El Cristiano y la Política
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¿Qué podemos decir de la relación entre el ser cristiano y el ser político?
El primer dato a tener en cuenta es que venimos de una historia todavía reciente, en la que se ha entendido que no debería relacionarse una cuestión con otra, aunque en el fondo bien que lo estaban necesitamos recobrar otra visión que es la propia de la fe cristiana y que viene exigida por la encarnación. A los cristianos se les pide entrar hasta el fondo de la realidad para servirla y dignificarla, es decir, que hay que “ensuciarse las manos con la masa de lo común y lo público” para que avance el reino proclamado por Jesús de Nazaret. Quiero decir con esto, que ha de ser de lo más normal en un cristiano con coherencia el compromiso político, y lo extraño el que se mantenga al margen o lo viva por inercias de cualquier tipo.
Pero ¿Qué ha de ser lo propio y específico de un creyente en estos espacios?
Por una parte, en comunión con los demás políticos con sus propias convicciones, habrá de ser un hombre de gestión y de acción que tenga desarrolladas las habilidades necesarias para el cargo y el puesto que ocupe, con una buena formación, teniendo como criterio fundamental el servicio a la sociedad y el bien común y no aceptando nunca aquello para lo que no se encuentre realmente preparado ,ni buscando un protagonismo que le ponga a él por encima de su servicio amén de saber trabajar en común y corresponsablemente.
Por otra, será algo específico en él su motivación de fondo y las claves con las que quiere ejercer su modo político. En su fuero interno le estará motivando la construcción del Reino de Dios, esa fraternidad utópica y esperanzada que nos mueve continuamente desde nuestra fe en la resurrección y que baila a gusto con el nuevo slogan de que “otro mundo es posible” la utopía le empujará a claves inexcusables como la opción por lo público y lo común la predilección por los pobres y los más débiles de la sociedad saber relativizar el aparataje de la política y la burocracia, incluso la ideología de partido, ante la dignidad de las personas y la vida, el criterio de la igualdad y la justicia, y la imparcialidad para promover el derecho y la participación activa y ciudadana, que integre a las personas de un modo vivo y corresponsable en la gestión de la sociedad y de lo público, al margen de sus creencias, ideologías y pertenencias políticas por ello no hará de la designación de los cargos de gestión y de técnicos lugar de apropiación ideológica y partidista sabrá aceptar e integrar fecundamente el fracaso cuando este venga por haber sido coherente y fiel con los valores fundamentales que proclama nunca estará dispuesto a perder su libertad radical, ni su espíritu de diálogo y de encuentro común en la búsqueda de la verdad y del bien hacer habrá de ejercer la denuncia profética con la ternura de los que buscan el bien común y de los débiles y no la destrucción ni el vencimiento de nadie.
Ni que decir tiene que mantenerse en la brecha con este talante es inviable si el político cristiano no tiene raíces profundas, si no las alimenta en su silencio y soledad, y si no se ve acompañado por una comunidad que le mira como hermano y le apoya sabiendo que él está llevando adelante una labor que es muy necesaria desde el Reino que queremos, pero que es bien dura si se quiere ejercer con verdad, por lo que necesita de la comunidad que ayude a ir leyendo en creyente los signos de vida, de muerte, de fracaso y de éxito, de pasión, conflicto y resurrección.
Por todo esto me siento agradecido a todos los que movidos por su fe se adentran en la gestión política y que trabajan por ser coherentes y fieles con sus principios fundantes. Estos cristianos nos interpelan para acompañar a personas creyentes en la dimensión socio-política de su fe, y reclaman, con todo derecho, en la propia iglesia espacios que les ayuden a mantenerse desde una lectura creyente y comunitaria de su quehacer.
El primer dato a tener en cuenta es que venimos de una historia todavía reciente, en la que se ha entendido que no debería relacionarse una cuestión con otra, aunque en el fondo bien que lo estaban necesitamos recobrar otra visión que es la propia de la fe cristiana y que viene exigida por la encarnación. A los cristianos se les pide entrar hasta el fondo de la realidad para servirla y dignificarla, es decir, que hay que “ensuciarse las manos con la masa de lo común y lo público” para que avance el reino proclamado por Jesús de Nazaret. Quiero decir con esto, que ha de ser de lo más normal en un cristiano con coherencia el compromiso político, y lo extraño el que se mantenga al margen o lo viva por inercias de cualquier tipo.
Pero ¿Qué ha de ser lo propio y específico de un creyente en estos espacios?
Por una parte, en comunión con los demás políticos con sus propias convicciones, habrá de ser un hombre de gestión y de acción que tenga desarrolladas las habilidades necesarias para el cargo y el puesto que ocupe, con una buena formación, teniendo como criterio fundamental el servicio a la sociedad y el bien común y no aceptando nunca aquello para lo que no se encuentre realmente preparado ,ni buscando un protagonismo que le ponga a él por encima de su servicio amén de saber trabajar en común y corresponsablemente.
Por otra, será algo específico en él su motivación de fondo y las claves con las que quiere ejercer su modo político. En su fuero interno le estará motivando la construcción del Reino de Dios, esa fraternidad utópica y esperanzada que nos mueve continuamente desde nuestra fe en la resurrección y que baila a gusto con el nuevo slogan de que “otro mundo es posible” la utopía le empujará a claves inexcusables como la opción por lo público y lo común la predilección por los pobres y los más débiles de la sociedad saber relativizar el aparataje de la política y la burocracia, incluso la ideología de partido, ante la dignidad de las personas y la vida, el criterio de la igualdad y la justicia, y la imparcialidad para promover el derecho y la participación activa y ciudadana, que integre a las personas de un modo vivo y corresponsable en la gestión de la sociedad y de lo público, al margen de sus creencias, ideologías y pertenencias políticas por ello no hará de la designación de los cargos de gestión y de técnicos lugar de apropiación ideológica y partidista sabrá aceptar e integrar fecundamente el fracaso cuando este venga por haber sido coherente y fiel con los valores fundamentales que proclama nunca estará dispuesto a perder su libertad radical, ni su espíritu de diálogo y de encuentro común en la búsqueda de la verdad y del bien hacer habrá de ejercer la denuncia profética con la ternura de los que buscan el bien común y de los débiles y no la destrucción ni el vencimiento de nadie.
Ni que decir tiene que mantenerse en la brecha con este talante es inviable si el político cristiano no tiene raíces profundas, si no las alimenta en su silencio y soledad, y si no se ve acompañado por una comunidad que le mira como hermano y le apoya sabiendo que él está llevando adelante una labor que es muy necesaria desde el Reino que queremos, pero que es bien dura si se quiere ejercer con verdad, por lo que necesita de la comunidad que ayude a ir leyendo en creyente los signos de vida, de muerte, de fracaso y de éxito, de pasión, conflicto y resurrección.
Por todo esto me siento agradecido a todos los que movidos por su fe se adentran en la gestión política y que trabajan por ser coherentes y fieles con sus principios fundantes. Estos cristianos nos interpelan para acompañar a personas creyentes en la dimensión socio-política de su fe, y reclaman, con todo derecho, en la propia iglesia espacios que les ayuden a mantenerse desde una lectura creyente y comunitaria de su quehacer.
