él escribió "te amo" sobre la arena
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ÉL ESCRIBIÓ “TE AMO” SOBRE LA ARENA
Basada en un sermón del pastor de jóvenes Ale Gómez (Juan 8:1-9) y adaptada para la ocasión
“Ella nunca esperaba encontrarse con él. Él ansiaba encontrarse con ella.
Ella no sabe que él ya lo sabía todo de antemano… y hará lo inesperado…”
Ella tiene pocos recuerdos de su infancia. Ella memoriza con dolor sus primeros años.
Ella recuerda poco a Papá. Solo vivió con ella hasta sus primeros cuatro añitos.
Papá y Mamá convivieron cuatro años juntos. Al principio era la familia soñada. Luego se produjo la separación. Papá se convirtió en un adicto al alcohol y, entre gritos y discusiones siempre le pegaba a Mamá. Ella nunca se olvida de aquella noche en que Papá golpeó tanto a Mamá que logró dejarla inconsciente. Hasta que mamá un día tomó valor y lo echó de la casa.
Ella se desarrolla en su niñez siendo prácticamente la hija de una madre soltera.
Tiempo después se entera de que Papá vive fuera del país y durante el primer año se empeña en enviar una carta por mes para su hijita, pero Mamá por despecho abre y rompe cada carta delante de su hija sin que ella pueda enterarse del contenido.
De manera inmediata se denota la falta de ingresos en casa. Mamá opta por dedicarse a la costura y enviar a su hija a vender medias a la calle. De todos modos, aunque la niña pase frío y quede expuesta a las situaciones de la ciudad, debe colaborar en casa, piensa Mamá.
Ella no comprende que Mamá le permita la entrada a casa a otro hombre. Se desvirtúa el modelo de familia.
Mamá comienza una nueva relación amorosa convencida de que, al fin y al cabo necesita un marido que la mantenga y nuestra niña pasa a tener padrastro, que causa poca importancia para ella. Llegan nuevos hermanitos y, como hermana mayor, Ella carga con la responsabilidad de cuidado para sus hermanos, seguido de la venta de medias en la calle… no puede seguir estudiando… cursa solo hasta cuarto año de la primaria.
Años de hostilidad y desamparo marcan su niñez. Pocos fueron los momentos de haber disfrutado
Como hija.
Llega la etapa de la adolescencia. Las cosas en la familia no han mejorado significativamente.
Ella carece de una figura paterna. Carece de protección, de sentirse amada. Tiene un concepto errado de lo que significa familia.
Ella carece de autoestima.
Ella empieza a llamar la atención de los hombres. Siente satisfacción cada vez que un hombre se da vuelta para mirarla. Entiende que su cuerpo atrae al osado público masculino
A los trece años vive su primer noviazgo. Por primera vez se siente enamorada. Se trata de un joven del barrio, con el que mantiene un romance dos meses. La relación termina con el engaño del muchacho, es que hay otra chica de por medio. Esta traición representa un trago amargo para nuestra joven. “Odio a los hombres, son todos iguales…” llegó a decir.
De ahora en más reconoce al noviazgo, no por amor sino por la habilidad de seducir hombres. En cierto grado, esto trae algo de alivio a su baja autoestima.
En el transcurso de su juventud, ella elige pasar por una serie de fugaces vivencias de noviazgo con varios hombres, en su mayoría, adultos. Ella no se da cuenta que inconscientemente busca la figura paterna que careció desde pequeña.
De manera inesperada irrumpe un caballero ofreciéndole la “gran propuesta” cargada de infinitas promesas…una pareja estable, la vida matrimonial…deciden irse a vivir solos, casa propia…comenzar una nueva etapa…el comienzo del fin…
Casa nueva, tiempo nuevo para conocerse mutuamente y lograr la convivencia entre ambos. Conocer y reconocer las diferencias…los gustos…destacar lo que compartimos…superar lo que discrepamos.
Al poco tiempo de la nueva vida en pareja percibe una monotonía agonizante… siente que ser una tradicional mujer de hogar no es para ella. Estar encerrada en cuatro paredes, esperar que su marido llegue de trabajar para servirle… ”Me aburro” exclama.
Meses después se ve envuelta en un enredo “extramatrimonial”. Una suerte de amante, no puede evitarlo. Un joven intruso para ese sueño de familia. Citas en secreto, encuentros a escondidas…
La acusación de una entrometida vecina que los sorprende in fraganti, le juega una muy mala pasada y la cultura justiciera de su pueblo no hace acepciones: el adulterio es condenado con muerte.
El muchacho logra huir sabiendo lo que le espera pero un gran grupo de personas se toma de ella y la forcejea, la arrastra hasta la plaza de la ciudad, cuál criminal a su condena. Insultos, mentiras, difamación, maltratos…señales de una cultura machista.
