26367 visitas¿Qué espera la gente de sus pastores?

El mundo ha experimentado permanentemente cambios profundos durante los siglos de historia humana. Sin embargo, no hay duda que el cambio más dramático y acelerado fue durante el siglo XX. Es cierto que esta modificación afectó en gran medida la vida humana y, por lo tanto, modeló la misión cristiana en el mundo. Ahora, ya estamos en el siglo XXI. No obstante, el comienzo de este siglo nos da una sensación diferente que otros siglos por las expectativas acerca de las transformaciones que podrían cambiar nuestra vida en una forma inesperada e inimaginable.
Muchos estudiosos de la cultura vaticinan que el siglo XXI estará signado por el cambio y la incertidumbre y que la vida humana tomará un rumbo muy distinto al que estamos acostumbrados. Ante esta situación tan inestable, nos surgen algunas preguntas: ¿Podrá el ministerio pastoral de la iglesia cristiana mantener sus pautas y modelos tradicionales? A pesar de que el siglo XXI nos cambia la vida, ¿la gente de nuestra iglesia permanecerá igual? ¿Que esperará la gente de sus pastores?

¿COMO ENTENDER AL HOMBRE Y LA MUJER DEL SIGLO XXI DESDE LA PERSPECTIVA PASTORAL?

La humanidad siempre se caracterizó por su interés en el futuro. No obstante en la actualidad, este interés se incrementa en una escala realmente acelerada y magnificada. Todo el mundo está interesado por conocer que es lo que va a pasar. Este fenómeno expresa la incertidumbre reinante en la humanidad sobre el futuro. Predecir el porvenir es una tarea sumamente complicada y difícil hasta diría que es imposible, pero es indispensable porque el cambio que se experimentará en el futuro impactará directamente en la transformación del estilo de la vida humana y en la concepción acerca de la vida misma, consecuentemente, en la misión y el ministerio de la iglesia cristiana en el mundo. Pareciera que el ministerio pastoral ha perdido el rumbo ante una situación tan cambiante e impredecible. La misión y el ministerio pastoral deben encarar los desafíos de esta época. No podemos seguir siendo indiferentes e ignorantes, refugiándonos en la tradición y la burocracia denominacional. Con el fin de encarar los desafíos y proponer cambios viables, debemos partir hablando, en forma breve y esquemática, de las tendencias y las características de los hombres y mujeres del siglo XXI a quienes se dirige la misión cristiana.

El siglo XXI, (denominado como época posmoderna) estaría caracterizado, en primer lugar, por la desconfianza hacia lo establecido. Hoy en día, a la gente ya no le importa la tradición ni la costumbre que exigía la sociedad. En los tiempos presentes, los jóvenes no persiguen el mismo patrón clásico que sus padres les han impuesto. A ellos, Enrique Rojas los describe como "carentes de referentes sin compromiso con los ideales”. Sin referentes, el hombre y la mujer actual buscan la diversidad, la diferencia, la emancipación individual y la exploración del propio estilo de vida a su manera.
La vida sin referentes se convierte en la actitud indiferente o insensible ante el proyecto histórico, que se traduce en total descompromiso social y político. A él o a ella, ya no le interesa el mundo sino su mundo y nada más. La persona sin referentes es el hombre o la mujer de la cultura “light”, donde prevalece la levedad de ser. Veamos como Enrique Rojas lo describe:
"si aplicamos la pupila observando nos encontramos con que en él se dan los siguientes ingredientes: pensamiento débil, convicciones sin firmeza, asepsia en sus compromisos, indiferencia sui generis hecha de curiosidad y relativismo a la vez... su ideología es el pragmatismo, su norma de conducta, la vigencia social, lo que se lleva, lo que está de moda su ética se fundamenta en la estadística, sustituta de la conciencia su moral, repleta de neutralidad, falta de compromiso y subjetividad, queda reglada a la intimidad, sin atreverse a salir en público".
A ellos la iglesia se está dirigiendo con el mensaje de compromiso cristiano.

