedad. Jesús no pide que salgamos del mundo, por el contrario, se preocupa por garantizar nuestra permanencia rogando que seamos guardados de el. Estar en el mundo, en la sociedad como actores responsables y políticos de la misma, es una responsabilidad tan espiritual como ir al culto. Por eso, podemos decir que si es posible pensar en la realización del sueño de Dios si comenzamos a pensar en la realización del sueño del hombre. Hablar de la esperanza es hablar de un futuro que es realizable hoy. Ahí es donde está la importancia de los procesos formativos y de acompañamiento a las comunidades que sufren directamente el impacto de la guerra, que en última instancia es la realización del anti-reino. En el llamado a la unidad como paradigma de la experiencia de Dios, estamos llamados a ser portadores de buenas nuevas de paz. Sin embargo tenemos que cuidarnos del otro peligro que hoy se está expandiendo a nivel mundial, es decir que en el contexto de un mundo globalizado y desorientado por amenazas orbitales, surgen los nuevos mesianismos, “líderes mesiánicos que se presentan como los salvadores de los males de la humanidad, llamando a todos los ciudadanos a vincularse a la nueva cruzada de salvación, constituida por los planes y estrategias políticas, económicas, militares y culturales, por ellos diseñadas” , el que no es con Dios es contra Dios.
Algunas pistas en esta dirección pueden ser encontradas en el contexto del mundo ecuménico que, a pesar de los pasos tímidos en Colombia, han venido siendo construidas con paciencia.
Hoy tenemos que recatar las esencias de la proclamación del evangelio que no se queda callado ante las injusticias, tenemos que reforzar la tarea profética de denuncia y anuncio. Creo que el quehacer profético hoy debe ser asumido en conjunto a fin de que como las diferentes partes del cuerpo, cada una aporte su experiencia y determinación. Esa proclamación profética puede ser asumida como el reto para la consecución de una paz duradera que puede estar bajo unos principios que respondan a la construcción de la esperanza.
Como colombianos, las víctimas de la violencia son personas que tienen vulnerados sus derechos. Derechos fundamentales y derechos económicos, sociales y culturales que son consagrados constitucionalmente. Ante esto como iglesias y organizaciones religiosas estamos en un proceso de aprendizaje para utilizar más efectivamente los medios y los instrumentos que nos otorgan la constitución y las leyes para velar y ser defensores de la vida, la paz, la justicia y la libertad de nuestros conciudadanos y de nosotros como sujetos activos de nuestra sociedad. Este es un quehacer propio de la actividad política de la iglesia y que en buena hora hemos comenzado. Las Iglesias y sus miembros hacen parte de la sociedad civil y como tal deben propender por los derechos humanos, el DIH y las garantías consagradas en la Carta Internacional de Derechos Humanos y en la Constitución de nuestro país.
El hecho del desplazamiento es reconocido por los y las afectadas como una gran injusticia que se suma a los grandes desatinos del Estado. En algunos casos hay gran resentimiento que sumado a los atropellos y desconocimiento de la dignidad humana por parte del Estado, provoca un anhelo de hacer justicia por sus propias manos. Aquí somos llamados como iglesias a asumir un papel de liderazgo y ser medio de conciliación. Así como Jesús fue voz de los que no tenían voz, queremos ser activos en nuestro papel de incidencia ante las autoridades en cualquiera de sus niveles para salvar vidas. Así como Ester nos enseña con su acción ante el poder “si cayo también moriré” (Ester 4)
También encontramos apoyo en nuestra función profética que denuncia las injusticias y los atropellos de las diferentes personas e instituciones pero no queremos limitarnos a la denuncia sino que, también, anunciamos que como iglesias que se han ganado el respeto de la gente podemos ser facilitadotes para que haya una interlocución directa de las comunidades con las instituciones sin mediaciones politiqueras como es usual en algunas regiones del país.
Es necesario implementar pedagogías participativas en las que los sujetos en su gran mayoría estén enterados de la totalidad de los procesos y se demuestre la transparencia en la ejecución de los recursos por parte de las congregaciones o de los equipos de trabajo respectivos. Esto provoca un gran empoderamiento y cuidado de los procesos, acabando con desconfianzas y malos entendidos.
También hay una preocupación por el concepto de identidad cultural y el encuentro de lo rural con lo urbano. Esta situación es importante en cuanto la mayoría de los las víctimas de la violencia y especialmente los desplazados, son campesinos que se confrontan con la cultura de las ciudades. Desde nuestra experiencia debemos entender y promover el respeto de lo otro, de la diversidad cultural. En ese sentido es importante implementar lenguajes adecuados normalmente aprehendidos del lenguaje de la población atendida. Procurar establecer medios de comunicación que entiendan los diferentes lenguajes y sean de uso común del imaginario de las diferentes poblaciones. Buscar actualización en temas que nos sirvan para implementar el aprendizaje mutuo y así lograr el enriquecimiento de la población afectada por las acciones de la oikoumene.
Todo proceso de desplazamiento provoca inestabilidad emocional, y esto es más fuerte en cuanto el desplazamiento se hace forzadamente, y se agregan agravantes, cuando los desplazados cambian de región cultural. Como parte del acompañamiento integral a los desplazados, las iglesias tienen mucho que aportar. La persona es un complejo de elementos que se integran y además del acompañamiento espiritual y afectivo, es necesario facilitar herramientas para que las personas en situación de desplazamiento sepan sortear los cambios sociales por los que están atravesando y sobre todo aprendan a “cambiar la actitud de victimización y dependencia por el empoderamiento individual y colectivo que los convierte en gestores de su propio desarrollo.”
Mediante el acompañamiento de personas capacitadas, y alianzas estratégicas e interdisciplinarias, deben atenderse los traumas provocados por la violencia que se da en los ámbitos que rodean al desplazado. Violencia estructural, violencia social en la ciudad y en el campo, violencia intrafamiliar, etc. La atención psicosocial debe estar orientada hacia “el rescate de la persona, la reconstrucción del proyecto de vida, así como el manejo adecuado de los duelos y traumas generados por la perdida de seres queridos y familiares.”
Pero también, esperamos que el retorno a la normalidad de la vida de las personas se de cómo constante de esperanza. No pueden haber procesos de desarrollo y organización participativa sin que las personas tengan por lo menos las necesidades básicas atendidas: abrigo, alimento, salud.
San Marcos 8:2ss nos muestra a Jesús y su preocupación por atender las necesidades primarias de aquellos que le siguen “tengo compasión de la gente” no se detiene a preguntar si son de El o no. Después de estar tres días compartiendo la palabra, Jesús ordena a sus discípulos que les den comida.
Es por esa motivación que urge establecer estrategias que atiendan las necesidades básicas de la gente y, junto con esto, se implemente un acompañamiento, que con las actividades pedagógicas, lleve a la organización y capacitación de los líderes y la comunidad de desplazados para generar procesos de autogestión y desarrollo.
Con estos y otros principios pienso que se pueden hacer aproximaciones importantes ante los retos de la paz a los cuales somos llamados desde la casa de todos, la oikoumene. Que todos podamos entrar en esa casa común que Dios nos ha venido preparando y que desde ya estamos invitados a disfrutar.

Compartir

Más recursos

Sponsor


Suscripción gratuita

Te avisaremos cuando agreguemos nuevos recursos. No te enviaremos más de uno o dos mensajes semanales.