Contenidos de la celebración litúrgica desde el Apocalipsis

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A. La adoración y servicio al único Dios.
Así como vimos que en el libro existe un enfrentamiento entre profetas, detrás de ello se puede advertir que la idolatría es una de las amenazas más grandes que sufre la iglesia y uno de los mecanismos mejores del imperio. Ya mencioné arriba algunas características de la cristo-logía del libro, sin embargo, quiero recalcar el carácter contestatario que tiene en su carácter de escrito apocalíptico ante las propuestas dentro de la iglesia y desde el imperio que “ocultan” el rostro liberador de Dios. Conocer a Dios es imprescindible para evitar la idolatría. Existen ídolos llamado jehová, jesucristo, espíritu santo, y notamos su condición de tales cuando foné-ticamente sus nombres suenan igual a aquellos que los cristianos usan, pero en la descripciones de su voluntad, de su naturaleza y de sus obras son muy distintos a aquel Dios trino a quien seguimos.
Es importante notar que la constante referencia del Jesús exaltado con aquel que fue ase-sinado por su fidelidad, Jesús de Nazaret nos insta a recurrir a la tradición bíblica neotestamen-taria que nos habla de él. Someternos a un Espíritu que obra en la realización del estableci-miento del reinado de Dios, en continuidad con la obra iniciada por Jesús, que fue a su vez en-viado por su Padre.
Por otro lado también, nos encontramos con una escasa disposición y preparación para advertir la presencia de ideologías y prácticas que contradicen la propuesta de vida del Señor. El señorío de Jesucristo en la historia humana tiene también dimensiones culturales, socio-políticas y económicas que deben servir de referencia y de fundamento conceptual en el desa-rrollo de nuestras vidas. No someterse a éstas y buscar que adorarle bajo otros principios bien acabará en la “fabricación” de otros dioses con sus profetas, sus propias escrituras sagradas, su legitimación social y su propio culto.

B. La dignidad de Dios y la dignidad del ser humano.
Mientras que usualmente hemos hecho incapie en la “dignidad” de Dios para recibir nuestra alabanza, dependencia y adoración, no ha sucedido así con el ser humano. Mientras que en arriba hable de la necesidad de ver al adorador como un ser humano integral, quiero ahora detenerme en las implicancias que dicha concepción trae para el adorador.
La idea de remanente fiel se encuentra en todo el libro del Apocalipsis. El llamado a ser fiel y resistir/perseverar como testigos es central en el escrito. Juan recibe la revelación de Je-sucristo no en otro lugar que en el exilio. El cántico nuevo, que dicho sea de paso no se trata de una “canción de moda”, que se oye de los cielos “nadie podía aprenderlo, sino los ciento cuarenta y cuatro mil que habían sido rescatados de la tierra”, ¿por qué? Porque “Estos son los siguen al Cordero adondequiera que va” (14:4). El que ellos puedan “aprender” (oír y com-prenderlo), marca un sitial de dignidad respecto a los demás seres presentes y los oyentes del escrito, pero también en relación al Señor que los redime. Aquel Digno, el Cordero inmolado, que tiene el señorío de la historia humana (5:2ss.), requiere de sus adoradores la dignidad de haber sido fieles seguidores, aún hasta la muerte. Condiciones similares encontramos en la composición de la nueva Jerusalén, donde se menciona a los que conformarán la ciudad como los fieles seguidores, la novia. Y tengo también la impresión, que en el tema de la resurrección de los muertos, está dirigido básicamente a aquellos fieles que han sido asesinados (en su senti-do biológico y/o social) guardándose silencio respecto a los demás. Estos elementos exclusi-vistas son propios de la literatura apocalíptica y denotan un contexto de opciones radicales ante situaciones adversas radicales también. Con todo, en su esencia son normativos para todas las épocas.


C. La celebración litúrgica es forjadora de una comunidad de fe.
La identificación de la novia con la nueva Jerusalén (21:9-11a) nos habla de la forma-ción de una comunidad litúrgica. La imagen de una ciudad formada de gente nos lleva a pensar en una unidad constituida por relaciones y esencias comunes. Mientras que la relación “novia” - “esposo” denotaba transitoriedad en vista a una próxima consolidación definitiva, en la trans-posición de imágenes, la ciudad resalta la vinculación final con aquellos fieles testigos que die-ron su vida al seguirle. Aquello que los une es su plena entrega y su total compromiso con su causa.
Pero no los une tan sólo con Dios, sino que también los hace comunidad cuyo cemento es la fe en Jesucristo. La presencia de Dios y del Cordero en medio de ellos de forma definitiva los constituye en una ciudad-templo, cuya bendición mayor es el acercamiento a Dios en ado-ración. Así, hoy mientras esperamos dicho momento, nuestra celebración litúrgica anticipa nuestra plena comunión con él, pero también, la nuestra. Cuyo cemento no es el mero deseo de ser comunidad, sino una cuyo elemento unificador lo es Jesucristo y nuestra fe en él. Esta fe, inspirada en su Señor, vive la comunión en lazos de amor por el prójimo, en la búsqueda de perdón y restitución, en el acercamiento hacia el necesitado, en el uso del poder para el bienes-tar de los pobres y marginados, en la disposición a poner la vida por la causa de Jesús en su amor a la humanidad.

