18050 visitas1 Juan 4:7-21

Salmo 22:25 31 Hechos 8:26 40 1 Juan 4:7-21 Juan 15:1 8

Notas exegéticas

Ciertamente esta es una de aquellas citas neotestamentarias más conocidas. El lema, que aparece dos veces en esta perícopa, “Dios es amor” (vs. 8 y 16) es una de las expresiones bíblicas más repetidas. No por ello deja de ser importante un análisis detallado del texto. Podemos subdividir nuestra lectura en tres partes, que forman una progresión. Los vs. 7-11 forman una unidad en torno de la expresión del amor como la comunicación de lo divino 12-17 nos hablan del conocimiento y permanencia en Dios, y los vs. finales, 18-21, vuelven sobre las consideraciones éticas implícitas en esta afirmación.

El v. 7 opera como una gran introducción para todo el pasaje. Resume la temática que desarrollará en los versos siguientes. Comienza por vincularla con el motivo de la lección del capítulo anterior, el amor mutuo, insistiendo en la misma expresión de 3:11 y 23. Esta expresión servirá también de inclusión a esta primera parte de la lección que hoy analizamos, pues la encontramos en los vs. 7 y 11. Ahora esta exhortación se afirmará en el don de Dios: el amor procede de Dios (en una traducción literal: desde Dios es). Agregará dos temas importantes como corolario de esta afirmación, que luego desarrollará en orden inverso, en las secciones siguientes: el ser nacido de Dios y el conocimiento de Dios.

El desarrollo de estas primeras líneas
comienza por el argumento negativo: no amar es desconocer a Dios, porque Dios es amor. El amor se comunica desde Dios (se manifiesta) en la persona de su Hijo, que cumple la misión de dar vida (v. 9). Es justamente esta iniciativa divina la que posibilita nuestro conocimiento de lo que es el amor (v. 10). Por el amor con que Dios nos ama en su Hijo podemos nosotros llegar a comprender qué es el amor. Por lo tanto, sólo quien percibe esta presencia del amor de Dios y le recibe aparece “capacitado” para amar.

El final del v. 10 aparece el sentido de ese amor, la posibilidad de los seres humanos de poder nuevamente vivir orientados por la presencia divina. La palabra que nuestras Biblias traducen por “propiciación”, expiación” (hilasmos), que aparece frecuentemente en el Antiguo Testamento, está casi ausente del Nuevo. Sólo la encontramos en esta epístola, en 2:2 y en este pasaje. La palabra vinculada hilasterion, de la misma raíz, aparece en Rom 3:25. En Heb 9:5 se usa con el sentido técnico de la tapa del arca. La raíz aparece vinculada a su forma verbal (hilaskomai) dos veces (Lc 18:35, la oración del fariseo Heb 2:17, donde relaciona el ministerio de Jesús con el del Sumo Sacerdote de la tradición israelita). Destaco esto porque justamente una teología sacrificial propiciatoria, de la expiación sustitutiva, ha ocupado el centro de la doctrina cristiana de la redención en muchas expresiones tanto católico-romanas como evangélicas, cada una a su manera. Esto a pesar del pequeño papel que desempeña en la propia teología del Nuevo Testamento. Hay otras formas de entender la redención que no se apoyan en esta visión de un dios que necesita sangre para aplacarse y que reclama sacrificios y víctimas expiatorias. Y no puede menos que llamar la atención que esta palabra aparezca justamente en el pasaje que señala que Dios es amor. Propongo que hay que entender “propiciación por nuestros pecados” en el contexto del amor de Dios, y no al revés (pensar a Dios desde el concepto de propiciación sacrificial). Porque Dios es amor, la redención pasa también por el amor, y la expiación no se da por el sacrificio, sino por la visita del Hijo (envió a su hijo para expiar nuestros pecados). En la teología joanina, y así lo aclara también el Evangelio, poner la vida no es un acto de sacrificio reclamado por Dios, sino una muestra de la profundidad y amplitud del amor redentor. La venida del Hijo, el acto por el cual Dios muestra qué es el amor, quién toma la iniciativa en restablecer la relación quebrada por el pecado, sustituye al sacrificio. Si el Hijo muere, se debe a la incomprensión por parte del mundo y sus poderes de ese acto de suprema bondad. Son ellos, y no Dios, quien demanda la sangre. Dios, por cierto, es amor y el Hijo vino para que haya vida (vs. 8-9).

En conclusión, este modelo de una relación novedosa, posible porque hay perdón, porque hay posibilidad de restablecer un nuevo vínculo afirmado en la visita y el envío, se extiende desde la experiencia del amor divino al ámbito de las relaciones fraternales. Esta será la consecuencia que saca el autor en el v. 11.

El v. 12 arranca un nuevo argumento, que se extenderá hasta el v. 17, en torno del conocimiento y permanencia de Dios. Nuevamente comienza desde una negación. Nadie puede ver a Dios. Pero ese Dios que es invisible se hace presente y permanece en nosotros (nosotras) cuando se vive la experiencia del amor que nos hermana. Esto permite perfeccionar la experiencia de Dios. La expresión griega usada aquí (del verbo en pasivo, teleiomai) en realidad significa “alcanzar el fin”, completar. Es decir, el amor mutuo expresa que la presencia de Dios se ha hecho realidad en nosotros, y en ello llega a su meta. Pero nuevamente esto es posible por la presencia del Espíritu en nuestras vidas. El texto avanza aquí un concepto trinitario, donde el Espíritu nos es dado para poder testificar de la acción del Padre en el Hijo. Y nuestra participación en ese Espíritu nos permite convertirnos en testigos, lo cual afirma la permanencia de Dios en nosotros. Sin duda este es un importante texto para destacar la dialéctica de la inmanencia y trascendencia divina. El amor de Dios permanece en nosotros cuando testificamos acerca de la filiación divina de Jesús, y ese testimonio alcanza su plenitud mediante el amor de la hermandad cristiana . El “principio activo”, digámoslo así, de ese amor es siempre Dios. Lo que nosotros conocemos y en lo que confiamos es en “el amor que Dios tiene en nosotros”. El amor de Dios está en nosotros mediante la fe, y desde nosotros actúa en el testimonio de Cristo y en la construcción de la comunidad.

