Con la cara descubierta
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El joven pastor comprendió, aquella mañana de domingo, hasta donde había llegado su de desazón por la salud espiritual de la iglesia local. La patología estaba manifestada en una indiferencia que, como cruel metástasis, iba alcanzando a cada uno de los miembros de la congregación.
Durante la plácida mañana primaveral, parado en el descanso de la escalinata que conducía al umbral del templo, el pastor permanecía en una espera imperturbable vestido con su prolijo traje y una enorme Biblia, aferrada con ambas manos, y apretujada contra su pecho.
Con rítmicos movimientos dirigía su mirada hacia ambas esquinas de aquella cuadra, mientras los peatones transitaban con la clásica actitud distendida de un fin de semana.
Ninguno de ellos, según se podía fácilmente percibir desde lejos, estaba ataviado como para concurrir a un oficio religioso.
Uno a uno pasaban frente a los brillantes vitrales de la hermosa capilla con parsimonia y sin la mínima intención de entrar por aquella arcada, cuya puerta estaba abierta de par en par, invitando a compartir un momento con Dios.
El rostro del reverendo, a medida que avanzaba la hora, se movía como un péndulo tratando de descubrir una silueta conocida en los cientos de transeúntes que disfrutaban del sol primaveral.
Poco a poco, el movimiento oscilante de su cabeza fue disminuyendo hasta permanecer, como gesto de resignación, con los ojos vueltos al cielo límpido para luego elegir, como prolongado horizonte, las hermosas lajas de la entrada del templo.
El Pastor observó, casi como en movimiento compulsivo, su reloj una y otra vez y, de pronto, con un andar lento, casi lastimero, enfiló hacia la entrada y, no sin antes proferir un intenso suspiro, cerró las dos hojas de aquella vetusta puerta de la vieja iglesia.
Sí, aunque parecía una cruel pesadilla, aquello era parte de la realidad nadie, ningún feligrés había llegado al templo. Tan sólo una fiel y minúscula congregación lo esperaban con ojos compasivos en el primer asiento del templo: su esposa y tres hijos pequeños.
Un silencio prolongado era el más elocuente símbolo de aquella infructuosa espera. La esposa del Pastor se levantó, dejando a sus tres niños en el banco y abrazó al resignado predicador.
Al instante, toda la familia se retiró rumbo a la casa pastoral intentando sobrellevar lo mejor posible el amargo momento.
Domingo tras domingo, durante un mes, se repitió la increíble escena: una larga espera del adusto Pastor en la puerta de su iglesia y el culto que se suspendíapor falta de asistentes.
Un día, el aguerrido predicador decide realizar una convocatoria mediante una carta personalizada, escrita de su puño y letra. Iba dirigida a cada uno de los antiguos miembros que habían olvidado el placer de buscar juntos, como congregación, a Dios los domingos por la mañana en la vieja y clásica capilla con techo a dos aguas.
La circular no era una invitación a celebrar un aniversario, ni tampoco para una conmemoración religiosa. Al leer la carta resultaba fácil advertir que el reverendo no invitaba a ninguna fiesta.
La misiva fue distribuida casa por casa durante la misma fecha de emisión y anunciaba, para el día siguiente, la realización de un importante funeral en la sede del templo. Pese al enigma, la esquela adelantaba que iba a ser de gran impacto el conocerse la identidad del muerto pero, no aclaraba y ni siquiera insinuaba, quien era el fallecido. No obstante, la carta advertía, a cada destinatario, que el occiso era una persona muy conocida y entrañablemente querida por el receptor de la carta. Esto, por supuesto, aumentaba la expectativa hasta transformarse en una ansiedad casi, incontrolable.
La emergencia del velorio sucedía curiosamente, un domingo desde las primeras horas de la mañana. La escena del funeral lucía con los clásicos ornamentos y tradicionales símbolos de pesar. Ni bien se arribaba a la puerta del templo, un penetrante olor a flores, anunciaba la existencia de coronas y palmas, las que otorgaban al ambiente el marco inconfundible correspondiente a todo ritual de póstuma despedida.