D. La celebración litúrgica es inclusiva y contestataria.
Que vivimos en una sociedad “excluyente” y “marginadora” no nos queda ya la menor duda. Ya sea desde planos económicos o sociales, las ideologías de mercado sustentan concep-ciones que legitiman la exclusión y muerte de las masas en el beneficio de unos pocos. Somos testigos también de la presencia de estas ideologías deshumanizantes en ciertas concepciones eclesiológicas donde la litúrgica ha sido uno de sus mejores instrumentos. Mientras que en el ejemplo del Apocalipsis nos encontramos con un Dios que busca que salvar a los excluidos y marginados del sistema opresor romano, en ciertas prácticas litúrgicas contemporáneas, en nombre de ese mismo Dios, se excluyen a ancianos, a pobres, a mujeres, a personas con dife-rentes orientaciones sexuales, a los feos, a los poco inteligentes, a los discapacitados, en vista a que no son de “utilidad” para el logro de sus propósitos como iglesia.
La celebración litúrgica, al ser un espacio de gran influencia para quienes participan, debe de fomentar una comunidad inclusiva, donde el ser humano sea visto desde todas su di-mensiones y se apunte a su restitución como imagen de Dios. Esta inclusión debe pasar por el desenmascaramiento de los mecanismos que los llevan a sufrir tal marginación. En este senti-do, será vital que la comunidad cristiana genere espacios de diálogo y mutuo enriquecimiento en el tratamiento de los temas políticos, culturales, económicos, que a la luz de las Escrituras y bajo la guía del Espíritu Santo, capaciten a la comunidad a desarrollar su ministerio inclusivo. No prepararse para esta tarea es desde un paso más hacia un ministerio de separación y ruptura de comunidad.
Por último, en su misma constitución de pueblo de Dios de todas las razas, condiciones sociales, edades, aspectos físicos, condición civil, en amor y comunión, la celebración litúrgica estará reflejando al Dios creador y amante de todos los seres humanos pero simultáneamente, estará reflejando tras la aceptación divina de este adorador (como cuerpo heterogéneo) que no existe ninguna razón justificable en el mundo para la exclusión y muerte del otro.

E. La celebración litúrgica como “signo” de esperanza y liberación.
Si hay algo más característico de la liturgia en el Apocalipsis es su vocación a la espe-ranza y liberación. Ya dijimos también que se unen la celebración litúrgica celestial con aque-lla desarrollada por la comunidad que oye el escrito. El desfile de acontecimientos y el relato del desarrollo de la historia en manos del Cordero apuntan a despertar en el creyente que sufre esperanza y búsqueda de liberación. ¡Vengo pronto!, ¡El que testifica de estas cosas dice: Sí, vengo pronto! y con su venida, el desarrollo de la historia bajo el señorío de Jesucristo a favor de su pueblo sufriente. La lectura de fe de este escrito despierta en el oyente las expectativas de que estas cosas sucedan pronto. Pero también, una seguridad de que su vida está en absoluto control del Señor, que puede encarar la vida de otra manera puesto que ya conoce su telos. Y en ese conocer su telos un llamado a buscar hoy la liberación que será plenamente establecida con la venida del Cordero.
En la celebración litúrgica somos dignificados al tener directo acceso a Dios (1:1 14:1-5). Al vincularnos con él como Padre encontramos los privilegios de la liberación (21:7). Al amarnos anticipamos nuestra participación en su reino de plena contención, consuelo y alegría (21:4). Al instarnos a la fidelidad a su reino y a la perseverancia en la tribulación nos acerca-mos cada vez más al vestuario donde recibiremos nuestras vestiduras blancas (19:8). Al arre-pentirnos y pedir perdón, nos perdonamos y sentimos estar ya bajo la sombra del árbol de la vida (2:5, 7). Al aprender de él por su Palabra en la guía de su Espíritu, nos alejamos de cual-quier idolatría y le cantamos por obrar nuestra liberación (14:1-5). La celebración litúrgica “evoca”, nos remite a aquello que esperamos y que sabemos por fe que seremos y tendremos. Es testimonio, a nosotros mismos, pero también a los que no creen. Evangeliza, llama a la li-bertad.

