2204 visitasEl Reino de Dios y la Epidemia de VIH

REINO DE DIOS Y EPIDEMIA DE VIH


Introducción.
La epidemia del vih y la difusión del sida han sido un desafío real y concreto a la identidad de las comunidades cristianas y a la coherencia de su forma de comprender y poner en práctica el mensaje de Jesús de Nazaret. Indudablemente esta epidemia es un tema que no puede ser limitado al área de salud en forma exclusiva y excluyente. El vih y el sida representan una oportunidad de repensar nuestra forma de leer las Escrituras, de comprender nuestra identidad confesional y de renovar nuestras propuestas pastorales.

Al reflexionar sobre esta realidad histórica desde la perspectiva histórica de Jesús de Nazaret y su practica real, hemos sido impulsados a la construcción de una nueva espiritualidad que ha dejado atrás las abstracciones y nos propone un caminar junto a las personas y los grupos vulnerables al vih y al sida que puede ser una oportunidad de renovar otras áreas de la tarea pastoral y comunitaria.

Creer como Jesús de Nazaret
Nuestra fe en el proyecto de Jesús se encarna hoy en el diálogo con las personas y con los grupos vulnerables al vih y al sida, que generalmente se han sentido profundamente estigmatizados por la misma iglesia y por la sociedad. Esta es una opción marcadora en nuestra forma de ser discípulos y discípulas del Jesús histórico. Ese diálogo despojado de todo intento proselitista o de conversión del otro o la otra se ha transformado en una oportunidad de conversión de los mismos agentes pastorales y en definitiva de la misma comunidad cristiana.

Muchas veces la comprensión que tenemos de servicio asistencial, diacónico o promotor de derechos lo hemos entendido como una preparación evangélica a la conversión de los demás. En el contexto de la epidemia del vih o del sida, esa comprensión y esa dinámica se ha transformado y hemos podido descubrir que toda relación de ayuda tiene como fin primaria la centralidad de la situación crítica de los demás en el corazón de la comunidad cristiana. Sin embargo Esta acción pastoral de empoderamiento de grupos vulnerables y estigmatizados han mostrado que en definitiva aquellos y aquellas que necesitan ser transformados y convertidos al Evangelio somos nosotros y nosotras como personas y como comunidades.

La tarea de promover derechos de ciudadanía entre las personas que viven o están afectadas por el vih o el sida se ha ido construyendo alrededor de la espiritualidad del Reino y junto al Dios del Reino. Esta perspectiva y este horizonte son el elemento fundante de una nueva espiritualidad, de un nuevo compromiso y de una renovada comprensión de la naturaleza de la comunidad cristiana misma.

Ley o Evangelio.
Sabemos muy bien que el objetivo de la Ley ha sido siempre el de hacernos democráticamente iguales. Todos y todas somos pecadores y necesitamos del perdón, la reconciliación y la justificación gratuita y sorprendente de Dios. La Ley nos lleva a desesperar de la pobreza y de la insuficiencia de nuestros esfuerzos, de quitar de nosotros y nosotras toda rastro de soberbia y de autojustificación para llevarnos a confiar exclusivamente en el amor incluyente de Dios. Nadie puede cumplir la Ley porque si así fuera no sería necesaria la mediación absoluta de Jesucristo. Solo podemos predicar e intentar cumplir el primer mandamiento. El amor de Dios es el fundamento de todos nuestros amores. Todo nos viene de él y todo debe ser puesto en esa perspectiva.

Es por ello que tenemos que tener mucho cuidado de no transformar el Evangelio en una nueva Ley. Jesús de Nazaret no es un nuevo Moisés como no es un nuevo David. Es un Moisés y un David totalmente diferente al igual que es la contraparte de Adán.

Abstinencia y salvación
La espiritualidad y el anuncio de una buena nueva a las personas que viven o están afectadas por el sida no tiene nada que ver con el cumplimiento de una voluntad divina externa, la ley, confundiendo la función de la ley con el anuncio del evangelio. Al hacer de abstinencia y monogamia en el contexto del vih y del sida un requisito absoluto y una norma de clasificación estamos confundiendo lo penúltimo con lo último. Confundimos abstinencia y monogamia con salvación y en definitiva la salvación viene por el cumplimiento de normas externas y no por la mediación de Jesucristo. Transformamos el mensaje del Reino y su fuerza transformadora en el mero cumplimiento de catálogos morales o éticos.

Creer como Jesús de Nazaret, el de la historia y no el de los ritos ni de las abstracciones intelectuales o teológicas, implica tener en claro la exigencias de la ciudadanía del Reino. El vih y el sida nos invitan a caminar junto a Jesús anunciando un futuro posible y diferente al actual, un futuro que va más allá de anuncios individualistas. Ninguna medida de prevención de la epidemia puede quedarse en el mero plano personal. Las conductas individuales son siempre el reflejo de conductas sociales y allí es donde los valores del Reino tienen que ser anunciados. Si queremos las transformaciones personales debemos soñar en el cambio social.