Nadie, absolutamente nadie de los notificados, faltó a la cita. La membresía en pleno desfilaba rumbo al cajón ubicado en el fondo del templo, a muy escasos metros del púlpito.
Una silenciosa fila india de feligreses con gesto adusto y con ojos bien abiertos, que dejaban trasuntar una irresistible curiosidad, se dirigía con paso contenido a descubrir quien era el desafortunado hermano que había partido con el Señor.
Los escasos metros que comprendían la arcada de la puerta y el fondo de aquel salón, representaba un recorrido casi interminable.
Por fin, los ojos de todos, al momento de mirar al interior de aquel cajón, se abrían de par en par y hasta una palidez abrupta y casi sepulcral brotaba en cada rostro.
Pero, ¿quién era el muerto para provocar semejante reacción en los asistentes al funeral?
Al mirar en el interior del féretro, cada uno podía comprobar que tan solo había, en lugar de un cadáver, un amplio espejo y, al hincarse para revelar la identidad del muerto podían, con patética perplejidad, ver reflejada su propia figura.
Al meditar en esta pequeña historia nos preguntamos: Cuantos gustan de celebrar funerales de otros y estigmatizar a hermanos como cadáveres espirituales en algunas de nuestras iglesias.
Cuantos hay que parecen auscultar la vida y el latido del alma de las personas, dando la espalda a la iglesia por enojos, ofensas y rencores, sin contemplar jamás su propia cara y estado espiritual.
Cuantos mantienen, como único signo vital de su conversión, la facultad crítica de veteranos creyentes. Cuantos hay que, en imperceptible agonía, conservan tan solo la "capacidad de análisis", autoproclamándose como termómetros de la salud de la iglesia y le dan la espalda al cuerpo de Cristo. Ninguno de ellos comprende que en esa ausencia, día tras día, aún creyendo presenciar el funeral de otros seres imperfectos llenos de falencias, se aproximan al momento en que verán, frente al espejo de Cristo, en forma cruda y descubierta, su propia cara.
Durante la plácida mañana primaveral, parado en el descanso de la escalinata que conducía al umbral del templo, el pastor permanecía en una espera imperturbable vestido con su prolijo traje y una enorme Biblia, aferrada con ambas manos, y apretujada contra su pecho.
Con rítmicos movimientos dirigía su mirada hacia ambas esquinas de aquella cuadra, mientras los peatones transitaban con la clásica actitud distendida de un fin de semana.
Ninguno de ellos, según se podía fácilmente percibir desde lejos, estaba ataviado como para concurrir a un oficio religioso.
Uno a uno pasaban frente a los brillantes vitrales de la hermosa capilla con parsimonia y sin la mínima intención de entrar por aquella arcada, cuya puerta estaba abierta de par en par, invitando a compartir un momento con Dios.
El rostro del reverendo, a medida que avanzaba la hora, se movía como un péndulo tratando de descubrir una silueta conocida en los cientos de transeúntes que disfrutaban del sol primaveral.
Poco a poco, el movimiento oscilante de su cabeza fue disminuyendo hasta permanecer, como gesto de resignación, con los ojos vueltos al cielo límpido para luego elegir, como prolongado horizonte, las hermosas lajas de la entrada del templo.
El Pastor observó, casi como en movimiento compulsivo, su reloj una y otra vez y, de pronto, con un andar lento, casi lastimero, enfiló hacia la entrada y, no sin antes proferir un intenso suspiro, cerró las dos hojas de aquella vetusta puerta de la vieja iglesia.
Sí, aunque parecía una cruel pesadilla, aquello era parte de la realidad nadie, ningún feligrés había llegado al templo. Tan sólo una fiel y minúscula congregación lo esperaban con ojos compasivos en el primer asiento del templo: su esposa y tres hijos pequeños.