Se comenta en que en aquella ciudad está de paso un hombre respetado y tratado como una especie de maestro ético y moral. Un muy nombrado líder espiritual, estudioso en la religión de su pueblo. Respetado por sus enseñanzas que no tenían comparación con algún otro sabio. Seguramente dictará que se cumpla la sagrada ley de muerte.
Los acusadores arrojan al suelo a la mujer delante de él, el gran conocedor de la ley. Ella nunca esperaba encontrarse con él. Él ansiaba encontrarse con ella. Ella y él frente a frente, como si se tratara de algo previsto. Ella no sabe que él ya lo sabía todo de antemano… y hará lo inesperado…
Ella comprende lo grave de la situación, Pero no quiere demostrar su miedo, aunque por dentro llora de dolor…nunca pensó terminar con su vida de esta manera. Soñaba morir anciana, llena de días… recostada en una confortable cama rodeada de hijos y nietos…como el sueño de toda dama.
La mujer se mantiene en silencio observando el suelo. No quiere levantar la vista. No quiere mirar a los que la acusan ordenando que se aplique el castigo de muerte. Tampoco quiere mirar al desconocido tirano con una suerte de juez parcial. Es que ella piensa dentro de sí que no quiere llevarse como último recuerdo la imagen de estos “verdugos ” aquellas horribles caras de hombres y mujeres gritando barbaridades, con hambre de ver correr sangre. Ni siquiera quiere escuchar las atrocidades que comentan, descalificando su reputación, tratándola de “mujerzuela…” “mujer de la calle…” “…siempre fue una cualquiera…” “…no merece vivir…” “…yo sospechaba de esta insolente…” “…qué más se puede esperar de esta clase de mujeres…” “su marido debió haberlo pensado antes de meterse con ella…”
Ella, reclinada, solo mira el suelo. Toda su vida pasa por la mente en cuestión de segundos como una película instantánea…su niñez…aquellos años de austeridad…y por más que se esfuerce en pensar, ya no recuerda algún buen momento de niña junto a Papá.
El Maestro todavía no dictó la sentencia y la gente se impacienta. De repente se genera un desconcierto. El gran Maestro se reclina y comienza a escribir en tierra frente a la acusada, que, para añadir desconcierto a la escena, se quiebra en llanto.
“…Que no queremos dibujitos en la arena…” “…queremos que proclames la sentencia, que consiste en que sea matada por el pueblo, por nuestras propias manos…” “…así es…” replicaban los religiosos de la ley al unísono, mientras se iba sumando mas público al improvisado acto judicial, cierta cantidad de jóvenes curiosos que andaban por ahí.
La sentencia fue fatal…para la conciencia de todos. El Maestro deja de escribir en la arena de la desértica ciudad, se levanta y anuncia en voz alta: “El que nunca cometió un error sea el primero en castigar a esta mujer”. El cargo de conciencia se sintió en forma colectiva, de manera que uno a uno los frustrados acusadores iniciaron retirada en silencio.
Ella y él siguen frente a frente, ahora solos. Él de pie. Ella postrada llorando. Siguiendo los cambios inesperados de esta situación, ella decide secarse las lágrimas, levantar la mirada para conocer el rostro de él, cuando nota una particular mirada de compasión. Ojos de paternidad. Ojos de amor. Algo sobrenatural en este hombre. Algo de Dios. Y es que, en ese preciso momento, comprende que Padre es Dios…que siempre estuvo con su amor mas allá de la experiencia que haya vivido con su padre natural. No puede explicarse lo incierto de pensar que se avecinaba el fin de sus días, todo parecía oscuro, sino fuera por la intervención divina...
Al momento, ella continúa llorando y siente como si le estuvieran quitando una pesada carga de la espalda haciendo que se sienta… “liberada” “sana” así se describe a sí misma. Como si hubiera una amargura que fue quitada de raíz. Ya no hay tristeza, solo la alegría renovada. Una paz abrumadora.
Por primera vez intercambian dialogo.
“Mujer, ¿dónde están los que te acusan? ¿ninguno te condenó?” pregunta el Maestro.
“Ninguno, Señor” responde ella.
“Entonces ni yo te condeno. Vete y no peques más” ordena él…
¿Qué fue lo que conmovió tanto a Ella…? que supo contemplar lo que los demás ignoraron: La escritura en la arena. Reconoció la frase en tierra como dedicada para sí. La frase en la arena es la palabra que ella siempre necesitó y nunca había recibido. Ella queda impactada, ya que nunca había sentido tan viva y tan puntual esa leyenda.
Él no se dejó llevar por apariencias, él no hizo caso de conductas. Él procuró ver más allá, él apeló a la verdad que dicta cada corazón. Solo él…
…él escribió “te amo” sobre la arena.