Cofactores históricos.
Tal como lo hizo Jesús, tenemos que pensar la realidad como un proceso histórico. La epidemia del vih y del sida tiene cofactores que debemos tener en cuenta que sobrepasan la dimensión del virus. El virus no tiene ni la fuerza ni la dimensión de movilizar nuestras vidas ni desafiarnos en nuestra comprensión de las Escrituras, de la teología y de la eclesiología. Es un virus como cualquier otro. Aquello que nos llama a un repensarnos como discípulos y discípulas de Jesús de Nazaret son los cofactores que van asociados a la epidemia: el estigma, la discriminación, la pobreza, la inequidad de género, etc. Y muchos de estos cofactores que han favorecido y favorecen la difusión de la epidemia eran pre-existentes a la epidemia misma y son paralelos a ella.

Muchos de nosotros y nosotras creemos en Dios pero no creemos en Dios de la misma forma en que creía Jesús de Nazaret. Nuestra fe olvida permanentemente el contexto histórico tanto de las personas como de nuestra comunidad. Anunciamos un Evangelio sin consecuencias sociales y sin tener en cuenta los condicionamientos que encontramos para la construcción del Reino. No podemos anunciar una buena noticia a las personas que viven con vih o sida sin tener en cuenta esos contextos frente a los cuales nosotros mismos debemos ser transformados y convertidos. Son necesarias nuevas formas creativas de solidaridad.

Debemos discernir en esta tarea pastoral la voluntad de Dios. Esa voluntad que es el proyecto y la utopía por la cual Jesús de Nazaret entregó su vida. Esta acción pastoral junto a las personas y los grupos vulnerables al vih y al sida, tiene siempre como contenido al vivir y anunciar el Reino al cual todos y todas están llamados a participar por derecho evangélico. Y esas personas y esos grupos han asumido nombres y rostros muy reales. Han dejado de ser abstracciones de escritorio para transformarse en nuestros compañeros de la ruta de Emaús. Estos extraños y extranjeros se han transformados en los agentes pastorales de una nueva comunidad inclusiva hasta la locura. Este Reino que nos es de este mundo porque tiene su origen y su meta en Dios, ha venido para transformar nuestra comprensión de nuestras iglesias, que no debemos confundir con ese Reino. Todos y todas son por derecho evangélico ciudadanos de ese Reino. Nadie ni nada queda excluido de esa pertenencia, aún cuando muchos lo ignoremos.

Los estigmas de Cristo
Aquellos que queremos servir en el contexto de la epidemia del vih y del sida debemos tener pasión por la realidad tal como la tuvo Jesús de Nazaret. Por ello debemos acercarnos como a espacio sagrado cada vez que nos aproximamos a las personas afectadas por el vih o el sida o a los grupos vulnerables a la misma. El estigma que viven y que sufren nos marca el camino. El Jesús crucificado y resucitado cada vez que necesitaba presentar sus credenciales para que no lo confundan con un fantasma o una irrealidad, mostraba las marcas de la cruz, mostraba sus estigmas. Es por ello que la teología de cruz nos lleva a mirar al Dios paradójico que para revelarse se oculta en aquello que no queremos mirar ni considera. Ese Dios que jamás se revela en palacios o templos se hace siempre presente en la vida y en la historia de estigmatización de cuanta persona real y concreta encontramos en nuestro camino. Los estigmas de Cristo asumen todos los estigmas y son la garantía de su presencia real.

Solo un contemplativo o una contemplativa podrá descubrir en la vida y en la historia de las personas que viven o están afectadas por el vih o el sida la presencia del Dios paradójico. Si queremos ser eficaces en nuestro amor y en nuestro acción pastoral ese es el argumento que nos moviliza. Las personas que viven con vih o sida están hartas de lastima y asistencialismo. Quieren que cada discípulo o discípula de Jesús de Nazaret sea un agente promotor de justicia. El vih y el sida exigen de nosotros y nosotras un compromiso eficaz en la construcción del Reino cuyo núcleo es justamente la real justicia y reconocimiento de dignidad de toda criatura creada a la imagen de Dios. Ese es el fundamento de nuestra promoción de derechos humanos. Todas las personas son sagradas, dignas y merecedoras de justicia porque son reflejo de esa imagen de Dios.

El trabajo con las personas que viven con vih no es una opción, es una imposición evangélica porque es parte de nuestra identidad confesional. La teología de la cruz que contempla en lo paradójico, en lo diferente, en lo extraño y extranjero, la presencia de Dios y sus desafíos, nos impone este camino. El camino de la cruz que conduce al Reino pasa irremediablemente y en forma muy real por la vida de personas y grupos estigmatizados. Los estigmas de Cristo nos compelen a actuar en forma eficaz replicando el clamor por justicia de las personas y grupos que viven con vih y sida.

Pastor Lisandro Orlov
Pastoral Ecuménica VIH-SIDA
Iglesia Evangélica Luterana Unida en Argentina.

Fuente: Aportado por el autor
Temas: VIH o SID

 

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