En segundo lugar, el hombre del siglo XXI se caracteriza por su amor a la velocidad. Es un ser instantáneo y espontáneo. Todo se hace en un instante. Es la cultura “fase”. La cultura “fase” es representada por la proliferación de “fast-food” en nuestra sociedad. Parece que la “fast-food” ya no es la exclusividad de los jóvenes sino de toda la población sin importar la edad.
Las relaciones que existían entre la comida y la persona que la prepara y que la consume han quedado en la nostalgia del pasado. El concepto de la temporalidad se ha deteriorado. Ya no existe la temporalidad que permitía establecer la relación intensificada e individualizada entre la gente y la cosa. La cultura “fase” ha copado nuestra vida y nuestras costumbres.
Otro aspecto de la cultura “fast” se manifiesta en la actitud del zapping desde el control remoto. El hombre del siglo XXI no es paciente. Él espera un resultado instantáneo que satisfaga su expectativa ya. Todo el mundo quiere ver algo concreto palpitando en sus manos en el momento. El hombre y la mujer del siglo XXI son amantes de la velocidad e instantaneidad.

En tercer lugar, el ser humano del siglo XXI se informa digitalmente. La televisión se convierte en un alimento intelectual. Lo visual juega el papel esencial y fundamental en la percepción de los jóvenes. Para el hombre y la mujer de este siglo, el conocimiento ya no se da por escrito ni por el discurso. Se aprende por vía audiovisual. Hay que ver y sentir para saber. En este sentido, la televisión juega un rol importante en la preparación intelectual de las personas del siglo XXI, especialmente de los jóvenes. La televisión ofrece la posibilidad de aproximarse a los conocimientos sin mucho esfuerzo. No obstante, el hombre y la mujer del siglo XXI no saben que hacer con ese conocimiento y las experiencias sensoriales adquiridos. La información es llana e incoherente sin provocar ninguna transformación en la vida individual y social del sujeto.

En cuarto lugar, el ser humano del siglo XXI es anti estructural. Muestra un fuerte rechazo hacia lo jerárquico y lo estructurado, puesto que lo considera opresivo. No se identifica con las organizaciones existentes que demandan la fuerte adhesión y el vínculo. El hombre y la mujer del siglo XXI se caracterizan por la búsqueda de la relación fluida y emocional. Por lo tanto, no adquiere importancia la organización tradicional, sino que las comunidades emocionales aparecen como entidades alternativas. En el ámbito eclesial, los creyentes no dan mucha relevancia a las denominaciones de modo que se podría decir que el cristianismo manifiesta su metamorfismo de denominalismo a posmodenominalismo. El lazo que une a la gente no es la fidelidad a la denominación sino el sentimiento y la visión que comparte dentro de la comunidad.

En quinto lugar, la persona del siglo XXI es buscadora de la felicidad y la libertad. Con el fracaso de los grandes ideales modernos, hoy en día la gente no se compromete con los proyectos históricos, es decir ha llegado el tiempo del fin de la cultura del compromiso y del sacrificio. La gente busca estar bien consigo misma y con los demás, pero no en base a convicciones ideológicas. Para él o ella estar bien significa tiempo libre y cada vez más capacidad de consumo, lo cual es el requisito para la felicidad. Sin e3mbargo, la liberad implicaría connotaciones diferentes de las de la modernidad. No se trata de la libertad personal, social y política, sino que se traduciría en la permisividad subjetiva en la que el único criterio de valor es la felicidad individual. La felicidad que consiste en satisfacción material y palpable: dinero, salud, fama, placeres y poder, ya sea material o espiritual, llega a ser la aspiración más completa del humano. Ser libre para ser feliz es la clave de la vida para el hombre y la mujer del siglo XXI. En este sentido, para ellos, la religión es uno de los productos a consumir para llegar a la felicidad deseada.
Sin lugar a dudas, no existe el ministerio pastoral sin la persona a quien dirigirse. El ministerio pastoral no puede permanecer intacto e inmóvil ante el cambio de las actitudes humanas. El hombre y la mujer actual están cambiando, son diferentes. Entonces, el ministerio pastoral también debe cambiar.

