Cuando los cristianos aprenden a dar

0
Cuando los cristianos aprenden a dar
Qué viene primero: ¿La predisposición para dar o los medios financieros para hacerlo?

“Pues ustedes que sobresalen en todo: en fe, en facilidad de palabra, en conocimientos, en buena disposición para servir y en amor que aprendieron de nosotros, igualmente deben sobresalir en esta obra de caridad” 2 Co 8:7

¡Un testimonio de bendición!

A principio de los sesenta estuvimos trabajando mi esposa y yo en una obra misionera en una comunidad del norte de Chile. El trabajo iba muy bien. Si bien las posibilidades eran humildes teníamos en nuestra casa mucho lugar y algunas veces venían hasta casi ochenta adultos a los cultos los domingos al atardecer.
Ansiábamos poder estar el tiempo suficiente allí, para poder ver como los jóvenes cristianos evangelizaban por sí mismos en la región, lograran una dirección propia de la congregación y pudiesen pagar un pastor propio. En dos regiones funcionaba muy bien, sin embargo en la última había muchas dificultades. La ofrenda mensual de la comunidad no ascendía más allá de los $ 7.- dólares
¿Eramos demasiado pobres para dar algo?
Algunos miembros de nuestra comunidad tenían un trabajo regular, pero también tenían grandes familias que alimentar, y sus sueldos no eran muy altos. Otros tenían pequeños almacenes y otros talleres de reparación de calzados o parecidos. La mayoría eran muy pobres.
La mala situación financiera de nuestra comunidad me daba rabia, pero no sabía, como hacer para cambiarla. Temía dejar abandonada a una comunidad que, jamás sería capaz de autofinanciarse. Sin embargo no podía insistirle a la gente que diesen más. Hubiese sido para muchos sacarle el pan de la boca. Finalmente comencé a orar por este problema. Cada mañana abría mi corazón a Dios, pero me encontraba sin consuelo y no sabía como hubiese podido cambiar la situación.
Seis semanas después visité a un matrimonio que hacía poco habían encontrado el camino a Cristo. Leían juntos la Biblia y siempre cuando yo llegaba tenían preguntas interesantes. Después de haber hablado sobre muchas cosas me preguntó Manuel: “¿Dígame qué opina del ‘diezmo’? Hemos tropezado con este término, cuando leímos la Biblia, pero no supimos que significaba” (Levítico 27.30-32 Deuteronomio 14.22 2 Crónicas 31.5 Nehemías 10.38 Malaquías 3.10). No me llamo la atención que esta fuera la primer respuesta a mis plegarias. Intente realmente eludir esta pregunta. Manuel era un carpintero, sin embargo desde hacía semanas no tenía más trabajo. El y su mujer se alimentaban de la venta de huevos que ponían sus 25 gallinas rojas Island . Estaba seguro que era una pura pérdida de tiempo hablar con ellos acerca del ‘diezmo’.
Pero, quien a Dios algo da...
Como ellos pidieron una respuesta les expliqué 1 Corintios 15 y 2 Corintios 8.7, donde Pablo le pide a los creyentes dar algo para el Señor cada semana. Pablo les aseguraba que, Dios cuidaría de ellos de alguna forma.
Al siguiente domingo me dio Manuel a la salida del culto un sobre en la mano. Cuando el vio mi cara sorprendida, dijo - no sin orgullo-: “¡Este es nuestro ‘diezmo’!” Yo casi no pude creerlo y permanecí de pie un largo rato en la salida.
Cuando Manuel se fue, abrí el sobre y encontré diecinueve centavos. En la próxima tarde de domingo pase delante de la casa de ellos. Me hicieron señas que viniese pues tenían noticias sorpresivas para mí.
... se obsequia ricamente a sí mismo!
El domingo dieron su ‘diezmo’, el martes a la mañana no tenían un pedazo de pan siquiera en la casa, y tampoco tenían dinero, para comprarse comida. Su primer pensamiento fue ir a la pequeña caja de dinero, en donde habían puesto el ‘diezmo’ para esa semana. Sin embargo el segundo pensamiento rechazó eso: “No, no tomaremos de ese dinero, le pertenece a Dios. Simplemente hoy no vamos a desayunar”. Pero en realidad no había nada que hacer, aparte de mirar sus gallinas. Para su gran sorpresa algunas gallinas ya habían puesto huevos - ¡a las seis de la mañana!- Hasta ese momento jamás habían puesto huevos antes del mediodía.
Manuel juntó rápidamente los huevos y los vendió en la calle. Consiguieron un buen dinero y así pudo por ese día comprar lo suficiente para comer. A la tarde del mismo día golpeó un anciano la puerta y preguntó si tenía un carro de abono natural para él. Ellos desde hacía un tiempo no habían limpiado el gallinero y le pudieron dar veinte bolsas de abono. También con esto obtuvieron un buen dinero. Con esto compraron alimento para las gallinas, comestibles para ellos y hasta les sobró dinero! Con esto decidieron que la mujer se compraría un par de zapatos nuevos. Al otro día a la tarde ella fue en colectivo a la ciudad que se encontraba a doce kilómetros. Cuando se bajo del colectivo, se encontró directamente en los brazos de su sobrino que hacía ya cinco años que no veía. Se saludaron con cariño y él le preguntó que hacía en la ciudad. Después de que ella le explicara, dijo él: “Tengo una zapatería aquí en la esquina. Ven y mira a ver si encuentras algo para ti”
Encontró rápido lo que buscaba y lo habría podido pagar. Sin embargo su sobrino no quiso aceptar el dinero. Luego de terminar la discusión por ese motivo, iba ella por la calle con los zapatos y con el dinero.
¡Dios puede modificar las situaciones de tu vida!
En las siguientes semanas Manuel consiguió trabajo en un proyecto que duraría varios años. El recibió cada quince días su paga. Y siempre, cuando recibía su sueldo venía la pareja y daban su ‘diez por ciento’, que era casi más que el resto que lo que se juntaba de toda la reunión. Al poco tiempo y de una vez hicieron también los otros miembros de la comunidad este “experimento”. Al principio yo pagaba el alquiler por la casa, los costos de electricidad y agua, pero pronto todos los gastos fueron asumidos por la comunidad!
La comunidad creció y también los aportes. Cada mes nuestros libros de caja daban un gran superávit. Había escuchado de un misionero nacional que trabajaba con indígenas y que no tenía suficientes medios financieros para su trabajo. Así que propuse que lo subvencionemos mensualmente. A la comunidad le pareció bien la idea y le enviábamos mensualmente alrededor de $27.-dólares . Eso no duró mucho tiempo, la comunidad pudo pronto pagar un pastor propio, y le pidieron a ese misionero ser su Pastor. Así mi esposa y yo quedamos libres para poder ir a otro lugar y fundar una nueva comunidad!.
En los próximos dos años recibimos muchas noticias buenas de esta comunidad. Cuando la comunidad continuó creciendo compró la vieja casa, que yo había alquilado para ellos. La restauraron y tuvieron pronto una moderna casa parroquial con espacios propios para la escuela dominical y un salón parroquial para 200 personas.!
Cuando visitamos por última vez la comunidad habían construido una casa de piedra para el pastor con una fantástica cocina, un baño y cuatro dormitorios. Y habían fundado en un pueblo vecino una comunidad filial.
Todo lo que Dios puede hacer de oraciones y diecinueve centavos...

Lyle Eggleston, Pastor misionero.

Compartir

Más recursos

Sponsor


Suscripción gratuita

Te avisaremos cuando agreguemos nuevos recursos. No te enviaremos más de uno o dos mensajes semanales.