F. La celebración litúrgica es un lugar de alegría.
“¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro porque sus juicios son verdaderos y justos pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella” “¡Aleluya, por-que el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Gocémonos y alegrémonos y demosle gloria porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado...” (19:1-2, 6-7). ¡Fies-ta! La expresión comunitaria de logros, de esperanza, que renovación de posibilidades. En la esperanza cristiana la seguridad de la presencia salvífica de Jesucristo es una llamada a la ale-gría, y más profundamente, al gozo. Ya no es una actitud evasiva de quien se quiere “distraer”, sino la “voz profética de quienes anuncian con su gozo y risa” que Jesucristo vencerá a aquella nación malvada que se deleita con sus muertes.
Así, la risa es una llamada a la seriedad del problema. El gozo un anuncio del poder de Dios para sobreponer a su pueblo en la adversidad y advertirle al opresor que en definitiva no podrá vencer al pueblo elegido de Dios. Podrá apresarlos en jaulas, podrá acotar sus posibili-dades en este sistema mundano, pero no acallará la voz de su esperanza y sus reales posibilida-des de salir a la luz de la libertad y de la verdadera vida. ¡Aleluya! ¡Cristo reina, lo mataron, pero su causa era justa y su Dios verdadero, Éste lo resucitó y ahora vendrá por nosotros! ¡Alegrémonos! Que nuestra risa anuncie su fidelidad, que nuestro gozo sea de mapa hacia el lugar al que otros quieran entrar! Cantemos, abracémonos, llamémonos a la esperanza, com-prometámonos en la transformación del presente, sepamos que Jesucristo ya venció y ahora hay que vivir/esperar su victoria. Que esta alegría evidencia más todavía el mundo de muerte que la Bestia ha creado. Que el gozo en comunidad termine con el asesinato y el egoísmo. Que nuestra alegría anuncie su venida y la anticipe hoy que celebramos por fe el principio de todo lo que esperamos! ¡Cristo reina!

G. La celebración litúrgica, la vida de adoración y discipulado.
Quizás este tema sea uno de los más tratados cuando hablamos del Apocalipsis de Juan. Su carácter contestatario no busca simplemente que reaccionar o protestar, sino también la de construir un mundo alternativo. El llamado al seguimiento de Jesús que hace el libro es un llamado al discipulado, a seguirle aprendiendo todo acerca de él desde su práctica y estudio de su vida según las Escrituras. Juan lo propone desde la liturgia. Es cierto, no ya exclusivamente visto como reunión dominical, sino desde la vida como culto de adoración. Su eclesiología radical pasa precisamente por este punto. La idolatría tiene como fundamento las ambiciones injustas del ser humano que busca enseñorearse sobre los demás. En este señorío los oprime ideológica y socio-económicamente. Es así, que no es primeramente en la celebración litúrgica donde se da culto al Señor, sino en la vida de adoración donde se ven nuestras opciones coti-dianas. Las dimensiones sociales, la ética, las concepciones que subyacen a nuestras prácticas también deberán de ser puestas en las manos de Dios. En la vida de seguimiento encontramos la posibilidad de que aquellos que forman parte de nuestra comunidad tengan otros dioses. Tampoco es un llamado a la anarquía, pero sí a la fidelidad a Jesucristo y a ver que compartir con el prójimo su revelación de amor, juicio y salvación.
Dentro de la particularidad que algunas opciones de vida pueden tener, el Apocalipsis nos enseña a ver que no siempre se puede actuar según el “consenso”, antes que el del llamado “mundo” me refiero al de la comunidad eclesiástica. Las cartas nos hablan de la realidad de prácticas de fe consensuadas que, sin embargo, no son aceptadas por el Señor. Tenerle a él como único Señor es parte de todo esto. Las ideologías de la Bestia se filtran de tal manera que nos deben producir una vida de prudencia al no pretendernos mejores que los demás, pero al mismo tiempo, un sentido de búsqueda, en la guía del Espíritu, que depender de Él y optar por aquello que pensamos es fiel a las enseñanzas y prácticas del maestro. Por tanto, los valores, metas y objetivos de vida deberán de ser revisados constantemente en el deseo de vivir aquello por lo cual el Cordero fue degollado, y de compartirlo en fe con aquellos que celebran su pre-sencia.
La celebración litúrgica, en este sentido, es un lugar de discipulado a diferentes niveles. Por las vidas de quienes festejan la presencia salvífica de Dios y por lo que comunicamos con todo lo que es la celebración litúrgica. En especial el estudio de la Escrituras (ya sea a través de Escuela Dominical, del sermón, etcétera), tendrá una dimensión cúltica en tanto se entienda como entrega, como dependencia, como sed de guía, como reconocimiento del Dios de las Es-crituras y de su Espíritu que nos ilumina en su entendimiento. En este sentido el Apocalipsis en su constante recurso a las Escrituras y a su misma calidad de escrito revelatorio, nos habla de la importancia de tal momento en la concepción de adoración, donde adoramos “a quien co-nocemos”. Entonces, ¿cuándo empieza el culto? ¿Qué sacralizad le damos a la Escuela Domi-nical en contraposición al tiempo de oración, canto, ofrenda, o el sermón?

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