LA CRISIS DE NUESTRO MODELO ACTUAL DEL MINISTERIO PASTORAL

Hemos hablado de las transformaciones sufridas por la sociedad y las actitudes humanas que influyen e impactan en el planteamiento de los modelos pastorales. El cambio trae crisis, y el ministerio pastoral no es la excepción. La crisis tiene doble cara: una es el peligro que se presenta y la otra es la oportunidad que engendra el mismo peligro. La crisis nos hace ver y reflexionar sobre nosotros mismos y nos desafía hacia la renovación y reforma de la fórmula tradicional, clásica e institucional, a la que estamos aferrados fuertemente, y hace cuestionar la relevancia de las mismas. Ahora ¿cómo estamos?, ¿cómo la estamos pasando?
Una vez asistí al culto de una iglesia protestante histórica (comúnmente conocida como protestante, de la Reforma) en la zona céntrica de la ciudad de buenos aires. Era un templo de construcción sólida de tipo medieval y de gran tamaño. Era el culto de domingo. Había muy poca gente y las sillas estaban vacías. Observé que la mayoría de los asistentes era de la generación vieja. El clima estaba tan oprimido que casi me quedé asfixiado. No había alegría de la fiesta con Dios (y creo que el culto debe ser un encuentro feliz con nuestro Dios). La iglesia tenía casi 100 años de vida y, después del culto, el pastor me contó que anteriormente (hace 25 años) el templo se llenaba... pero que difícil que ese fenómeno se repitiera. ¡La resignación!

Otro día asistí al culto de una iglesia pentecostal de la zona céntrica de la ciudad de Buenos Aires. Estaba prevista la apertura del culto a las 11 horas de la mañana. Llegué a las 10 horas y el templo ya estaba lleno. La gente cantaba y alababa al Señor con mucha alegría. Había muchos jóvenes que participaban activamente en el desarrollo del culto. El clima era tan entusiasta que me quedé enganchado también. El pastor, después del culto, me contó que anteriormente la iglesia tenía poca membresía (apenas 10 años atrás), sin embargo, ahora estaba llena y se estaba esperando que crezca tanto que, en pocos meses el lugar quedaría chico. ¡La esperanza!
En 1990, David Stoll publicó su libro titulado, "¿Se vuelve protestante América Latina?" En su obra, el autor analiza el fenómeno del crecimiento de las iglesias protestantes en el continente latinoamericano identificado tradicionalmente como católico romano. Mi pregunta es, ¿No sería más adecuado y correcto utilizar el término pentecostal o carismático en lugar de protestante? Es cierto que hay un crecimiento notable de las iglesias evangélicas en América Latina, sin embargo, este fenómeno se debe a la expansión de las iglesias pentecostales o carismáticas y no a las iglesias históricas de la tradición de la Reforma. Entonces, ¿Que pasa con las iglesias históricas de esta tradición? ¿Cómo está su crecimiento en la época de auge protestante en América Latina?

El panorama que se espera en el futuro para las iglesias históricas no es muy alentador. En muchas iglesias podemos observar una merma de la membresía, a excepción de algunas iglesias (Sin embargo, no pienso que el número de la membresía sea el criterio esencial para medir la fidelidad evangélica, pero también creo que es un factor importante para que la iglesia sea la fuerza influyente e importante para la transformación de nuestra sociedad.). Contamos con un número reducido de jóvenes en nuestra congregación. Hay pocos candidatos a ser pastores y obreros para el ministerio pastoral. Muchas iglesias sufren la crisis financiera que obliga a cerrar los servicios y las acciones sociales que mantuvieron durante varias décadas. Hasta hace poco, los servicios sociales eran considerados como exclusividad de las iglesias protestantes de la tradición de la Reforma, mientras que las iglesias pentecostales y carismáticas eran consideradas como ahistóricas y asociales. Hoy en día, el panorama ha cambiado. Las iglesia pentecostales, con su crecimiento numérico, comenzaron a expandir sus áreas de actividades eclesiásticas. Consiguientemente, se presentan ahora como una fuerza nueva para el servicio social y la reforma de la sociedad.