Basada en un sermón del pastor de jóvenes Ale Gómez (Juan 8:1-9) y adaptada para la ocasión
“Ella nunca esperaba encontrarse con él. Él ansiaba encontrarse con ella.
Ella no sabe que él ya lo sabía todo de antemano… y hará lo inesperado…”
Ella tiene pocos recuerdos de su infancia. Ella memoriza con dolor sus primeros años.
Ella recuerda poco a Papá. Solo vivió con ella hasta sus primeros cuatro añitos.
Papá y Mamá convivieron cuatro años juntos. Al principio era la familia soñada. Luego se produjo la separación. Papá se convirtió en un adicto al alcohol y, entre gritos y discusiones siempre le pegaba a Mamá. Ella nunca se olvida de aquella noche en que Papá golpeó tanto a Mamá que logró dejarla inconsciente. Hasta que mamá un día tomó valor y lo echó de la casa.
Ella se desarrolla en su niñez siendo prácticamente la hija de una madre soltera.
Tiempo después se entera de que Papá vive fuera del país y durante el primer año se empeña en enviar una carta por mes para su hijita, pero Mamá por despecho abre y rompe cada carta delante de su hija sin que ella pueda enterarse del contenido.
De manera inmediata se denota la falta de ingresos en casa. Mamá opta por dedicarse a la costura y enviar a su hija a vender medias a la calle. De todos modos, aunque la niña pase frío y quede expuesta a las situaciones de la ciudad, debe colaborar en casa, piensa Mamá.
Ella no comprende que Mamá le permita la entrada a casa a otro hombre. Se desvirtúa el modelo de familia.
Mamá comienza una nueva relación amorosa convencida de que, al fin y al cabo necesita un marido que la mantenga y nuestra niña pasa a tener padrastro, que causa poca importancia para ella. Llegan nuevos hermanitos y, como hermana mayor, Ella carga con la responsabilidad de cuidado para sus hermanos, seguido de la venta de medias en la calle… no puede seguir estudiando… cursa solo hasta cuarto año de la primaria.
Años de hostilidad y desamparo marcan su niñez. Pocos fueron los momentos de haber disfrutado
Como hija.
Llega la etapa de la adolescencia. Las cosas en la familia no han mejorado significativamente.
Ella carece de una figura paterna. Carece de protección, de sentirse amada. Tiene un concepto errado de lo que significa familia.
Ella carece de autoestima.
Ella empieza a llamar la atención de los hombres. Siente satisfacción cada vez que un hombre se da vuelta para mirarla. Entiende que su cuerpo atrae al osado público masculino
A los trece años vive su primer noviazgo. Por primera vez se siente enamorada. Se trata de un joven del barrio, con el que mantiene un romance dos meses. La relación termina con el engaño del muchacho, es que hay otra chica de por medio. Esta traición representa un trago amargo para nuestra joven. “Odio a los hombres, son todos iguales…” llegó a decir.
De ahora en más reconoce al noviazgo, no por amor sino por la habilidad de seducir hombres. En cierto grado, esto trae algo de alivio a su baja autoestima.
En el transcurso de su juventud, ella elige pasar por una serie de fugaces vivencias de noviazgo con varios hombres, en su mayoría, adultos. Ella no se da cuenta que inconscientemente busca la figura paterna que careció desde pequeña.
De manera inesperada irrumpe un caballero ofreciéndole la “gran propuesta” cargada de infinitas promesas…una pareja estable, la vida matrimonial…deciden irse a vivir solos, casa propia…comenzar una nueva etapa…el comienzo del fin…
Casa nueva, tiempo nuevo para conocerse mutuamente y lograr la convivencia entre ambos. Conocer y reconocer las diferencias…los gustos…destacar lo que compartimos…superar lo que discrepamos.
Al poco tiempo de la nueva vida en pareja percibe una monotonía agonizante… siente que ser una tradicional mujer de hogar no es para ella. Estar encerrada en cuatro paredes, esperar que su marido llegue de trabajar para servirle… ”Me aburro” exclama.
Meses después se ve envuelta en un enredo “extramatrimonial”. Una suerte de amante, no puede evitarlo. Un joven intruso para ese sueño de familia. Citas en secreto, encuentros a escondidas…
La acusación de una entrometida vecina que los sorprende in fraganti, le juega una muy mala pasada y la cultura justiciera de su pueblo no hace acepciones: el adulterio es condenado con muerte.
El muchacho logra huir sabiendo lo que le espera pero un gran grupo de personas se toma de ella y la forcejea, la arrastra hasta la plaza de la ciudad, cuál criminal a su condena. Insultos, mentiras, difamación, maltratos…señales de una cultura machista.
