Diosito
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Carta escrita a mi hija de siete años, el domingo 20 de febrero de 2000:
- ¡Diosito!
Así llamas a Dios, hija mía. No porque sea pequeño, sino porque te inspira gran ternura. La misma que te mueve a mimar a mi padre como si fuera un bebé, cada vez que te encuentras con él.
- ¡Yiyii ...!
Le dices, mientras le haces cosquillas en el vientre. El, casi tambaleante por su avanzada edad, te mira un poco asustado, y sonríe solamente. Me brindaste una gran alegría este verano, ya que por primera vez quisiste sentarte en la clase de las niñitas, durante la escuela dominical de nuestra iglesia. Eres regalona de tu madre, y te costó bastante apartarte de ella como también hace unos años le costó a tu hermano apartarse de mí. Me preguntaste hace un tiempo atrás:
- ¿Adónde van las personas cuando se mueren?
Te respondí:
- Al cielo, que es lindo, si se portan bien y al infierno, que es feo, si se portan mal.
Luego proseguiste:
- ¿En el cielo hay flores?
- ¡Sí! – te dije.
Terminaste con una pregunta sorprendente:
- ¿Entonces las flores se van al cielo cuando se mueren?
Sí, hija mía. El que una niña dulce como tú piense que las flores, que son tan buenas, se van al cielo tras su muerte es tan natural como el que un hombre maduro como yo piense que sus padres se irán también al cielo, cuando su vida en la tierra se acabe. Como ocurre con las flores, la vida en ellos se ha ido marchitando, y hoy se les ve algo encogidos y faltos de fuerza. Se me hace difícil pensar en esto, sin que mi espíritu se entristezca, y también se rebele en alguna medida, al saber que no queda mucho para que deje de verlos sobre la faz de este mundo. Y aún con toda la fortaleza que Dios me ha dado, me atrevo a preguntar como un niño:
¿Por qué debe ser esto así?
Dos imágenes se cruzan por mi mente con frecuencia: veo a mi padre regresar del trabajo, con sus paquetes de herramientas y cables, con paso firme y presuroso, a pesar de su ardua jornada y veo a mi madre lanzar su voz al viento, para hablar a los hombres de Cristo, con un mensaje tan potente como sus convicciones. Pero ahora todo es distinto. Ya no trabaja mi padre en las casas que construyen los ricos, y casi no es capaz de escuchar las conversaciones que se realizan a su alrededor, a causa de su avanzada sordera. Ya no predica mi madre en las calles de la ciudad, y apenas puede caminar, debido a los dolores que le producen las várices internas en sus piernas. Y al contemplar que sufren, quisiera que pudieran regresar a sus mejores tiempos. Entonces lloro, hija mía. No puedo evitarlo, aunque nunca ellos me vean hacerlo. ¡Mamá y Papá! ¡Cuánto me han entregado! ¡Cuánto los he querido! Pero tengo el gran consuelo de saber que fueron padres de los mejores. Se irán al cielo, igual que las flores, como tú afirmaste tan sabiamente. Quizá mi padre vaya primero, como solía adelantarse al caminar sobre esta tierra. Tal vez se vayan juntos ya que después de tantos años compartidos, seguramente no querrán estar mucho tiempo separados. Más tarde los alcanzaremos sus hijos y sus nietos, y entonces podrás comprobar, con tus propios ojos, que las flores del cielo no vuelven a morir jamás.
Nota: Mi padre expiró el día jueves 23 de enero de 2003, a los noventa y seis años de edad, dormido sobre su cama.
- ¡Diosito!
Así llamas a Dios, hija mía. No porque sea pequeño, sino porque te inspira gran ternura. La misma que te mueve a mimar a mi padre como si fuera un bebé, cada vez que te encuentras con él.
- ¡Yiyii ...!
Le dices, mientras le haces cosquillas en el vientre. El, casi tambaleante por su avanzada edad, te mira un poco asustado, y sonríe solamente. Me brindaste una gran alegría este verano, ya que por primera vez quisiste sentarte en la clase de las niñitas, durante la escuela dominical de nuestra iglesia. Eres regalona de tu madre, y te costó bastante apartarte de ella como también hace unos años le costó a tu hermano apartarse de mí. Me preguntaste hace un tiempo atrás:
- ¿Adónde van las personas cuando se mueren?
Te respondí:
- Al cielo, que es lindo, si se portan bien y al infierno, que es feo, si se portan mal.
Luego proseguiste:
- ¿En el cielo hay flores?
- ¡Sí! – te dije.
Terminaste con una pregunta sorprendente:
- ¿Entonces las flores se van al cielo cuando se mueren?
Sí, hija mía. El que una niña dulce como tú piense que las flores, que son tan buenas, se van al cielo tras su muerte es tan natural como el que un hombre maduro como yo piense que sus padres se irán también al cielo, cuando su vida en la tierra se acabe. Como ocurre con las flores, la vida en ellos se ha ido marchitando, y hoy se les ve algo encogidos y faltos de fuerza. Se me hace difícil pensar en esto, sin que mi espíritu se entristezca, y también se rebele en alguna medida, al saber que no queda mucho para que deje de verlos sobre la faz de este mundo. Y aún con toda la fortaleza que Dios me ha dado, me atrevo a preguntar como un niño:
¿Por qué debe ser esto así?
Dos imágenes se cruzan por mi mente con frecuencia: veo a mi padre regresar del trabajo, con sus paquetes de herramientas y cables, con paso firme y presuroso, a pesar de su ardua jornada y veo a mi madre lanzar su voz al viento, para hablar a los hombres de Cristo, con un mensaje tan potente como sus convicciones. Pero ahora todo es distinto. Ya no trabaja mi padre en las casas que construyen los ricos, y casi no es capaz de escuchar las conversaciones que se realizan a su alrededor, a causa de su avanzada sordera. Ya no predica mi madre en las calles de la ciudad, y apenas puede caminar, debido a los dolores que le producen las várices internas en sus piernas. Y al contemplar que sufren, quisiera que pudieran regresar a sus mejores tiempos. Entonces lloro, hija mía. No puedo evitarlo, aunque nunca ellos me vean hacerlo. ¡Mamá y Papá! ¡Cuánto me han entregado! ¡Cuánto los he querido! Pero tengo el gran consuelo de saber que fueron padres de los mejores. Se irán al cielo, igual que las flores, como tú afirmaste tan sabiamente. Quizá mi padre vaya primero, como solía adelantarse al caminar sobre esta tierra. Tal vez se vayan juntos ya que después de tantos años compartidos, seguramente no querrán estar mucho tiempo separados. Más tarde los alcanzaremos sus hijos y sus nietos, y entonces podrás comprobar, con tus propios ojos, que las flores del cielo no vuelven a morir jamás.
Nota: Mi padre expiró el día jueves 23 de enero de 2003, a los noventa y seis años de edad, dormido sobre su cama.