Es indudable que hay una tendencia creciente de las iglesias pentecostales y carismáticas en América Latina, mientras que puede observarse la tendencia decreciente o merma de las iglesias históricas. Parece que la crisis que enfrenta la misión y el ministerio pastoral de la iglesia cristiana ante los desafíos del siglo XXI se hubiera dado solamente en las iglesias históricas. ¿Por qué? ¿Porque las iglesias históricas no pudieron aprovechar la tendencia creciente de las iglesias evangélicas de América Latina, mientras que las iglesias pentecostales y carismáticas lo hicieron? Aquí, quisiera analizar en forma breve y sintética, los posibles ingredientes del estilo pastoral de las iglesias históricas, que probablemente sean causas o motivos de tal fenómeno.
En primer lugar, nuestro modelo pastoral se basa principal y esencialmente en el paradigma moderno. En segundo lugar, nuestro modelo es denominacional e institucional. En tercer lugar, tenemos que revisar nuestra manera de formar los pastores y obreros, es decir, el contenido de la educación teológica y pastoral. Creo que nuestra educación teológica se dirige principalmente a formar los pensadores y profesores de la teología, pero no a los pastores. En cuarto lugar, la crisis tiene que ver con nuestra manera de predicar. Nuestra predicación refleja la herencia de la modernidad, siendo una predicación retórica, dogmática y descriptiva sin énfasis en la narración de la vida cotidiana. En quinto lugar, la liturgia es auditiva, no produce la participación de los concurrentes en el desarrollo del culto y los convierte en espectadores pasivos. En este sentido, creo que es necesario que nosotros podamos revisar, investigar, reflexionar y analizar el desarrollo del culto en las iglesias pentecostales y carismáticas que, en muchas ocasiones, difiere del nuestro.
Estamos en una época de grandes transformaciones e incertidumbre. Estamos en una crisis. Pareciera que nuestro modelo ministerial ya ha perdido la relevancia y no está al alcance de las expectativas de la gente. Pareciera que no hemos respondido adecuada y eficazmente a las necesidades y los deseos de la gente del siglo XXI en nuestra iglesia. Pareciera que nosotros, los pastores, estamos ignorando o pasando por alto lo que la gente quiere de sus pastores y de la misión cristiana. Creo que para enfrentar y superar la crisis de nuestro modelo pastoral, la primera cosa que debemos hacer es preguntarnos qué es lo que quiere y espera la gente de nosotros, los pastores, y de nuestro ministerio pastoral en estos tiempos de cambio y de crisis.

¿QUE ESPERA LA GENTE DE SUS PASTORES?

¿Qué lugar ocupan los laicos en el ministerio pastoral en la iglesia cristiana? ¿Quienes son los laicos? ¿Qué pedirían ellos que hagan sus pastores?
El siglo XVIII puede ser denominado como el siglo del redescubrimiento y recuperación del valor e identidad civil o popular en la historia humana. Desde este siglo, la labor y la participación de los denominados laicos fueron adquiriendo importancia en los quehaceres de la iglesia. El movimiento laico se cimienta en el sacerdocio universal de todos los creyentes de Martín Lutero, en la Reforma, su raíz teológica. Históricamente, la Reforma dio el toque e impulso para el inicio del movimiento laico moderno.
El movimiento laico se expandió tanto que, hoy en día, es un factor indispensable e infaltable en la labor pastoral y misionera en la iglesia. De ahí, el movimiento laico puede ser considerado como la expresión de la democratización de la iglesia.
En el siglo XXI, la importancia de los laicos no puede ser ignorada puesto que el futuro del ministerio pastoral y la misión de la iglesia dependerán, en gran medida, de cómo desarrollar, efectivizar y utilizar el potencial de los laicos en nuestra iglesia. Carl F. George, el conocido investigador estadounidense del modelo de la iglesia del futuro, nos habla de dos tareas esenciales que el ministerio pastoral debe enfrentar: en primer lugar, el autor se refiere a la tarea de maximización de la inclusión de la labor del laico en la labor pastoral. En segundo lugar, está la exploración y el desarrollo de la espiritualidad de los laicos. Creo que el éxito del ministerio pastoral para la gente del siglo XXI dependerá de cómo el pastor pueda incluir activamente a los laicos en su labor pastoral. Ahora, ¿Que es lo que espera la gente de su pastor y de la iglesia? ¿Cuales son los cambios que debemos introducir en nuestro modelo pastoral?

En primer lugar, la gente hará presión a favor de la des-institucionalización y des-denominalización de la iglesia. A la gente ya no le interesa la denominación o la iglesia como institución, sino que la entiende como una comunidad de fe y de vida. A ellos, la denominación o institución se le presenta como algo obsoleto que ha perdido toda vigencia práctica en la actualidad. La estructura rígida y jerarquizada aparece como una organización opresora. Hay expectativas diferentes sobre la iglesia. Más que una mera denominación o una organización, esperan que ella sea una comunidad más fluida donde pueden compartir libremente sus sentimientos, sus aflicciones y sus luchas en la vida. La iglesia es considerada como una comunidad emocional y afectiva.

En segundo lugar, la gente exigirá la transformación del estilo y el concepto de la liturgia cristiana. Se les requerirá a los pastores que tomen nuevas maneras de desarrollar el culto y hacer la misión cristiana, hasta ahora basada fundamentalmente en el paradigma del sistema análogo.