El v. 17 constituye un corolario y transición al siguiente párrafo. Este amor de Dios en nosotros alcanza su fin en la libertad (parresía, ver nota 4) que tenemos frente al juicio. Aquí las posibilidades interpretativas difieren. Algunos apuntan a que el amor se da por la presencia de Dios, y ello nos da la confianza necesaria para amar por el solo gusto de amar, y no por temor al castigo. Otros van más allá y señalan que esta fe amorosa nos libra del Juicio eterno, de manera que podemos afrontar sin temor el juicio de Dios pues su propio amor en nosotros nos pone a salvo de la condena.

Prefiero una interpretación más contextual. Los y las creyentes de la comunidad joanina eran perseguidos y debieron afrontar juicios, en muchos casos condenatorios, sea de la sinagoga, en el caso de los de origen judío, sea de las autoridades del Imperio. Algunos mantenían la fe, pero otros cedían y renegaban de Cristo (2:22-23), maldiciendo su nombre, según la exigencia de los tribunales. Hubo quienes, para congraciarse con las autoridades, llegaron a denunciar a otros, lo que podía significar la muerte (¿3:12-15?). El día del juicio que debe afrontarse es el momento del testimonio publico, ante la sinagoga o ante el poder imperial. Allí, sin temor, con entera libertad ante la asamblea del pueblo (parresía) habrá que expresar la fe en Jesús el Cristo. El amor por los hermanos, que es el amor de Dios en nosotros, se sobrepone al temor del castigo. Y si, después de todo, sufrimos por este testimonio, no haríamos sino asumir nuestro compromiso: “como él es, así somos nosotros en este mundo”. Expresamos el amor victorioso aún cuando tenga apariencia de padecimiento.

Los vs. 18-21 expresan una vez más la dimensión ética de esta presencia de Dios en nosotros. Quien vive de ese amor, amor de Dios y amor al hermano, supera el temor al castigo. Por el contrario, quien teme es quien, finalmente, se hace castigo, pues no alcanza el sentido pleno del amor de Dios (v. 18) ni ha comprendido la iniciativa divina (v. 19). Ese amor no permite disociación entre la dimensión divina y la humana (v. 20). Aquí retoma el argumento iniciado en el v. 12. El Dios invisible se hace presente en la persona del hermano. El texto culmina retomando la idea del mandamiento de amor, que recorre toda la epístola.

Líneas homiléticas

Predicar sobre “Dios es amor” es un sermón infinito. Uno podría decir que toda auténtica predicación cristiana es una de las tantas variaciones posibles sobre este gran tema total. Y también podría decirse, por el contrario, que habiendo dicho esto, todo lo demás sobra. Para quien percibe realmente que Dios es amor, cabría agregar el refrán de Agustín “Ama, y haz lo que quieras”.
De la multitud de puertas que nos abre este pasaje tenemos que elegir una, ya que la tentación es hablar de todo un poco, mientras que los manuales de homilética nos aconsejan mantenernos centrados en un tema. De manera que pienso sensato tomar una de las tres partes de la lección y desarrollar nuestra reflexión desde ella. Si se opta por la primera (vs. 7-11) podemos trabajar sobre la imagen del amor de Dios en Cristo, y mostrar el fruto de ese amor en el perdón de los pecados. Puede ser una oportunidad para un sermón o meditación con sentido didáctico, tratando de superar las teologías sacrificiales que están tan metidas en nuestra cultura, y que son tan aprovechadas por quienes nunca hacen sacrificios para demandar sacrificios de los demás. Lo que Dios nos da es su amor sin fin, que es darnos su propio ser, y no exige nada a cambio. Esa es la verdadera liberación. Dios no es un Dios sediento de sangre, y menos la de su propio Hijo, sino un Dios que se anima a encarnarse en la debilidad y fragilidad del amor para que podamos iniciar una nueva humanidad.

Si se opta por la segunda parte, (vs. 12-17) podemos plantearnos una aproximación homilética de “Dios en la vida del creyente”, del Dios que está en nosotros por su amor, de cómo conocemos y experimentamos la presencia y permanencia de Dios en nuestra vida. Puede ser una reflexión en torno de lo que significa nuestra experiencia de Cristo como salvador de nuestras vidas, y cómo podemos dar testimonio, siendo en el mundo parte de esa presencia, de ese amor, de esa salvación.
Finalmente con el tercer párrafo (vs. 18-21) podemos expresarnos en torno de la oposición amor-temor. El Dios de amor nos impulsa a creer contra toda evidencia que la verdad descansa en el amor y no en el poder. Que el poder de Dios se hace visible en quienes viven afirmados en su amor, y no al revés, que quienes se creen poderosos pueden mostrar a Dios. A Dios se lo ve en el cumplimiento y la obediencia a su mandatos. Pero este mandato no es una ley rígida que se basa en la fuerza para castigar, sino el don de un amor que supera toda prueba, que se nutre de la propia experiencia del amor con que Dios nos amó primero.

Fuente: ISEDET - Depto. de Biblia

 

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