Un silencio prolongado era el más elocuente símbolo de aquella infructuosa espera. La esposa del Pastor se levantó, dejando a sus tres niños en el banco y abrazó al resignado predicador.
Al instante, toda la familia se retiró rumbo a la casa pastoral intentando sobrellevar lo mejor posible el amargo momento.
Domingo tras domingo, durante un mes, se repitió la increíble escena: una larga espera del adusto Pastor en la puerta de su iglesia y el culto que se suspendíapor falta de asistentes.
Un día, el aguerrido predicador decide realizar una convocatoria mediante una carta personalizada, escrita de su puño y letra. Iba dirigida a cada uno de los antiguos miembros que habían olvidado el placer de buscar juntos, como congregación, a Dios los domingos por la mañana en la vieja y clásica capilla con techo a dos aguas.
La circular no era una invitación a celebrar un aniversario, ni tampoco para una conmemoración religiosa. Al leer la carta resultaba fácil advertir que el reverendo no invitaba a ninguna fiesta.
La misiva fue distribuida casa por casa durante la misma fecha de emisión y anunciaba, para el día siguiente, la realización de un importante funeral en la sede del templo. Pese al enigma, la esquela adelantaba que iba a ser de gran impacto el conocerse la identidad del muerto pero, no aclaraba y ni siquiera insinuaba, quien era el fallecido. No obstante, la carta advertía, a cada destinatario, que el occiso era una persona muy conocida y entrañablemente querida por el receptor de la carta. Esto, por supuesto, aumentaba la expectativa hasta transformarse en una ansiedad casi, incontrolable.
La emergencia del velorio sucedía curiosamente, un domingo desde las primeras horas de la mañana. La escena del funeral lucía con los clásicos ornamentos y tradicionales símbolos de pesar. Ni bien se arribaba a la puerta del templo, un penetrante olor a flores, anunciaba la existencia de coronas y palmas, las que otorgaban al ambiente el marco inconfundible correspondiente a todo ritual de póstuma despedida.
Nadie, absolutamente nadie de los notificados, faltó a la cita. La membresía en pleno desfilaba rumbo al cajón ubicado en el fondo del templo, a muy escasos metros del púlpito.
Una silenciosa fila india de feligreses con gesto adusto y con ojos bien abiertos, que dejaban trasuntar una irresistible curiosidad, se dirigía con paso contenido a descubrir quien era el desafortunado hermano que había partido con el Señor.
Los escasos metros que comprendían la arcada de la puerta y el fondo de aquel salón, representaba un recorrido casi interminable.
Por fin, los ojos de todos, al momento de mirar al interior de aquel cajón, se abrían de par en par y hasta una palidez abrupta y casi sepulcral brotaba en cada rostro.
Pero, ¿quién era el muerto para provocar semejante reacción en los asistentes al funeral?
Al mirar en el interior del féretro, cada uno podía comprobar que tan solo había, en lugar de un cadáver, un amplio espejo y, al hincarse para revelar la identidad del muerto podían, con patética perplejidad, ver reflejada su propia figura.
Al meditar en esta pequeña historia nos preguntamos: Cuantos gustan de celebrar funerales de otros y estigmatizar a hermanos como cadáveres espirituales en algunas de nuestras iglesias.
Cuantos hay que parecen auscultar la vida y el latido del alma de las personas, dando la espalda a la iglesia por enojos, ofensas y rencores, sin contemplar jamás su propia cara y estado espiritual.
Cuantos mantienen, como único signo vital de su conversión, la facultad crítica de veteranos creyentes. Cuantos hay que, en imperceptible agonía, conservan tan solo la "capacidad de análisis", autoproclamándose como termómetros de la salud de la iglesia y le dan la espalda al cuerpo de Cristo. Ninguno de ellos comprende que en esa ausencia, día tras día, aún creyendo presenciar el funeral de otros seres imperfectos llenos de falencias, se aproximan al momento en que verán, frente al espejo de Cristo, en forma cruda y descubierta, su propia cara.