En tercer lugar, los laicos de hoy demandarán la igualdad de derechos y responsabilidades en los quehaceres de la iglesia y en el ministerio pastoral.

En cuarto lugar, la gente solicitará una autoridad caracterizada por la espiritualidad y no aceptará más la autoridad organizativa. Es decir, ya no reconocerá simplemente la autoridad impuesta por la organización. Habrá un rechazo hacia la autoridad institucionalizada, y una preferencia por la autoridad auténtica y espontánea.

En quinto lugar, la gente exigirá que los pastores y la iglesia consideren seriamente las necesidades que emanan de la realidad y de los gustos de los laicos, quienes experimentan cambios muy fuertes en sus vidas cada día.

En sexto lugar, los laicos esperarán de sus pastores la recuperación de la espiritualidad en el ministerio pastoral. Es decir, requerirá la predicación más espiritualizada que la predicación política.

En séptimo lugar, la gente exigirá la democratización de la función y del cargo eclesiástico.

Ahora, viendo y reflexionando sus posibles demandas y expectativas. ¿Que podemos hacer? ¿En que debemos cambiar? Aquí presentaré algunas sugerencias y propuestas.

En cuanto a la estructura de la iglesia:

1. Replantear la estructura de la autoridad: debemos pasar de la estructura centralizada hacia una descentralizada.

2. Reformular el ministerio pastoral del modelo generacional hacia el intergeneracional.

3. Fortalecer la red de relaciones intereclesiales.

4. Pasar de la estructura industrial y análoga hacia la informativa y digital.

5. Fortalecer el núcleo local: debemos procurar que el centro de reunión de la gente no quede dentro de la iglesia durante el domingo, sino que se extienda hacia la localidad de pertenencia, y que los creyentes de la misma comunidad puedan compartir en el lugar mismo de la vida cotidiana.

6. Incluir en forma activa a los laicos en la estructura de la autoridad: hacer efectivo el potencial de los laicos en las distintas esferas de la vida eclesial, es decir, tomar a los laicos como elementos esenciales en el ministerio pastoral.

En cuanto a la liturgia y la predicación, debemos considerar los siguientes elementos para la renovación del ministerio pastoral. El cambio y el giro deben ser:

1. Desde la predicación temática hacia la predicación expositiva.

2. Desde la predicación proclamativa y dogmática hacia la narrativa.

3. Desde la predicación análoga basada en la lengua descriptiva hacia la lengua audio-visual y digital.

4. Repensar la fórmula litúrgica: desde la liturgia solemne hacia la liturgia festiva. Es decir, recuperar la festividad del culto.

5. El ministerio pastoral es una tarea divina que nuestro Dios nos encomendó, de manera que debemos llevarlo adelante con seriedad y cumplirlo cabal y eficazmente.

6. Es una tarea que no puede estar limitada al capricho o idea nuestra, sino que debe responder siempre a la voluntad de Dios, el gran Pastor. El ministerio pastoral, constituido debidamente, existe por la propia intención y designio de Dios. El ministerio de Jesús nos ha inspirado en nuestros ministerios, de tal manera que Jesús ha extendido su ministerio a través del tiempo y según la necesidad humana. Jesús mismo intentó proveer los medios por los cuales su enseñanza y su estilo de vida pueden ser propagados continua y vibrantemente en las vidas de las generaciones subsiguientes. Jesús, al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas porque estaban agobiadas y desamparadas, como ovejas sin pastor (Mt. 9-36). El ministerio de Jesús siempre estuvo a la altura de la vida de la gente. Jesús no ignoró la necesidad, la debilidad y la angustia de las multitudes, sino que las reflejó en su ministerio.

7. Si queremos responder al modelo pastoral de Jesús, no podemos eludir la situación agobiante y cambiante de nuestra gente hoy. El ministerio pastoral debe estar a la altura de sus necesidades e inquietudes. Debemos procurar responder satisfactoriamente a la gente por la cual Jesús dio su vida. Sin embargo, esto no debería significar el sacrificio de la autenticidad evangélica a costa de la efectividad, sino que deberemos buscar primeramente el modelo ministerial de Jesús. Entonces, las demás cosas (la efectividad, el resultado pragmático, y tal vez la prosperidad) vendrán por añadidura a nuestro ministerio pastoral.

Fuente: Red Latinoamericana de Liturgia CLAI

 

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