Se comenta en que en aquella ciudad está de paso un hombre respetado y tratado como una especie de maestro ético y moral. Un muy nombrado líder espiritual, estudioso en la religión de su pueblo. Respetado por sus enseñanzas que no tenían comparación con algún otro sabio. Seguramente dictará que se cumpla la sagrada ley de muerte.
Los acusadores arrojan al suelo a la mujer delante de él, el gran conocedor de la ley. Ella nunca esperaba encontrarse con él. Él ansiaba encontrarse con ella. Ella y él frente a frente, como si se tratara de algo previsto. Ella no sabe que él ya lo sabía todo de antemano… y hará lo inesperado…
Ella comprende lo grave de la situación, Pero no quiere demostrar su miedo, aunque por dentro llora de dolor…nunca pensó terminar con su vida de esta manera. Soñaba morir anciana, llena de días… recostada en una confortable cama rodeada de hijos y nietos…como el sueño de toda dama.
La mujer se mantiene en silencio observando el suelo. No quiere levantar la vista. No quiere mirar a los que la acusan ordenando que se aplique el castigo de muerte. Tampoco quiere mirar al desconocido tirano con una suerte de juez parcial. Es que ella piensa dentro de sí que no quiere llevarse como último recuerdo la imagen de estos “verdugos ” aquellas horribles caras de hombres y mujeres gritando barbaridades, con hambre de ver correr sangre. Ni siquiera quiere escuchar las atrocidades que comentan, descalificando su reputación, tratándola de “mujerzuela…” “mujer de la calle…” “…siempre fue una cualquiera…” “…no merece vivir…” “…yo sospechaba de esta insolente…” “…qué más se puede esperar de esta clase de mujeres…” “su marido debió haberlo pensado antes de meterse con ella…”
Ella, reclinada, solo mira el suelo. Toda su vida pasa por la mente en cuestión de segundos como una película instantánea…su niñez…aquellos años de austeridad…y por más que se esfuerce en pensar, ya no recuerda algún buen momento de niña junto a Papá.
El Maestro todavía no dictó la sentencia y la gente se impacienta. De repente se genera un desconcierto. El gran Maestro se reclina y comienza a escribir en tierra frente a la acusada, que, para añadir desconcierto a la escena, se quiebra en llanto.
“…Que no queremos dibujitos en la arena…” “…queremos que proclames la sentencia, que consiste en que sea matada por el pueblo, por nuestras propias manos…” “…así es…” replicaban los religiosos de la ley al unísono, mientras se iba sumando mas público al improvisado acto judicial, cierta cantidad de jóvenes curiosos que andaban por ahí.
La sentencia fue fatal…para la conciencia de todos. El Maestro deja de escribir en la arena de la desértica ciudad, se levanta y anuncia en voz alta: “El que nunca cometió un error sea el primero en castigar a esta mujer”. El cargo de conciencia se sintió en forma colectiva, de manera que uno a uno los frustrados acusadores iniciaron retirada en silencio.
Ella y él siguen frente a frente, ahora solos. Él de pie. Ella postrada llorando. Siguiendo los cambios inesperados de esta situación, ella decide secarse las lágrimas, levantar la mirada para conocer el rostro de él, cuando nota una particular mirada de compasión. Ojos de paternidad. Ojos de amor. Algo sobrenatural en este hombre. Algo de Dios. Y es que, en ese preciso momento, comprende que Padre es Dios…que siempre estuvo con su amor mas allá de la experiencia que haya vivido con su padre natural. No puede explicarse lo incierto de pensar que se avecinaba el fin de sus días, todo parecía oscuro, sino fuera por la intervención divina...
Al momento, ella continúa llorando y siente como si le estuvieran quitando una pesada carga de la espalda haciendo que se sienta… “liberada” “sana” así se describe a sí misma. Como si hubiera una amargura que fue quitada de raíz. Ya no hay tristeza, solo la alegría renovada. Una paz abrumadora.
Por primera vez intercambian dialogo.
“Mujer, ¿dónde están los que te acusan? ¿ninguno te condenó?” pregunta el Maestro.
“Ninguno, Señor” responde ella.
“Entonces ni yo te condeno. Vete y no peques más” ordena él…
¿Qué fue lo que conmovió tanto a Ella…? que supo contemplar lo que los demás ignoraron: La escritura en la arena. Reconoció la frase en tierra como dedicada para sí. La frase en la arena es la palabra que ella siempre necesitó y nunca había recibido. Ella queda impactada, ya que nunca había sentido tan viva y tan puntual esa leyenda.
Él no se dejó llevar por apariencias, él no hizo caso de conductas. Él procuró ver más allá, él apeló a la verdad que dicta cada corazón. Solo él…
…él escribió “te amo” sobre la arena.
