4131 visitasHace cien años

Cuando se cuenta la historia de nuestras iglesias, aparecen recias figuras de hombres y mujeres que a través del tiempo las guiaron con firmeza por esos caminos de Dios. Es natural que su presencia imponga cierta distancia. Pero al acercarnos para apreciar la trama más íntima de esa historia nos encontramos con una multitud casi anónima de personas que aportaron las vivencias de su propia trayectoria personal. Hoy quisiera rescatar una de ellas, la de mi madre, a cien años de su nacimiento, el 19 de enero de 1903, y sesenta de su partida, el 23 de setiembre de 1943.

La Argentina era ¡ya entonces! un país de promesas, y la pujante ciudad de Rosario uno de los lugares donde, con un poco de suerte, las promesas podían hacerse realidad, para miles y miles de inmigrantes. No es el caso de José Utz, alemán y ferroviario. Un accidente laboral lo mantiene dolorosamente postrado junto a su esposa, Catalina Lenz, a punto de dar a luz a su cuarto hijo. No hay recursos, no hay asistencia. Inútil esperarlos de la empresa. Porque tampoco hay justicia. Por eso las huelgas, las protestas, la represión. Así lo entienden los metodistas de la calle Laprida cuando resuelven dar permiso a los obreros para hacer sus asambleas en el templo: apoyar la lucha por un trabajo digno también es evangelio.

Pero José Utz ya no puede acompañarlos. Su esposa da a luz. Cuando nace la bebita él siente que la vida le pesa demasiado. Y decide poner fin a su trayecto por este mundo. Un siglo más tarde lo imagino asintiendo con tristeza cuando les digo a sus paisanos en Alemania que soy descendiente de uno de ellos a quien le fue muy mal en mi país. De alguien a quien, a pesar de las virtudes que ellos piensan que tienen y a nosotros nos faltan, las condiciones objetivas de injusticia y opresión no le permitieron cumplir con sus sueños, igual que a muchísimos latinoamericanos en el día de hoy.
Catalina tampoco pudo seguir adelante. Un año más tarde, lejos de su Colonia Esperanza natal, partió también ella, muerta de pobreza y soledad.

La bebita, y sus dos hermanas y un hermano mayores, fueron a parar a casas de vecinos, pobres como ellos pero solidarios. Allí fue donde la vio Juan aquella tarde. Era verano y los vecinos salían a tomar el fresco a la vereda. Acostada en su cajita de madera, parecía una muñequita rubia. Estoy hablando de Juan Caisutti, el guardatemplo de los metodistas de la calle Laprida. No hacía mucho él y Magdalena habían perdido una niña, Sarita. Ver a esta bebita fue como volverla a ver a ella. ¿Me la da, señora? Sólo eso. Su esposa la recibió como un regalo. Esta sería la nueva Sarita. Le darían todo su amor arrullado en las que serían sus primeras palabras en el curioso friulano de la alta Italia.
La nueva Sarita creció ayudando a sus padres en las pesadas tareas de un guardatemplo. Hay quien la recuerda empujando los tremendos bancos del templo de la calle Laprida para encerar el interminable piso de madera. Pero ella era fuerte, y además estaba feliz de poder trabajar con todo su cuerpo y sus ganas, mientras cantaba y se reía. Así fue siempre. Llena de esa fortaleza empecinada que permitió la supervivencia de tantos inmigrantes y sus hijos y sus hijas.

En algún rincón de la casa habría un papel con su otro nombre, el del dolor: Susana. Lo debe haber visto cuando aprendió a leer. Pero entonces era un pasado demasiado lejano para ella. Siguió siéndolo hasta que tuvo veinte años y se enamoró. Entonces, la necesidad de corresponder al amor con su propia identidad, la más profunda, hizo que volviera a él. Y se alegró al escucharlo por primera vez en los labios de su amado. Como un bautismo de amor. De allí en adelante sería, para siempre, Susana.

Y así, como en las historias románticas, la hija del guardatemplo se casó con el hijo mayor del pastor, Adam. Muy serio él, a pesar de su nombre pintoresco. También muy inteligente y buen mozo. Su padre, Don Florentino Sosa, había llegado no hacía mucho a la Iglesia Metodista Central de Rosario. Corrían los años 20.

En febrero de 1927 se casaron y se fueron a vivir a Bahía Blanca, donde Adam llevaba la contabilidad en una compañía inglesa de las de aquel tiempo. Allí nacieron Ida y Benjamín. Ya tenían la casita instalada. Todo bien. Pero entonces el Señor lo sacó a Adam de detrás de la calculadora y lo mandó a pastorear sus rebaños. Y a Susana junto con él, a acompañarlo. Porque eso fue lo que ella hizo de allí en más, acompañarlo. Sólo que con la devaluación de esta palabra para definir el lugar de una mujer junto a su esposo, tal vez para lo que hacía Susana habría que inventar alguna otra que se pareciera más a sobrevivir. Pero no en el sentido del que se está ahogando, sino de la persona que tiene una sobredosis de vida que puede compartir con su compañero.
Hubo que desarmar el hogar y partir. Cosa que nunca fue fácil para nadie, pero esta vez fue más difícil. Después de dos años de transición, con dos pastorados y dos mudanzas, Adam finalmente llegó al Seminario, en Buenos Aires, y Susana a Chivilcoy, a esperarlo con los chicos los fines de semana cuando venía a atender la iglesia. Tuvo que bancarse casi sola la llegada de otros dos críos, Pablo y Rubén. Y luego con los cuatro y su marido, ya pastor recibido, partir a Entre Ríos. Primero a Paraná, apenas un año, y luego a Rosario del Tala. Allí nació Marta. Y allí mismo se quedó ella para siempre, hace sesenta años, una mañana que nos dijo “pórtense bien, chicos”, y Adam la llevó de urgencia al humilde hospital del pueblo.

Mis recuerdos son así, fugaces, como el momento de su partida. A veces quisiera tener de ella una imagen más nítida y estable. En cambio, la veo en movimiento constante, con mucha fuerza, como cuando empujaba los bancos en la iglesia de Rosario. Pero ahora visitando enfermos, aconsejando a las madres primerizas (a cuántas les habrá hecho desenvolver esos bebés que parecían cigarros enrollados), hospedando a la gente del campo que venía a hacer trámites al pueblo, organizando actividades en la iglesia, todo mientras reciclaba los colchones, nos cocía la ropa, nos enseñaba a orar, a cantar, hacía malabarismos para darnos de comer cuando el sostén pastoral no llegaba y además... escribía por las noches prolijamente en los cuadernos con los que perfeccionaba su caligrafía.

Son recuerdos de hace sesenta años. Pero no tienen más que mi edad de entonces, nueve años. Por eso no son muchos. Todo lo otro que nos queda de ella no son recuerdos, sino vivencias que forman parte de nuestro propio ser familiar, y también de esa hermosa trama de fieles casi anónimos que es el tejido esencial de nuestras comunidades.

Fuente: selah

 

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